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Los músicos y la política: ¿zapatero a sus zapatos?

La cultura política de Colombia generalmente ha mirado con desprecio, e incluso burla, la noción de que un artista sea miembro del congreso. ¿Tendrá fundamento este prejuicio, o será más bien que los artistas son los llamados a hacer lo que los políticos nunca han podido hacer por el país?

2018/03/07

Por Alexander Klein*

A pocos días de las elecciones legislativas, hablar de política en Bogotá ha sido simplemente inevitable, incluso en aquellos círculos en que no se acostumbra hacerlo. Las razones son apenas naturales: el próximo domingo 11 de marzo, Colombia se jugará la conformación de su nuevo congreso, ente que legislará (o pretenderá hacerlo) por los próximos cuatro años, iniciando el 20 de julio de este año hasta el mismo día del 2022.

Por este motivo, he decidido escribir esta columna para abordar un tema que últimamente me ha causado curiosidad, y es aquel de la participación directa de los músicos y artistas en el turbio mundo (por falta de una expresión más fuerte) de la política colombiana, mundo que tradicionalmente ha visto con malos ojos, e incluso con actitudes de burla, la noción de que personas ajenas a la politología, economía, derecho y administración sean miembros del congreso de la república.

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En efecto, hace apenas dos semanas recibí un correo de una amiga y colega con un archivo adjunto que mostraba al compositor colombiano Francisco Zumaqué como candidato al senado en la lista de la Decencia, movimiento que también ha incluido al músico David Jaramillo de Doctor Krápula y a la pintora Adriana Mejía, entre otros artistas, como candidatos al senado y a la cámara por Bogotá respectivamente. Junto al archivo adjunto, rezaba en tono escéptico la siguiente pregunta: “dame tu opinión de esta imagen”.

Mi primera reacción, francamente, fue la de reírme, y me pregunté por qué diablos un músico de una trayectoria tan respetable como la de Zumaqué querría meterse “en la boca del lobo” que es el congreso de Colombia. Pasada la risa, sin embargo, me di a la tarea de reflexionar, como músico y profesor, acerca del prejuicio tan enorme que se tiene en Colombia frente al deseo que tienen personas ajenas a la política para participar en ella. Y concluí, a decir verdad, que el prejuicio no solo es infundado e irracional sino sumamente arrogante.

Pensé, por un lado, que si los politólogos, economistas, abogados y administradores de empresa realmente fueran los únicos capaces de gobernar un país, Colombia (y el mundo entero) habría logrado ser un lugar próspero, equitativo y pacífico desde el grito de la independencia, fecha desde la cual el país ha estado en manos, precisamente, de los mismos politólogos, economistas, abogados y administradores de empresa que todavía dicen ser las únicas personas capacitadas para hacer política.

Pensé también en la figura del economista, de aquel individuo finamente peinado, en traje y corbata, que parece saber todos los secretos del mundo impredecible de las finanzas, y quien sin embargo no ha logrado, en pleno siglo XXI, erradicar problemas milenarios como lo son la pobreza y la desigualdad, a los cuales se suma el enorme costo ambiental que el planeta hoy está sufriendo gracias a la industrialización indiscriminada que esa “ciencia” de la economía, precisamente, impulsó en el mundo desde principios del siglo XX como un camino seguro hacia la prosperidad.

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Y luego, por último, pensé en la figura del artista, de aquella persona tildada de “idealista” que estudia su arte no porque la obligan sus padres o una sociedad que le rinde culto al dinero, sino porque ama su oficio más que a nada en este mundo, hasta el punto de arriesgar su propia calidad de vida para pintar un cuadro o escribir una partitura que casi nadie podrá admirar o comprender.

Y pensé, entonces, que mientras los economistas y abogados nos han legado un mundo contaminado, inequitativo y violento al borde de la destrucción, los artistas nos han legado tesoros sublimes como lo son el techo de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, la mirada enigmática de la Mona Lisa de Da Vinci, la perfección técnica de las invenciones y fugas de Bach, y la utopía hecha realidad de la novena sinfonía de Beethoven.

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Sin ir más allá, concluí entonces que los músicos y los artistas no solo tenemos derecho a participar en política por ser ciudadanos de un país que es, en teoría, democrático, sino que es nuestro deber hacerlo si queremos cambiar una cultura política que siempre ha menospreciado el arte y la cultura, relegándolas a la categoría de simple y banal entretenimiento. Porque mientras los magnates que controlan el país morirán algún día, como todos nosotros, y no dejarán legado intelectual alguno excepto un yate y una mansión más para el montón, los artistas moriremos, la mayoría en algún apartamento común y corriente, dejando legados que serán algún día patrimonio de la humanidad.

¡A votar se dijo!

*Profesor de cátedra de la Universidad de Los Andes. Autor y editor de las Obras Completas de Oreste Sindici.

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