Cristián Romero. Crédito: Hebert Rodríguez. Cristián Romero. Crédito: Hebert Rodríguez.

“Vivimos en una realidad que se puede desbaratar en un segundo”: Cristián Romero

Una entrevista al autor de 'Después de la ira', una novela corta en la que se encuentra también el rastro de la herencia literaria de escritores como Gabriel García Márquez y Evelio Rosero.

2018/05/01

Por Ángel Castaño Guzmán

Después de la ira, primera ficción larga del antioqueño Cristián Romero, tiene los dos elementos vitales de las novelas cortas: precisión y ritmo. Romero, miembro del grupo de Bogotá39, narra la historia de un pueblo acorralado, sus maneras de resistir y la tozudez de Samuel y de su esposa.

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Al momento de salir la lista de los escogidos por Colombia para participar en Bogotá 39, su nombre fue toda una sorpresa. ¿Qué nos puede contar de esos días? ¿Qué ha cambiado en su vida de escritor con esa escogencia?

Fue un feliz accidente. Cuando la editorial Hilo de Plata me postuló, siempre lo vimos como una posibilidad remota, casi imposible. Pero pasó, y lo mejor de esto fue la oportunidad de conocer a otros autores e intercambiar con ellos referentes e influencias. Todos ahí tenemos maneras muy distintas de abordar la escritura, aunque entre algunos puedan existir conexiones temáticas o estilísticas. Eso sí que es estimulante, poder conocer tantas voces, tantos acentos distintos. Lo único que todos tenemos en común ahí es un rango de edad, y eso que es amplísimo. A pesar de esas diferencias, cuando ya estuvimos reunidos, de inmediato se despertó un espíritu de amistad, de camaradería. Una energía que, incluso después del evento y a pesar de las distancias, nos sigue conectando. Por otro lado, ninguno de los que quedamos nominados en esa lista somos tan ingenuos como para creer que, de verdad, somos los mejores 39 escritores de nuestra generación en Latinoamérica. Sabemos que por cada uno de nosotros hay muchísimos que deberían estar ahí. En cuanto a la polémica que generó, me parece buenísimo que suceda: para eso es, para que cada uno quite, ponga o añada lo que le parezca y, a su vez, retroalimente la posibilidad de divulgar el trabajo de muchos escritores talentosos que siguen en la sombra. Hay que desconfiar un poco de todo. Yo, por lo demás, seguí escribiendo exactamente lo mismo, así no estuviera en esa lista. Por supuesto eso abre posibilidades, pero, como te digo, tampoco me las tomo tan en serio.

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Después de la ira habla de las luchas de Samuel y de un pueblo –San Isidro– para resistir el avance de una multinacional. Ciertos momentos me recordaron algunos pasajes de El coronel no tiene quien le escriba –libro en el que el personaje central que se aferra a algo– y a En el lejero. ¿Cuáles han sido los autores y las novelas colombianas importantes en su formación?

Definitivamente Gabriel García Márquez y Evelio Rosero son dos de los autores colombianos que más me gustan, así que no debe ser raro que en Después de la ira haya mucho de las novelas que mencionas, así como también deben flotar las influencias de autores como Manuel Mejía Vallejo o Hernando Téllez. Al mismo tiempo hay novelas latinoamericanas que son importantísimas para la construcción del universo ficcional de San Isidro, como Pedro Páramo, que es uno de mis libros favoritos. Me interesaba también recoger esa tradición de la novela terrígena latinoamericana y colisionarla con la ciencia ficción. He sido un lector ávido de este último género, en realidad crecí leyéndolo y ahí está mi formación como lector y como escritor. Me interesa particularmente por su potencial político. Debo mencionar la influencia de autores como Philip K. Dick, William Gibson, Paolo Bacigalupi, Ursula K. Leguin, J. G. Ballard, Adolfo Bioy Casares, Ray Bradbury, Margaret Atwood o China Miéville.  

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La novela es corta y cada pieza encaja bien con la otra. ¿Cuánto tiempo tardó en escribirla? Háblenos de su proceso de escritura.

Tardé en escribirla más o menos un año, aunque el universo en el que se desarrolla lo vengo trabajando desde hace unos cinco. En el 2013 se estrenó un documental que me impactó mucho: 970, acerca de una regulación del uso de semillas en Colombia. A partir de ahí empecé a trabajar en una serie de cuentos en donde el hilo común fuera el escenario: un pueblo acosado por una multinacional de cultivos transgénicos. Los cuentos no me terminaban de convencer, había algo que no encajaba. Uno de ellos, sin embargo, me seguía seduciendo: me pedía más y yo necesitaba una mayor distancia para desarrollarlo. Quería ampliarlo, pensé incluso adaptarlo a un guion cinematográfico. Entonces comprendí que una de las razones por las que no me funcionaban los cuentos era porque el pueblo seguía resultándome muy difuso e impreciso. Le puse un nombre, San Isidro, y el pueblo se volvió real, tomó personalidad, la historia empezó a fluir e iluminó esas cosas que desde hacía mucho tiempo se querían iluminar. La narración fragmentaria responde a las influencias de autores como William Faulkner o Guillermo Arriaga, más los otros ya mencionados. También es que la historia se me presentó así, como si fueran flashazos de recuerdos, imágenes que me llegaban sin ningún orden, y yo seguí esa ruta y empecé a dibujarla y a re dibujarla. La linealidad en la escritura me aburre. Prefiero la sensación de caos. No soy tan sistemático. Por eso, mientras la escribía, siguiendo esa ruta, muchas cosas fueron cambiando, brotando o desapareciendo por sí solas. Me siento a escribir cuando ya he madurado mucho las ideas y, sin embargo, en el proceso de escritura esas ideas empiezan a cambiar, a mutar, y yo dejo que eso suceda. Es en esa etapa en la que encuentro más posibilidades, en la que descubro muchas aristas que no había contemplado al principio.

Ahora mencionó usted el potencial político de la ciencia ficción. En su experiencia de escritor y lector, ¿cuáles son los puentes que deben existir entre las letras y la política? ¿Cómo escribir ficción con temas políticos sin caer en el panfleto?

Pienso que un escritor debe tener una conciencia política, por supuesto, pero más que por ser escritor es por una responsabilidad social como ciudadano. Que te pongan el traje de escritor no te debe obligar a nada más que a escribir bien y que, cuando lo hagas, sea de la forma más honesta. Antes de ser escritor se es ciudadano y lo ideal es que todo ciudadano sea un actor político consciente, no un idiota útil del poder. Todo acto personal, privado o público, todo lo que hagas en tu vida, termina teniendo un efecto político. Así pues, eso que flota a tu alrededor, eso que como ciudadano te afecta, se va a ver reflejado en tu escritura, consciente o inconscientemente. ¿Qué es lo que a mí me interesa particularmente? Como lector, me gusta la literatura ambiciosa, las historias complejas, la ficción arriesgada, que se pone en los zapatos del otro y se asoma al abismo. Eso me gustaría lograr con mi escritura. ¿Cuál es el punto en el que creo que un texto se empieza a tambalear en la línea del panfleto?: cuando el escritor da respuestas, cuando su escritura está plagada de certezas y le dicta al lector cómo debe pensar y cuál es la conclusión a la que tiene que llegar. Es como si no tuviera matices, como si no admitiera discusión. Los matices le dan ambigüedad a la literatura, lo cual la enriquece mucho, y un panfleto, me parece, no es ambiguo. Eso tiene que ver con el tono, con la manera de manejar los personajes, con los diálogos. Me gusta eso que dicen de que el arte solo se debe preocupar por hacer preguntas, por muy manoseada que esté esa idea. Que sea el lector, espectador o el que se acerque a esa obra el que se quede lidiando con las respuestas. Yo no soy precisamente un teórico social, pero miro, pregunto, y paso la información por el filtro de mi imaginación. Así dejo que mi subconsciente sea el que hable.

Volviendo a la ciencia ficción, creo que no hay un género más indicado para enfrentarse a la realidad —o a lo que el poder pretende decirnos que es la realidad—. Y eso se da por la potencia de la imaginación. Crear un universo consistente en el futuro en el que se desarrolla tu historia, por más absurdo que parezca ese universo, te obliga a mirar con mayor atención el presente que te rodea. La ciencia ficción no predice, aunque muchos lo crean. En cambio, lo que hace es proyectar los miedos o las preguntas que tenga el autor respecto a su presente más inmediato. Y eso lo vuelve más ambiguo aún: es un género en el que son posibles muchas realidades y mundos.

Lo más importante que me ha dejado la ciencia ficción es la sospecha de que vivimos en una realidad que se puede desbaratar en un segundo. Una realidad creada por un poder dominante, el cual se apoya en la ciencia y la tecnología. Esto no quiere decir que todo en la ciencia y la tecnología esté mal. Lo que inquieta a la buena ciencia ficción es quiénes la están subvencionado, a quiénes beneficia o quiénes, en el fondo, son los que tienen acceso a sus resultados. Todo degenera en control, consumo, elitismo. Pero al mismo tiempo muestra, y ahí está el valor agregado del género, que desde la ciencia o la tecnología también se puede resistir.

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Usted mencionó que en un momento pensó hacer con la historia de la novela un guion cinematográfico y luego aludió a Guillermo Arriaga. ¿Qué herramientas narrativas le aporta el cine a su escritura de ficción?

Estudié comunicación audiovisual. Mi formación fue el cine. Obviamente la escritura de guion era la faceta que más me interesaba. A pesar de que tuve muchos conflictos con la carrera, pienso que haber visto tanto cine, haberme sentado a desbaratar tantas películas y hacer tantos cortometrajes poco memorables, me llevó a irme a lo más profundo de las narraciones. ¿Cómo se entretejen las hebras de las mismas? Es como ver con lupa las coyunturas de la articulación de los relatos, por más absurdos o extraños que puedan llegar a ser. Una máxima en audiovisual es no enamorarse de lo que escribes o grabas. Es pura precisión, contundencia. El ritmo está ligado a eso; si hay algo que me preocupa mucho mientras escribo es el ritmo: cómo suena cada palabra, cada línea, cada párrafo. La musicalidad, la armonía. Todo eso viene, sin duda, del cine. Y de la música, también, que es otro arte que me apasiona y del cual me puede gustar desde lo más melódico y cuidado hasta el mismo caos, el ruido puro y duro. Ahora bien, no quiere decir que yo haga todo eso conscientemente mientras escribo, más bien dejo que la escritura fluya, que salga todo lo que flota en mi cabeza. Juego con el lenguaje, con las imágenes, a veces como si tuviera una cámara enfrente, a veces como si fuera una canción trepidante que estalla en mis oídos, incluso contradiciendo esos preceptos que aprendí del mismo cine, de lo que se supone que debe ser una trama perfectamente construida. Cuando lo hago pienso: “esta escena puede sobrar”, pero si juego de esta manera con el tiempo y con el lenguaje, puede ser una experiencia estética valiosa para el texto, no para la historia. Entonces funciona. Me interesan también los excesos, la imperfección. Por eso me encantan directores que dinamitan las narraciones y buscan nuevas formas expresivas en el cine, tales como David Lynch, David Cronenberg, Terry Gilliam, Charlie Kaufman o Jim Jarmusch. Para mí son igual de importantes que mis escritores favoritos.

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