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Una crónica sobre el guayabo

"El guayabo siempre me ha gustado, en mi mente funciona como la parte más espiritual dentro del extenso ritual de la vagabundería".

2018/01/15

Por JOSÉ FERNANDO ARAMBURO

Como este año del perro –según el horóscopo chino– aún no bate su cola, y las casi siempre aburridoras inauguraciones y eventos artísticos locales apenas se ven como un lejano espejismo, he decidido compartir un texto que hice sobre el guayabo hace un par de años. Estaba muy mal escrito y lo edité lo mejor que pude –no sin preguntarme ¿quién pudo haber publicado un texto con tantos errores?–.

Escalando la sima

sima

De or. inc.

  1. f. Cavidad grande y muy profunda en la tierra.

Cuando Natalia me dijo que quería que escribiera un texto sobre el guayabo, me pareció apenas lógica su elección: siempre he tenido fama de borracho. Mi experticia en ese tema es ampliamente conocida y comprobable. Imagino que una mente entrenada en las ciencias autodestructivas de la libación y el abandono a la deriva es una voz más que autorizada para hablar de este tema –sobre todo porque carece de importancia, como los temas verdaderamente importantes–.

Miércoles.

Salgo para mi cita en la plaza de Lourdes con Flautero. Flautero es mi amigo. Somos el tipo de amigos que departen borrachos porque ninguno de los dos tiene destrezas sociales y sabemos que la sobriedad nos deja en clara desventaja en estos ambientes controlados. Nos saludamos con un largo abrazo que dure lo suficiente para calmar un poco los nervios. Es necesario comprar un trago a la mayor brevedad para que la incomodidad se acabe de una vez por todas: media botella de aguardiente es siempre mi primera opción porque el tamaño es lo suficientemente portátil para compartir mientras decidimos qué vamos a hacer: además horma a la perfección en el bolsillo trasero del pantalón. Le hablo sobre esta idea de hacer un artículo para una revista sobre el guayabo y me responde con una frase de apoyo que no recuerdo. Algo así como "eeehhhhggh ghh ghhh".

El guayabo siempre me ha gustado, en mi mente funciona como la parte más espiritual dentro del extenso ritual de la vagabundería.

–Despreciar el guayabo es como ser católico y no comulgar.

–Puede ser, pero no soporto el guayabo porque me deprime mucho, aun siendo la depresión la única forma de vida que conozco–, dice Flautas.

Para lograr un gran guayabo, habría que mezclar todos los tipo de trago posible, fumar como si uno fuese fábrica de humo alemana y aceptar todo lo que pase bajo las narices. Es importantísimo no recibir ni una gota de agua que no esté alicorada –de hecho es menester evitar a las personas que la ofrecen–.

11:00 p.m.: mientras hablo sin dejar hablar –como es mi estilo–, le pido un papel y un bolígrafo al mesero del lupanar para escribir algunas ideas para este texto, pero solo escribo una frase deprimente tipo “mientras borracho se conoce a la otra gente, enguayabado se conoce a uno mismo”. Me resulta tan vomitiva como el mismo guayabo.

"2:30 a.m.": eso me dijo el bouncer del bar que visito cuando valgo menos que nada, y que es frecuentado por publicistas, actores de novelas y gente de ese talante, cuando pregunté por la hora mientras me fumaba un cigarrillo mentolado que le pedí un minuto antes. A esas alturas –bajura sería la palabra indicada– ya me había tomado con Flautas otra botella de aguardiente verde –de ese que hace a la gente llamar a la ex novia, o buscarle pelea a un campeón de boxeo–.

Camino solo y errático.

Flautero se había esfumado como lo hacía habitualmente –había hecho un curso en un campamento ninja donde le habían enseñado a hacer bombas de humo y respirar por debajo del agua usando una pajilla–.

Me subo a cualquier taxi –muy parecido a esos donde la gente se va para aparecer días después en un potrero lejano– claramente descompuesto por la mezcla indolente de tragos baratos a precios de lujo. "Nunca volveré a ese lugar", pienso. Es muy triste y chistoso que siempre piense lo mismo. Le pido al taxista que pare en algún lugar donde pueda comprar algo para rematar en grande mi faena investigativa. Encuentro un poco de perico en mi bolsillo repleto de facturas y basuritas perfectamente arrugadas –el perico es de gran ayuda para tener un guayabo descomunal, así que sin dudarlo me lo relamo con verdadera eficiencia ninja para pasar desapercibido. No lo logro. No encuentro ninguna tienda para comprar más trago, pero recuerdo que en casa tengo media botella de pisco –de cualquier manera el taxista empieza a impacientarse–. Pienso que podría poner una ópera ligera mientras preparo pisco sour. Balbuceo en silencio. Llego a la casa claramente desvalido: me tomo un buen chorro de pisco puro a pico de botella, pongo un remix de Venga Boys y experimento una muerte controlada en el sofá. ¿Cómo se podrá improvisar un desfibrilador casero?

3:42 a.m.: experimento mis primeras arcadas. Me da risa mi estúpido compromiso con este encargo. El mareo me hace pensar en eso que decían cuando sorteaba mis primeras borracheras sobre la importancia de saber anclar para no sentir los embates del rebote. Anclar es poner un pie tocando el suelo, que sería en esta delirante imagen de lírica popular el ancla de la operación naviera. Pienso en esa asociación del mareo alcohólico al movimiento de un barco. Pienso en el tono metafórico de todo lo que se me ocurre cuando pienso en el guayabo: en este punto parece que el peor malestar del guayabo tendría que ver con los recuerdos, asociaciones y vacíos propios del corto circuito en la torre, como dijo mi amigo Guguillo después de romper el jarrón más valioso de la casa de mamá. Me voy a dormir. Tomo agua. No puedo dormir.

5:22 a.m.: aunque creo no haber dormido ni un segundo, ya está amaneciendo, y el despertar de la ciudad taladra mi cabeza con precisión. Ladridos, gente hablando: me imagino que así debe sonar el infierno.

7:19 a.m.: hora de salir a comprar todo lo necesario para sobrevivir a este guayabo.

Mis compras:

2 sobres de Pedialyte

2 latas de Coca-Cola

1 caja de Bonfiest

Esto funciona como unos primeros auxilios, el mareo y dolor de cabeza deben ser aniquilados antes de que aparezcan los primeros síntomas de la culpa. Entro de nuevo a mi casa a ver televisión –la actividad por excelencia para el enguayabado solitario y/o despechado– . Siempre opto por una película de Disney o CNN –nunca CNN en español–.

9:40 a.m.: abro mi billetera para saber el tamaño de mis desmanes. Todo parece en orden. Llamo a Flautas para saber qué hice la noche anterior, pero no contesta. Creo que no me va a querer ver en mucho tiempo. Aunque por lo general recuerdo todo como una maldición, a veces vienen recuerdos de momentos cumbre: como la vez que adopté un niño de la calle en un acto de bondad estúpida que me costó un viejo equipo de sonido y algunos electrodomésticos.

11:00 a.m.: es hora de comer algo: me voy a en busca de lechona como Proust en metanfetamina. La lechona es la mejor forma del lechón –pienso sin marco teórico–. La mejor manera de saber que se ha escalado esta cumbre es habiéndose comido un plato entero de lechona.

12:30 a.m.: vuelvo a mi casa y me da mucha tristeza. Alguien me dijo –probablemente borracho– que la palabra guayabo venía de Valledupar o los alrededores, donde las gallinas que amanecían enfermas no salían del gallinero a departir con las otras a buscar granos y esas cosas que hacen, sino que buscaban un árbol –en este caso uno de guayabas– para pasar su malestar: entonces decían que estaban enguayabadas. Esa historia me molesta porque esperaba mucho más del realismo mágico de nuestros juglares rurales. Mejor ratón, como le dicen los venezolanoso cruda, como los mexicanos. Resaca me parece muy genérica, pero quién soy yo para hacer listados cuando soy mucho menos que una gallina en su árbol de guayabo, o apenas un poquito más que una nada.

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