El director Rubén Mendoza durante su discurso en la inauguración del FICCI 2019. Foto: Cortesía FICCI El director Rubén Mendoza durante su discurso en la inauguración del FICCI 2019. Foto: Cortesía FICCI

Censura y disimulo en el cine colombiano

Pedro Adrián Zuluaga, crítico de ARCADIA, da cierre al FICCI con esta reflexión (que va más allá del FICCI).

2019/03/12

Por Pedro Adrián Zuluaga

Con un lánguido comunicado, el Festival Internacional de Cine de Cartagena (FICCI) reaccionó el sábado pasado a los hechos que, en su noche de inauguración, tuvieron como protagonistas al cineasta Rubén Mendoza y a la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez. Los incidentes son bien conocidos y no creo necesario recapitularlos; en cambio, es importante reparar en algunos detalles que cierran un círculo de intentos de censura y corrección cuyo punto más álgido es el susodicho comunicado.

En este se lee: "No compartimos la utilización de este espacio [la inauguración del FICCI] para promover agendas que le resten protagonismo a las oportunidades de encuentro que este festival propicia para beneficio de toda la comunidad cinematográfica". Noten la utilización del lenguaje del disimulo y la falsa cortesía. En Colombia, el summum de la corrección consiste en no nombrar directamente el objeto de la discusión y acudir a argucias retóricas para "hacerse pasito". Ya volveremos sobre ello.

El discurso de Rubén Mendoza asumió la vocería de un sector cultural que, después de meses de la posesión del nuevo gobierno, no ha podido sacar nada claro sobre la promesa –o la amenaza– de la economía naranja. La incapacidad del gobierno para comunicar algo concreto sobre el principal eslogan de su política cultural ha sido llenada, en su defecto, por varias decisiones que ya suman un prontuario y que tienen las marcas de la censura, el revisionismo histórico y el retroceso de conquistas colectivas. Mendoza recogió el prontuario con determinación y vehemencia, en una noche que era la suya y la de su película.

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Pero el "performance" de Mendoza estuvo a su vez lleno de contradicciones. En las primeras líneas de su discurso dijo: "Aquí estoy con gente que amo profundamente, dos años después de haber terminado el rodaje nos amamos más, y es muy difícil que cualquier cosa se atraviese sobre ese amor; pero ojalá que luego ustedes lo que sientan con la película, lo confirme y puedan hacer su propio criterio. La dictadura y la tiranía del pensamiento desde donde venga, por más progresista que se finja, no vale la pena…”. Mendoza, en su acto de libertad, en esa noche suya, envió un guiño de desprecio por la libertad de los otros para decir, con las mismas garantías que él usó, lo que se les diera la gana.

La mención de esa supuesta dictadura progresista, supongo –porque el disimulo siempre nos obliga a especular–, era su manera de sentar posición sobre debates que se originaron en las redes sociales en los días previos a la inauguración del Festival y que tuvieron como objeto, sin ningún subterfugio, a su película Niña errante.

Como lo dijo en un artículo Sara Malagón Llano, editora de ARCADIA, publicado en la página web de esta revista, el debate se centró en las relaciones entre arte/política y ética/estética, puesto que lo que escritores y críticos –como Carolina Sanín y yo mismo– reprochamos a la película fue un punto de vista obsesiva e inútilmente enfocado en el cuerpo femenino: la reducción de la mujer a cuerpo y piel. 

La puesta en escena del discurso de Mendoza en la inauguración del FICCI no hizo más que confirmar las sospechas que la película dejaba sembradas en su propuesta estética. Allí, en Cartagena, se vio a Mendoza asumiendo, como única voz, el sentido de un proceso artístico en el cual, según sus palabras, trabajó con un equipo mayoritariamente femenino y feminista, un equipo que, en el escenario del Centro de Convenciones de Cartagena, solo fue adorno y decorado, caja de resonancia del ego del director. La forma del discurso contradecía, de forma palmaria, su contenido, pues reafirmaba a la mujer en su condición muda y subordinada.

El discurso de Mendoza fue un acto político, celebrado de manera entusiasta por muchos de aquellos que horas antes habían condenado la contaminación del acto creativo con demandas ajenas a su autonomía y libertad. El caso más flagrante de contradicción e incoherencia fue el del cineasta Luis Ospina, quien en un trino fustigó, sin nombrarlos –en la misma tradición del disimulo y el sofisma que venimos mencionando– a aquellos críticos que, según su interpretación del debate, condenaban con argumentos moralistas a las películas antes de que el público tuviera oportunidad de verlas. ¿Habrá olvidado que ese acto de hacer circular insidias y sospechas, él mismo lo practicó con determinación contra la película ¡Que viva la música! de Carlos Moreno, adaptación del libro de Andrés Caicedo? Y esto con el agravante, que lo cambia todo, de que ni siquiera la había visto.

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La "censura" entonces, para Mendoza y Ospina, parece mala cuando otros la ejercen, pero es irresistible si se trata de acallar voces disidentes o incómodas que afectan los privilegios naturalizados, o simplemente cosas o ideas que no les gustan, que “no valen la pena”. Ospina se retiró del debate que él mismo propuso. Tengo la sospecha de que parte de su indolencia se debe a que tenía como contradictores a una mujer y un gay, y que el lugar de enunciación de ambos contradictores puede fácilmente caer en la sospecha de la histeria o el resentimiento. 

"Lo ‘políticamente correcto‘ es producto del rencor y del odio", escribió Ospina en cuenta de Twitter. Y horas después, ante respuestas de Carolina Sanín y de otras personas a su simplificación de las luchas sociales que se juegan en el lenguaje, escribió: "LIMPIEZA SOCIAL EN REDES. Aprovechando la polémica en la cual me he visto involucrado en los últimos días por aquellos nuevos moralistas que, a falta de otro nombre, he decidido llamar ‘La Nueva Inquisición‘, he aprochado (sic) para hacer un poco de aseo en mis redes sociales".

Que Ospina acuda, así sea en broma, al imaginario de la limpieza social, es, por decir lo menos, decepcionante. Aquí es importante decir algo sobre la valentía  política y estética de su cine en las décadas de 1970 y 1980, cuando impugnó de forma brillante y pionera las fantasías fascistas de limpieza, orden y homogeneidad. En su cine más reciente, que me gusta mucho menos, hay una mezcla de revisionismo político con mucha habilidad para escribir contra-historias y poner en el primer plano de la representación a personajes proscritos o incómodos, por su sexualidad o su pensamiento en contravía de la norma social (como Antonio María Valencia, Lorenzo Jaramillo y Fernando Vallejo).

Estamos pues ante el caso de un artista que, con su figuración pública, decide sabotear el sentido más profundo de su propia obra, y que se pone del lado de los vencedores echando al olvido que su filmografía nació en los márgenes, en los linderos del cine no oficial, sacudiendo con vehemencia –muy lúdica por cierto– al poder –y lo que recoge de ese poder más grande el poder más acotado pero igualmente importante de la representación, como nos lo hizo ver en su mockumentary, codirigido con Carlos Mayolo, Agarrando pueblo–.

En psicología, la disonancia cognitiva se refiere a una desarmonía en el sistema de ideas, creencias y emociones de una persona que tiene dos pensamientos que entran en conflicto, o un comportamiento que contradice sus creencias expresadas. Puede que esto nos ayude a entender el talante de lo que ha pasado en la escena cinematográfica colombiana por estos días.

Pero volvamos al comunicado del FICCI. Con él debemos darle sentido a otro gesto con el cual el Festival borra con sus acciones los discursos de inclusión que orientaron la nueva propuesta curatorial; el FICCI corrobora así que le interesa el cine como un lugar de encuentro, siempre y cuando todos estén de acuerdo en las condiciones de la conversación. En últimas, al darle la espalda a un director y a sus declaraciones, envían un mensaje que recorta y censura al cine. Están diciendo, como lo escribió Andrés Suárez, "que a los cineastas únicamente les es permitido hablar ‘en clave‘ a través de la pantalla y ante pequeñísimos grupos de espectadores que se suceden lentamente, lejos de los grandes medios de comunicación... Sugerir, como enseñan en las Escuelas de Cine, pero no nombrar y denunciar explícitamente ni con vehemencia. O quizá la idea es aún más simple: se cree que, en público, los cineastas solo deben/pueden hablar de cine...".

Suárez concluye, de manera categórica, con estas palabras que suscribo: “Últimamente, con las discusiones alrededor de esa película Niña errante y las reacciones que ha despertado esa inauguración, se puede observar, no sin preocupación, que aún hoy algunos piensan en el cine como un hecho aislado de la política, la moral y el mismo orden social y económico que rige las demás dimensiones de nuestras vidas... Y con este comunicado tan desafortunado, el FICCI, por desgracia, les da la razón.”

En mis clases de cine colombiano les digo a los estudiantes, en la primera sesión, que hay unos temas o asuntos que, como mojones, marcan el camino que vamos a empezar a reconocer. Les hablo de que uno de ellos es la censura y de cómo en esta se entrelazan miedos y obsesiones de vieja procedencia. Y les propongo pensar cómo esos actos de censura se vinculan con la principal sinsalida del cine nacional: la relación con lo otro. Que lo que siempre se ha intentado censurar en las películas es lo otro que nos cuestiona, lo que se sale del árbol de lo familiar y hunde sus raíces en lo ominoso y lo oscuro.

La semana que pasó parece anunciar el retorno de la censura al cine colombiano, el llamado a un orden patriarcal en estricta consonancia con los hechos más amplios de la política y la sociedad. Puede ser que el cine, algo considerado periférico en la conversación social, es un potente medidor de energías colectivas, y sirva para conocer, como dijo Kracauer, al "estado psicológico de una nación".

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