'Después de la tormenta'. Cortesía: Laboratorios Black Velvet.

De la empatía y la gracia en 'Después de la tormenta'

El 17 de mayo se estrena en Colombia una de las más recientes películas del realizador japonés Kore-eda Hirokazu.

2018/05/17

Por Óscar Garzón M.

Después de la tormenta condensa, desde el título, un paso del tiempo y un tiempo de crisis. Su director, el japonés Kore-eda Hirokazu  —recordado por sus reflexiones alrededor de la familia en Nuestra hermana pequeña (2015) y De tal padre, tal hijo (2013)— construye un memorable relato minimalista sobre la empatía, atravesado por el humor y la gracia. El protagonista, Ryota Shinoda (Hiroshi Abe), es un escritor aún aferrado a la gloria del premio literario que obtuvo con su primera novela. Para ganar dinero, Ryota trabaja como detective privado en casos menores de infidelidad y traición. Su vida personal es una maraña de anhelos no cumplidos: Ryota busca retomar la relación con su exesposa Kyoko (quien sale con otro hombre) además de tener una relación cercana con su hijo Shingo, a quien debe varios meses de pensión alimenticia. En los márgenes de esta historia están la madre y la hermana de Ryota quienes comentan, critican y cuestionan —cada una desde su mirada enternecedora y graciosa— las decisiones de este hombre que lleva una vida precaria y venida a menos. Sin embargo, esta precariedad aparente se nos presenta como el medio para representar un mundo fértil en deseos truncados, pasados que pesan en el presente y, por encima de todo, un mundo caracterizado por la esperanza incondicional y casi terca en la humanidad de sus personajes.

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Dos particularidades en la personalidad de Ryota resultan fundamentales para la película. La primera es la relación que este construye con sus oficios: es a la vez detective y escritor (en algún momento se menciona que llega a la investigación privada como insumo para una novela que planea escribir). Ryota vive ambas profesiones desde sus puntos en común; entre el escritor y el detective están la observación, la paciencia, la distancia crítica, así como la imaginación, la manipulación y la planeación. Todos estos atributos no solo describen el oficio de Ryota sino que son también atributos de su modo de llevar la vida y las crisis que en la suya se presentan. Al distanciarse y observar el patetismo de los otros en su labor de detective, Ryota reconoce en los demás lo que también le es propio: su torpeza, sus errores y sus deseos banales. La suya es una vida empática incluso en sus fallas y vicios; la fortaleza en la mirada del director Hirokazu está en representar el patetismo de Ryota con humor y ternura. Si bien sus personajes se recriminan los unos a los otros, estos evitan caer en los lugares comunes del melodrama. Al darle prioridad a un tono siempre enternecedor y afable, Hirokazu se resiste a que su película sea el territorio común del cinismo y la burla condescendiente (además de poco reveladora) hacia los personajes patéticos. Es así como Hirokazu, por medio de Ryota, nos muestra el profundo vínculo entre el patetismo y la empatía: el paso de una a otra es una cuestión de conmoción a través de la gracia.

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El filme muestra también cómo el paso del tiempo afecta su vida. Su aspecto descuidado y los gestos del actor Hiroshi Abe (gestos que evocan la tristeza de los actores de la era del cine mudo) dibujan un personaje que inmediatamente parece marcado por el pasado. Resulta en una contradicción –no menos poética– que Ryota esté tan anclado en el pasado a la vez que vive su presente con terquedad y esperanza: a pesar de que aún se reconoce como un novelista (y no escriba), de que busque entre las pertenencias de su padre fallecido algún tesoro para empeñar (y no las encuentre) o de que insista en recobrar el amor de su ex esposa, Ryota no cae en la inacción ni en el desprecio por la vida. De hecho, su apuesta por el presente y el futuro es rabiosamente literal; el poco dinero que recibe Ryota lo invierte en apuestas de lotería y carreras de caballos, como forzando a la fortuna esquiva del futuro a hacerse realidad.

Para hacer más concreto el tema del paso del tiempo, el director Hirokazu sitúa la acción de su trama en la antesala y el posterior desarrollo de una tormenta que se anuncia desde el inicio de la película. No es solo un artilugio para situar la trama en el tiempo: la tormenta termina siendo el símbolo concreto de la ruptura que viven sus personajes. Ryota vive con un profundo descontento por el paso de los años. Culpa al tiempo por abrir una grieta entre el querer ser, la relación con sus seres queridos y lo que la realidad le ha traído. Sin embargo, el símbolo de la tormenta trae también consigo la imagen de la calma: la planicie, los restos, el silencio. El conflicto y en últimas la gran diferencia entre Ryota y los demás personajes (su ex esposa, su hijo, su madre y su hermana) es que el primero se resiste a las modificaciones cotidianas que la tormenta le trajo. Los demás, en cambio, se adaptaron y decidieron mirar a Ryota con el amor y la crítica con la que se mira a un hombre que ha cometido errores.

A pesar de esta distancia entre sus personajes, el director Hirokazu también se rehúsa alienar a Ryota y a convertirlo en un paria. Por el contrario, Hirokazu, de la mano de su director de fotografía Yutaka Yamasaki, plantea una composición en la que priman los planos medios de dos personaje. Como insistiendo en el encuentro, en el choque y en la comunión desde la puesta en escena, Hirokazu no solo construye empatía desde los personajes sino que además es su propia mirada la que nos lleva a ver en Después de la tormenta la gracia que subyace en el drama y en el desencuentro amoroso.

La película entra en su culmen en el último tercio de la película —cuando ocurre la anunciada tormenta— donde Hirokazu lleva a sus personajes al encierro en el apartamento de la madre de Ryota. Es allí donde la mirada empática, el símbolo de la tormenta y el patetismo confluyen en el punto emocional de la película.

Hacia el final, cuando Ryota ve pasar la tormenta con su hijo en un parque infantil, entendemos que lo que viene después de la crisis es la calma: en ellos está la terca confianza de la vitalidad. La vida de Ryota y su familia continúa. Fracturada, sí, pero siempre buscando la manera de resistir con gracia a pesar de que en el horizonte se avecine un nuevo temporal.  Es así como entendemos a Ryota y comprendemos —como detectives observándolo— que la lucha patética y enternecedora de Ryota es también la nuestra.

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