Desborde en Bogotá. Foto: Carlos Julio Martínez Desborde en Bogotá. Foto: Carlos Julio Martínez

Desborde de arte en Bogotá

José Fernando Aramburo perfila “el espacio de arte político más importante de la ciudad”.

2018/04/09

Por José Fernando Aramburo

Desborde queda en la calle 74 con 13 y es mitad galería, mitad espacio independiente. Desde que este espacio abrió sus puertas –han pasado ya siete años–, su propietario, Gilberto Hernández, se ha esforzado por mantener una programación que expone obras de arte político o arte de protesta.

No siempre fue así: supe de ese espacio por Juan Carlos Haag, quien me invitó hace varios años a una exposición sobre el amor que el célebre ready maker estaba haciendo en dicho lugar. Recuerdo vagamente haber asistido a algunas exposiciones hechas por Haag ahí –donde los cocteles exóticos y las obras contrahechas parecían la norma–. Recuerdo de esa época un performance que Beatriz López hizo cuando estaba por dar a luz en el que reventó un par de hileras de globos con un cigarrillo encendido.

El espacio no tenía nombre pero eso no fue impedimento para que se convirtiera, en poco tiempo, en un popular punto de encuentro para artistas. Su propietario prestaba generosamente el espacio, que en un comienzo había ideado para vender obras de arte moderno, para que fuera ocupado por todo tipo de expresiones contemporáneas, casi siempre seleccionadas por Haag en esta primera etapa, haciendo de su incipiente galería comercial una cancha natural para la experimentación, precariedad y vacío propio de una generación de artistas sin galería y sobre todo sin oportunidades.

Pronto Gilberto Hernández afinaría su posición como gestor de “arte político o de protesta”. Teniendo en cuenta el déficit de espacios de esta naturaleza en la ciudad para la fecha –San Felipe era entonces un barrio con todas las de la ley: es decir sin galerías–, no tardó Gilberto en ser abordado por todo tipo de curadores y artistas para hacer realidad el milagro de la exhibición, siendo Santiago Rueda quien parece haber tenido mayor influencia en la visión del galerista, afianzando su convicción política natural y alentándolo en su altruista misión de exponer el mensaje de los artistas comprometidos con un arte contestatario, rebelde y netamente latinoamericanista. Fue la oficina de Gilberto el lugar donde conocí su fuerte convicción gaitanista y garzonista. Recuerdo sobre todo una tertulia con Nadia Granados, Santiago Rueda y Hernández en la que llegaron a la unánime conclusión de que Jaime Garzón era el mejor artista de la historia nacional.

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En fin, Desborde se afianzó con los años como el espacio de arte político más sólido de la ciudad. “El objetivo de Desborde es consolidarse como un cultivo de significados en torno al arte de contenido político” dice Hernández, y aunque no entiendo muy bien qué quiere decir con eso, puedo decir que Desborde ocupa un lugar clave para el seguimiento de ese arte que nos exige ausentarnos de nuestras propias miserias para abordar las miserias del país. Soy de los que piensa que el ejercicio del arte es un acto político, así que a veces creo que este –el que se exponen Desborde–, se podría definir mejor como un arte politizado. Para ser más preciso, aunque entiendo la necesidad de poner sobre la mesa los problemas generados por la evidente voracidad del capitalismo, también creo que cuando las obras de este tipo no incomodan al establecimiento logran exactamente lo contrario: lo hace más fuerte. Lo hace lucir como un estado bonachón que es tan democrático como para soportar el disenso, y no es que lo soporte en realidad –miles de denunciadores y defensores de derechos humanos ha matado el brazo asesino del estado–, sino que es prácticamente invisible para el monstruo. Mejor resultado daría una buena frase en la fachada de un banco o escrita a punta de navaja en el espaldar de la silla de una buseta.

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Lo cierto es que Desborde ha producido algunas de las mejores exposiciones que se han visto en la ciudad, además de haber sido una gran escuela para quienes hemos querido hacer arte –lo que quiera que eso signifique–. Hace un par de semanas estuve de nuevo en este espacio sui generis; pude ver como Gilberto seguía firme en la causa, ahora haciendo las veces de curador de una exposición honesta y sólida en su selección de piezas. Me pude encontrar con viejos amigos y pude ver jóvenes que seguramente garantizarán la supervivencia esta religión rebelde. Me tomé con Hernández un par de whiskeys mientras recordábamos nuestras aventuras curatoriales que se dibujaban como un pasado incómodo para el galerista de la liberación –un mosaico de insulsas patrañas burguesas que presentía como un fin de semana en Las Vegas que resulta más conveniente olvidar–. La velada terminó en un restaurante de pizza por porción que queda al frente de Desborde, y que con sus pizzas con borde de bocadillo parece lo más contestatario que habrá por mucho tiempo en la ciudad.

¡Larga vida a Desborde!

¡Larga vida a Gilberto!

¡Larga vida a la pizza con borde de bocadillo!

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