Lo que sí se tiene claro es que el pogo o el mosh pit es un baile ritual lleno de catarsis, rebeldía e inconformismo. | Fotografía: Sebastián López Lo que sí se tiene claro es que el pogo o el mosh pit es un baile ritual lleno de catarsis, rebeldía e inconformismo. | Fotografía: Sebastián López

Catarsis, rebeldía e inconformismo: breve historia del pogo en Bogotá

Para el cumpleaños número 25 de Rock al Parque, hablamos con líderes culturales y metaleros de vieja data para escarbar en sus recuerdos sobre el sentido y la llegada a la ciudad del baile de narices, brazos, cejas y hasta costillas rotas.

2019/06/28

Por Sebastián López

Una danza frenética que libera endorfinas a base de puños, patadas, saltos, gritos, sangre y sudor. Un rito de paso para cualquier amante de las distorsiones. Un tornado de personas que en un baile caótico despejan sus cabezas de preocupaciones, dolores, injusticias y percances. Un momento único que se da mientras una banda de metal, punk, hardcore, indie y hasta trap deja en tarima su corazón. Eso es el pogo.

Dicen algunos que empezó en Inglaterra con el punk de los setenta. En un principio era un baile en donde no se necesitaba pareja y solo se necesitaba dejar ir al cuerpo por todo el sitio en donde tocaba la banda. Sid Vicious, el bajista de la icónica banda londinense Sex Pistols, afirmó haberlo creado en 1976 en el documental The Filth and The Fury, mientras que al otro lado del charco, en Estados Unidos, bandas como Ramones y Blondie estaban poniendo a más de uno a bailar como un descerebrado en cada concierto que daban en CBGB, mítico bar neoyorkino de punk

Como en cualquier baile, los pasos del pogo cambiaron en sintonía con la época y al lugar al que llegaba. | Fotografía: Sebastián Benavides

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Como en cualquier baile, los pasos del pogo cambiaron en sintonía con la época y al lugar al que llegaba. El hardcore, que inició en California, hizo el pogo más agresivo y acrobático (casi que una capoeira) en los ochenta con bandas como Black Flag y T.S.O.L. Lo denominaron mosh pit y uno de los primeros registros se puede ver en el documental dirigido por York Shackleton, Urban Struggle, que registró el crecimiento del género en el club Cuckoo’s Nest. 

Sin embargo, aún era un baile de nicho y de una cultura muy particular, hasta a mediados de la década el thrash metal comenzó a adoptarlo en sus videos y conciertos. En el documental Ultrasound: The Social History of The Mosh Pit realizado por MTV, varios músicos y periodistas afirmaron que los metaleros cambiaron el headbanging (cabeceo) por el mosh pit, transición que se puede ver en videos como “Indians” de Anthrax y “Toxic Waltz” de Exodus. El pogo o el mosh pit estaba trascendiendo a otros géneros y la llegada de la década de los noventa fue su momento de mayor popularidad.

En 1991, Perry Farrell, vocalista de la banda de rock Jane’s Addiction, decidió crear el festival Lollapalooza. Allí reunió actos de varios géneros para crear un espacio musical sin barreras en el cual el pogo alcanzó territorios inexplorados como en la presentación de Ice-T y Body Count en donde el metal se encontró con el rap. Sin embargo, fue necesario el festival Woodstock 1999 en donde el rock industrial con bandas como Korn, Limp Bizkit y Rage Against The Machine formó un alboroto en el público que terminó con desmanes y lesionados para dar cuenta de su magnitud. 

El resto es historia. El pogo continúa vivo y lleva más de 20 años dando vueltas por todo el mundo. Desde géneros como el ska en bandas como Ska-P de España, pasando por el indie con los británicos Foals y terminando en el trap estadounidense con grupos como $uicideboy$ ha demostrado su carácter rebelde, catártico y volátil. Golpeando, saltando y gritando se ha consagrado como una expresión casi que ineludible en cualquier rincón en donde haya música pesada.

Pero, ¿cómo aterrizó en Colombia?

Bogotá, Rock Al Parque y su pogo

Héctor Mora, periodista musical y gestor cultural, quien también fue coordinador editorial de seis versiones de Rock Al Parque, recuerda que los primeros pogos que vio fue en videos musicales de bandas de metal en la década de los noventa. Poco después, en Bogotá comenzaron a aparecer bandas de ese género como Darkness y Hades, que respondieron al auge metalero en Medellín. Sin embargo, los espacios eran pocos y “en muchos bares no recibían bandas; fueron más los salones comunales en donde vi los primeros pogos”.

Fotografía: Sebastián López

Además de esos espacios, cuenta de algunos sitios que poco a poco han ido desapareciendo. “Estaba Ácido Bar, que tiene más de veinte años y ha estado en varios lugares; en la Primero de Mayo con 68 estaba RockCity, que ya se acabó; por el norte había uno que se llamaba Jeremías, que duró unos 10 o 15 años desde finales de los noventa”, asegura Mora. Eran sitios para metal y hard rock en general, pero que a veces abrían puertas a otros proyectos.

Por su parte, Chucky García, periodista y gestor musical, actual director de programación de Rock al Parque, recuerda bien el salón comunal del barrio San Fernando. Dice que allí vio a Masacre, Inquisition y otras bandas de metal bogotanas que formaron una patacera a la que se metió. “Eran los noventas (...) recuerdo haber visto gente pogueando con botellas de guaro y chuzos”, añade y completa contando que a pesar de eso recuerda el rústico lugar con especial cariño.

En Rock al Parque, el pogo trascendió barreras y fue televisado en Colombia por primera vez. | Fotografía: Sebastián López

Ahora, “aquí se poguea lo que sea”, como dice Héctor Mora, porque, además de ser una cultura que busca el baile en cualquier ritmo, “la gente está molesta con la sociedad, el estado, con dios, con quien sea”. Por ende, no era raro que el rock alternativo de bandas como Superlitio, las 1280 Almas o Dany Dodge, también hicieran poguear a la gente. Héctor afirma que ellos buscaban casas abandonadas en donde pudieran presentarse o en lo hacían en los bares de Héctor Buitrago como Kalimán, Transilvania o Barbie (muchos de los cuales fueron cerrados en batidas de la policía).

Marco Sosa, dueño de la librería La Valija del Fuego y punkero que lleva unos 24 años ‘voleando pata’, recuerda de la misma forma los noventa: “Ahí fue el esplendor de los bares en Bogotá. Era un pogo muy rudimentario y más ritual porque no era cada semana”. Orgasmatron y Kaleidoscopio, dos bares que quedaban por la localidad de Chapinero, fueron algunos de esos lugares que Sosa más recuerda y en donde vio a bandas de punk como Morgue y Desarme.

En 1995 apareció el Festival Rock Al Parque, una de las apuestas de la administración distrital de entonces para crear un espacio de difusión cultural y musical. En cuatro días y cuatro locaciones distintas reunieron a 43 bandas nacionales, dos internacionales y un aproximado de 80.000 personas. Allí, el pogo trascendió barreras y fue televisado en Colombia por primera vez a ritmo de bandas como La Derecha, Fobia y Kilcrops. 

Rock al Parque abrió esas barreras en el pogo volviendolo bello, sincronizado, mixto y hasta romántico. | Fotografía: Sebastián López

Tanto Mora como Sosa dicen que fue un suceso importante por la masividad de la gente que asistió, además de la reunión de varios géneros que congregaron diferentes personas con diferentes ideales. Sin embargo, como recuerda Mora, “en las primeras ediciones el tema era delicado con las autoridades porque ellos pensaban que cuando empezaba el pogo había confrontación entre bandos, pandillas o jóvenes”. En la ciudad había un rechazo general al baile que de a poco fue reduciéndose.

De hecho, Chucky García recuerda que no pogueó con una novia para no defraudarla hasta que un día un amigo lo metió a él y a la novia en uno. “Fue en el Auditorio Macondo, al norte de la ciudad, en un toque de una banda llamada El Cruce y Gustavo Arenas fue el más feliz del mundo pogueando con su mujer”. Para el gestor cultural, Rock al Parque abrió esas barreras en el pogo volviendolo bello, sincronizado, mixto y hasta romántico.

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El sentido poético y la periferia del baile

El pogo es para golpearse, su esencia no se puede reducir. En palabras de Mora: “Mucho tiene que ver con comportamiento, no se pueden acomodar 20 o 30 mil cascos a las personas para que no les pase nada”. Sin embargo, hay personas que consideran que si bien no hay reglas específicas en el pogo, hay algo une a toda esa comunidad alrededor de la “violencia del baile”.

El respeto y la unión son parte esencial de la práctica. | Fotografía: Sebastián López

Juan Sebastián Barriga, metalero de 29 años, investigador social y ávido de pogo, cuenta que el respeto y la unión son parte esencial de la práctica. “Usted se mete ahí y no importa el estrato social, las preferencias, los gustos de la persona con la que está: son una masa en una euforia comunitaria”. Además de esa euforia, Barriga afirma que el pogo es una expresión antisistema, de violencia, que rompe una dinámica de jovialidad. Para él hay ciertas cortesías que deben mantenerse como no entrar a dañar a la otra persona y levantar al que se cae.

Además, piensa, el pogo de Rock al Parque es de los mejores: las bandas internacionales aman la energía (cosa que se ve en sus presentaciones como la de Anthrax en 2014) de los pogos regados por todos lados. De hecho, Chucky García recuerda la presentación de The Casualties en el 2014 debido a que “la banda paró el show para pedirle a la gente que hicieran el "muro de la muerte" y vi con mis propios ojos como unas 50 mil personas se dividían como cuando Moisés dividió el mar Rojo en las escrituras para luego ver dos gigantescas olas humanas enfrentarse en perfecta sincronía formando un tsunami de humanidad esplendoroso”.

Fotografía: Sebastián López

Sin embargo, hay una facción de la música pesada que no está tan familiarizada con el festival.

El hardcore en Bogotá se ha movido en su propia esfera y en lugares que no han tenido larga longevidad. Sebastián Benavides, también periodista musical y sujeto activo en la escena, habla de lugares como Las Vegas, “un sitio en donde había canchas de fútbol, restaurante y un club de striptease donde las bandas se montaban”, o el Parking Club, “un parqueadero en donde montaban una tarima y una carpa para los toques que cuando llovía era un pantanal”. Allí pasaron bandas locales como The Tryout y Soy Legión.

Rock al Parque no aparece mucho en los recuerdos de Benavides debido a que “hay mucha gente que va es a poguear y nosotros intentamos abrir un espacio donde sea solo pit, pero siempre está el que no sabe y se mete”. De todas maneras, si hubo un lugar para el hardcore, fue el Teatro La Mama, actualmente extinto, recordado por varios hardcoreros como el CBGB del género en Bogotá. Allí no solo se movieron grandes bandas propias del hardcore como PITBULL, Abismo o El Sagrado, sino que también estuvieron presentes géneros como el neo punk.

Fotografía: Sebastián López

De allí salieron pequeños eventos que hoy en día son importantes para esa escena que ha estado en la periferia. El Detonation Fest es quizá el más grande y siempre reúne a la comunidad que antes se veía en La Mama para un buen round de mosh pit en donde se pueden ver hasta patadas voladoras y el característico two step. Para Benavides, la gente va allí “con la intención de expulsar toda la negatividad en un proceso muy catártico para sentirse seguro mediante una expresión físico que ayude”. 

El futuro de la patacera

Para algunos como Héctor Mora el pogo no va a morir nunca porque es una expresión que a veces ni siquiera depende de la continuidad de un género específico o de una edad. “Una vez estuve en unas fiestas de Duitama en una presentación de un grupo de carrilera y esa noche vi más narices rotas que en los conciertos de Slayer o bandas de grindcore”, asegura añadiendo que, “fue el pogo de señores de carrilera y de ruana”. Según él, eso se debe a que somos un país que busca el baile en todo y además quiere expresar sus inconformidades a través de él.

No se sabe hasta cuando dé el baile y mucho menos hay alguien que lo dictamine o defina su rumbo. | Fotografía: Sebastián Benavides

Por su parte, Benavides asegura que dado el caso que se acabe el mosh pit en el hardcore es muy difícil expresar las sensaciones en los conciertos. “De por sí es un género agresivo que invita a ello y pueden haber cambios generacionales, no creo que acabe”, añade. Sin embargo, Barriga dice que el pogo no tiene dónde desarrollarse mucho y que en cuanto al metal, “antes que subir de tónica, o ser creativo, se está apagando”.

De todas maneras, ellos afirman que aún quedan sitios donde, como Asilo Bar, reciben nuevas propuestas que, bajo una esfera disco, han puesto a poguear a más de uno. Cristian Garzón, vocalista de Distimia Agorafóbica, banda emergente que se presenta ocasionalmente allí, dice que aunque no toca géneros contestatarios por definición, su puesta en escena busca que la gente poguee: “Queremos que la gente lo haga para liberar todas sus tensiones”.

Aún hay lugares, hay otra edición de Rock al Parque, hay otra edición del Detonation Fest. No se sabe hasta cuando dé el baile y mucho menos hay alguien que lo dictamine o defina su rumbo. Lo que sí se tiene claro es que el pogo o el mosh pit es un baile ritual lleno de catarsis, rebeldía e inconformismo dentro de la música y que ‘Pogota’, como la banda de metal Agony denominó a la ciudad en una canción, sigue con sus puertas abiertas para él. Así que como dice Chucky citando al músico Edson Velandia “no hay peor pobre que el que no sabe bailar, entonces, todo lo que sea baile, bienvenido es”.

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