Fotograma de 'Amor por sorpresa' (2015). Fotograma de 'Amor por sorpresa' (2015).

Los rituales del afecto

Todas las historias de amor empiezan en algún momento. Y algunas parecen no tener final.

2018/04/04

Por Fernando Travesí

El 21 de marzo es una fecha señalada para mucha gente por ser la de un cambio de estación. En esta parte del mundo, está marcada con el verde esperanza de la primavera que quiere desplazar a un invierno largo y frío. En otras, llega con la pequeña nostalgia de despedir al verano. Pero para algunos podrá ser, además, su cumpleaños. O el de alguien muy cercano y querido cuya celebración convierte en algo especial lo que de otro modo sería un miércoles laborable normal y anodino. Para otros puede ser, quizá, su aniversario de boda. O el del día que el azar del mundo con toda su red de casualidades puso al uno frente al otro. Puede que para alguien sea el día del regreso de un viaje especial o, quizá, un día que se recuerda con emoción por ser la fecha de una despedida. Son muchos los motivos por los que nuestra memoria puede dejar una marca en esa nebulosa que es el tiempo pasado.

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El 21 de marzo es, para José Luis Casaus, el aniversario de la muerte de su esposa. Y para los lectores más avezados del conocido periódico español El País (un medio, por cierto, mucho más apreciado por lo que fue que por lo que es) el día en que José Luis publica una esquela conmemorativa a su mujer, Elenita, en la que le pone al día de los avatares cotidianos de la vida que avanza sin ella.

Todas las historias de amor empiezan en algún momento y algunas, aunque se interrumpan, no tienen final.

Sin faltar a su cita desde hace 24 años, y desde una esquinita del periódico en el que ella trabajó, José Luis comparte con su mujer ausente pequeños retazos de la vida familiar, recuerdos de sus viajes (los hechos y los que se quedaron por hacer) reflexiones sobre los acontecimientos políticos y sociales de su país y del mundo y, especialmente, novedades sobre la vida de sus hijos gemelos. Como cuando uno levanta la vista del periódico que está leyendo para comentar una noticia con quien le acompaña en el sillón de al lado y en la vida.

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La guerra de Irak, la reforma laboral, el fútbol, los atentados en la madrileña estación de Atocha, el mileurismo, los móviles, los hijos que cumplen la mayoría de edad, que estudian sus carreras y aprenden inglés, que crecen y se van de casa, que agrandan la familia y quienes, ante la mirada orgullosa del padre (y seguro de la madre también), este año participaron en las movilizaciones del 8 de marzo.

Mensajes cargados de humor, poesía y complicidad familiar. A veces más tristes y amargos, pero casi siempre repletos de códigos de pareja, de anécdotas, de referencias a lecturas, música y lugares que, seguramente, formaron parte de la vida en común; y de bromas y códigos a sus hijos, testigos de excepción de esta historia de amor que mezcla la realidad con el recuerdo.

Así año tras año. Concentrando en apenas cinco líneas la esencia anual de su vida familiar, haciendo una crónica que es a la vez pública e íntima: abierta a los ojos de cualquiera que quiera leerla, pero solo inteligible al cien por cien desde la intimidad familiar. Quizá fue José Luis Casaus quien inventó el micro-relato.

Una correspondencia epistolar con el recuerdo.

Una botella con un mensaje lanzada al océano de la memoria.

Una pintada en la pared con una declaración de amor.

Un grito solitario desde lo alto de una montaña cuyo eco queda retumbando entre las cumbres.

Un pensamiento dicho en voz alta mientras caminamos.

Un diario escrito en la soledad de un cuarto.

Hay muchas maneras de decir las cosas a quien no puede oírlas

Y cada uno tiene su propio ritual.

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