ARCADIA, como parte de su alianza con el British Council, publica un fragmento del cuento “Aguacata Bey”, escrito por Sebastián Castro y editado por Kimberly Díaz. ARCADIA, como parte de su alianza con el British Council, publica un fragmento del cuento “Aguacata Bey”, escrito por Sebastián Castro y editado por Kimberly Díaz.

“Aguacata Bey”, un cuento del programa Elipsis 2018

Elipsis, un programa de escritura creativa del British Council, se ha convertido en una de las grandes oportunidades que tienen los jóvenes escritores (y editores) para poder participar en el proceso completo de la elaboración de un libro.

2019/04/30

Este contenido forma parte del cubrimiento de ARCADIA de la Carpa del Mañana en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, un espacio que es posible gracias a una alianza con el British Council.

Desde 2015, Elipsis, un programa de escritura creativa del British Council, se ha convertido en una de las grandes oportunidades que tienen los jóvenes escritores (y editores) para poder participar en el proceso completo de la elaboración de un libro. Este se compone de cuentos de los participantes y tiene siempre un hilo conductor que une a los textos.

Los seleccionados, cuya cantidad ha ido variando con los años, empiezan su proceso con talleres y charlas de autores prestigiosos en el Hay Festival de Cartagena, donde se discute la idea que reunirá a todos los escritores dentro del libro. De ahí pasan a la elaboración de borradores, y los discuten con sus compañeros, así como con otros escritores de trayectoria. Luego el libro pasa por un proceso de edición, en esta oportunidad también compuesto por editores jóvenes participantes del programa, hasta llegar a su publicación en el final del año. Pero ahí no termina todo, pues el libro que sacan es luego traducido al inglés.

De este modo, Elipsis comprende el aprendizaje, el acompañamiento y la publicación y traducción de estudiantes universitarios de no más de 25 años con intereses en la escritura creativa. En la Carpa del Mañana de ARCADIA, Marta Orrantia, Alejandra Jaramillo y Juan Esteban Constaín compartieron algunos fragmentos de cuentos publicados en estos libros.

ARCADIA, como parte de su alianza con el British Council, publica un fragmento del cuento “Aguacata Bey”, escrito por Sebastián Castro y editado por Kimberly Díaz:

Aguacata Bey

El Paisa había acelerado. Turbo empezaba a perderse de vista, con sus ranchos, su bullicio y sus manglares. Los truenos, de rayos todavía lejanos, no dejaban hablar. Pero había algo que al Paisa lo mataba de la curiosidad y que, vas a ver, tenía que ver con su amabilidad, porque después de un largo silencio se rasgó la garganta gritando para salir de la duda:

—Pero vení, ¿y el Juancho de dónde sacó la plata para construir lo que están construyendo?, ¿sí es verdad que…?

Estoy segura de que no alcanzó a terminar la pregunta. Echó un putazo, agarró duro la botella de aguardiente y yo vi un tronco enorme que se nos venía de frente montado en una ola. El Paisa tuvo que hacer una maniobra violenta para esquivarlo.

Ese verraco tronco casi voltea la panga y nos tiró al suelo a mi mamá y a mí, entre las maletas.

—Casi no la contamos —gritó el capitán.

El que no la contó fue el radio que nos había venido acompañando. La primera baja del viaje. Solo quedaron los sonidos puros y brutos de la tormenta, nada de los sonidos con que los costeños traducen el mar. El Paisa se tragó las dudas y se concentró en sobrevivir.

De por sí, con buen clima, el viaje entre Turbo y la Bahía era maluco porque siempre se navega contra la dirección de la marea y los golpes que sufre la panga se sufren en la carne. Pero esto era un mar maretiado, bravo, revuelto, en una pequeña lancha rápida y con mucha basura para esquivar. Hay que reconocerle al hombre que sabía navegar. Al fin y al cabo no nos matamos. Era de esos que dicen que manejan mejor borrachos y, ¡bendito sea el guaro!, si ese fue el santo al que le prendió vela. Cada que podía se pegaba de la botella, soltando la palanca de potencia y agarrando el licor que sostenía entre las piernas. Hasta que en una caída de una ola se le soltó de la mano y se quebró contra el piso —¡Jueputa!, ¡que se riegue sangre pero no chorro!— maldijo, y le tocó conformarse con lo que ya tenía en las venas… casi todo, por fortuna. De milagro no nos cortamos con todos los pedazos que quedaron en el piso.

La situación se volvió de supervivencia individual y mi mamá me dejó de abrazar para agarrarse de la silla y tratar de no irse al agua. Si me sostenía a mí, pues ella se caía, ¿y yo iba a ser capaz de agarrarnos a las dos? ¡Nos íbamos ambas al agua! Ahí no hay cariño que valga. Nos agarramos al sillón con las uñas y resistimos los golpes de la panga lo mejor que pudimos. A veces hasta perdía el aire y me la pasé chupando mar, lágrimas y mocos. Quedé con morados hasta en la uña del dedo chiquito del pie. Fue tan fuerte el viento que terminó arrancando el techo. Ahí creo que todos nos dimos cuenta de que la habíamos cagado, que habíamos subestimado la tormenta. El Paisa, con cara de preocupación, tiraba la lancha de frente contra esas olas que parecían muros. Nos montábamos hasta la cresta de la ola y luego ¡taque!, el golpe al caer sobre la siguiente ola. Una nos cogió medio de lado, y casi nos vamos al agua. Nos logramos sostener pero la panga cayó ladeada y ¡chao maletas!

—¡Tenemos que volver por las maletas! —gritó angustiada mi mamá.

—¿Volver?, ¡aquí no hay vuelta! Si querés te tirás y las buscás, porque donde echemos para atrás toca es que nos busquen a nosotros, en el fondo. Más bien agarrate duro que mirá esa verraca que se nos viene encima.

En medio de la tormenta no escuchaba los gemidos de mi mamá pero veía su gestos de angustia, el dolor en los ojos. Nos lamentamos como pudimos por las maletas donde iba el futuro, por mi papá y porque nos íbamos a morir. Los golpes de las caídas nos sacaban gemidos a nosotras y putazos al paisa. Rezó el rosario completo, como se dice.

—¡Yo soy más verraco, vos conmigo no podés! —gritaba a veces como si tuviera en frente al enemigo.

En condiciones favorables el viaje hubiera durado dos horas. Debíamos de llevar eso o algo más cuando notamos que el Paisa empezó a torcer el rumbo hacia el lado de la playa.

—¿Qué pasa? —gritó mi mamá.

—¿Cómo que qué pasa? ¿Vos sos boba o te hacés? Yo dije que las iba a llevar pero vea — Y ¡taque!, otro golpe cayendo de una ola—, esto está imposible. El mar está cada vez peor y nos va a terminar matando. No queda de otra que arrimar a aquel caserío y pues cuando escampe le cumplo y la llevo a la Bahía. Hasta de pronto y está el Juan en ese caserío.

—¿Usted está loco o borracho? ¡Nos matan las olas que rompen!

—¿Y es que no nos matan llegando a la Bahía? ¡Estamos jodidos, mona! Si allá no hay nadie y nos voltiamos... ¡chao! Al menos allí puede que alguien se tire a sacarlas vivas.

Mi mamá se paró furiosa. Había dejado de pensar y se le iba a ir encima al Paisa, pero él sacó un revólver del pantalón, le apuntó a la cara y le ordenó que se sentara. Mi mamá me miró, roja de la rabia, y obedeció. Entre la borrasca alcancé a ver un par de luces que eran del caserío. El Paisa hizo dos disparos al aire, guardó el revólver y nos dijo que nos agarráramos duro. Aceleró a fondo. El golpe contra el mar no dio tiempo ni de gritar. Lo último que recuerdo es ver a mi mamá agarrándome y nadando hacia la playa y el sonido bestial del mar.

Me despertó el ruido de una bandada de pericos. Estaba tendida en un chinchorro afuera de un rancho. Mi mamá me sobaba la cabeza y me secaba sus propias lágrimas. Lloraba desconsoladamente. Por fin había escampado.

Los disparos al aire sirvieron. La gente del caserío vio que íbamos y, cuando nos volteamos, los más bravos se tiraron al mar y nos ayudaron a llegar a la orilla. El Paisa casi se ahoga y yo también. Mi mamá había sido nadadora de competencia y logró mantenernos vivas hasta que llegaron los hombres con algunos flotadores. Al menos eso me contó.

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La Carpa del Mañana de ARCADIA es posible gracias a una alianza con el British Council, que este año cumple ochenta años en Colombia. Cuenta con el apoyo de Air Canada, la Embajada de Canadá en Colombia, Confiar Cooperativa, la Universidad EAN, FESCOL, la Ford Foundation, la Embajada de Francia en Colombia y ONU Migración. Agradecemos, asimismo, el apoyo en la programación a la FILBo, la Cámara Colombiana del Libro, Corferias, Crea, la Alcaldía de Bogotá, la Universidad Nacional, Fundalectura, la Fundación Puntos de Encuentro, Semana en Vivo, Semana Historia, Suecia y el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo.

La Carpa del Mañana de ARCADIA es respaldada por La Comisión de la Verdad, la JEP y la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas, quienes han estado detrás de la iniciativa y la han apoyado desde su inicio. Al tener este espacio en el que se habla de Colombia, su futuro y sus expectativas, era fundamental y obvio contar con el apoyo de estas tres entidades que, sin duda, están profundamente vinculadas con el camino que está tomando el país y el que puede llegar a tomar en un futuro.

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