Fotograma de la obra. Fotograma de la obra.

Luces de lo inevitable

2017/10/19

Por Luis Esguerra Cifuentes

Look at that stupid house. Stupid tree. Stupid rock. Stupid concrete…¡Stupid people!”, dice una voz en off mientras en la imagen vemos a un niño de 13 años pedaleando en su bicicleta por un camino rodeado de vegetación. El bucólico paisaje de los bosques de Arkansas, con sus árboles que acarician el cielo, es violentado por estas diatribas que son solo la manifestación de rupturas más profundas; hendiduras sociales que el director estadounidense de origen pakistaní, Amman Abassi, ilumina en los 75 minutos que quedan por delante. La película, presentada esta semana en el marco de la tercera versión del Bogotá International Film Festival (BIFF), comienza así, en este limbo atemporal donde volveremos a ver a nuestro personaje en determinados momentos de la narración, para revelar cómo se ensamblan las piezas de los mecanismos de la violencia en los márgenes del primer mundo.

A la deriva, sin norte, Dayveon, un adolescente negro que vive bajo el precario cuidado de su hermana, deambula de calle en calle, de noche en noche, intentando superar el asesinato de su hermano mayor, mientras las propuestas de Mook, líder de la pandilla The Bloods, resultan ser el único éxito alcanzable para él y su amigo Braydon: el crimen organizado se ofrece como el reemplazo de esa hermandad ausente.

Las herramientas estilísticas de Dayveon muestran la destreza adquirida por Abassi en su trabajo como documentalista para hacer de la realidad un escenario cinematográfico. Es en virtud de ese recorrido que su primer largometraje de ficción procura alejarse de la exageración. A él le interesa ir al encuentro de comunidades aisladas y erigir, a través de la experiencia vital de sus actores, películas realistas, sinceras. Puede resultar un punto de partida cómodo, pero supone retos éticos que, mal sorteados, podrían desembocar en la pornomiseria que tanto ha contaminado la representación de lo marginal en pantalla.

Es en correspondencia con la pulsión por estructurar un realismo crítico que este filme tiende a buscar naturalidad en los decorados y en la iluminación. Es del todo lógico que, en contraposición al glamour tan usual del cine, con esta película nos enfrentemos a ambientes más bien sórdidos que pretenden transportarnos al mundo de la marginalidad y los bajos fondos para exponerlos tal cual son. No obstante, esto no implica que la construcción visual de Dayveon carezca de estética. Filmada en su totalidad con cámara en mano y presentada en un formato 4:3, la película usa estos recursos como un vehículo narrativo que llevará al espectador a compartir de alguna manera las angustias, miedos y fatigas de sus personajes. Clásicos como Los 400 golpes, de Truffaut, o notables películas recientes como Service, de Brillante Mendoza, comparten un modelo de construcción espacial similar. Asimismo, filmes colombianos como X500, de Juan Andrés Arango —en la que se explora de igual manera el intimismo a través del formato cuadrado—, o Chocó, de Jhonny Hendrix Hinestroza, también acuden al seguimiento continuo de la cámara vacilante para caracterizar a sus personajes.

El modesto equipo técnico de Dayveon logró representar emotivos momentos de una familia accidentada y de las amistades peligrosas que guían el relato. En largas e intensas secuencias bellamente iluminadas, Abassi expone los conflictos análogos a la cotidianidad de una comunidad condenada a la exclusión, pero ninguna de estas reconstrucciones proyecta la expresión melodramática o grandilocuente de los testimonios sobre el racismo y la discriminación. El éxito de Dayveon estriba, por el contrario, en la ausencia de elementos típicos de las narrativas convencionales sobre las minorías étnicas en Norteamérica. Cuando Braydon y Dayevon dan largos paseos en las inmediaciones del barrio —espesos bosques en los cuales se aíslan para escapar momentáneamente de los riesgos del día a día— la película propone una suerte de paraíso perdido; un empíreo con estética de VHS en donde la violencia no se asoma, mientras estos dos niños logran adivinar, por pocos instantes, la existencia aligerada de tanta gravedad. Pero son los enjambres de abejas y la serenata de las cigarras cuando se desmorona la tarde —elementos presentes a lo largo de toda la película— las metáforas que nos regresan de un golpe al fondo del abismo.

Como los actores del director francés Maurice Pialat, los adolescentes que protagonizan la película de Abassi, al igual que todos los actores que conforman el reparto de Dayveon, representan en pantalla la clase social a la cual pertenecen en la vida real. Sus personajes reviven en set los dilemas de su infalsificable procedencia, conflictos que sugieren en vano que las buenas intenciones y esfuerzos por escapar del pasado tormentoso o del camino equivocado que los personajes no quieren tomar allí no son suficientes: ellos están donde seguramente están destinados a acabar.

Abassi se apoya tanto en la música como en la fotografía para alzar esta ininteligible atmósfera que termina por ser lo más destacable del filme. El director compuso todas las melodías a la par que iba escribiendo el guion, y con ello nos enfrenta también a una iluminación claroscuro que viene a ser una suerte de expresión tangible de la interioridad en conflicto de los personajes y de las entrañas igualmente conflictivas del contexto social representado.

Colillas de marihuana regadas en el piso, armas camufladas en los rincones,  botellas de licor vacías, sillas desvencijadas, faroles averiados… De entre las colillas de marihuana y las armas camufladas y las botellas vacías y las sillas desvencijadas y los faroles averiados, surge la alucinada presencia de la muerte que acecha con mirada lujuriosa a Dayevon en el auto de Mook, mientras las luces de la calle definen fugazmente su rostro, que se pierde por momentos en la penumbra. Es justamente allí, en la obsesión de este director por evidenciar la fragilidad de sus personajes, donde radican los atributos de esta pieza. La inagotable y transitada denuncia de las minorías encuentra en Amman Abassi a un digno sucesor de una tradición de un cine cine intimista, y de denuncia, que nos permite entrever los demonios tácitos de la cotidianidad.

Para más reseñas del BIFF haga clic aquí.

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