Alfredo Molano junto a los líderes campesinos Óscar Salazar y Marcela Salazar. Alfredo Molano junto a los líderes campesinos Óscar Salazar y Marcela Salazar.

El campesinado fue su bandera

Hay personas que ven en las regiones de Colombia una imagen idílica, porque desconocen los conflictos que las recorren. Alfredo Molano contó esos conflictos. Una líder social habla de su relación con el escritor en su último año de vida.

2019/12/19

Por Testimonio de Marcela Rosero*

A comienzos de diciembre de 2018, Alfredo Molano visitó por última vez La Vega, en el sur del Cauca. Hizo detener el carro para que le tomaran una foto. Estaba contentísimo. Ahí estaba la piedra, que por un lado decía: “Usted está en la Zona de Reserva Campesina del Macizo colombiano”. Por el otro, decía: “Que fluya el agua, que florezca la vida. No a la minería”. Le tomé una foto, y con su celular pidió que nos tomaran otra a los tres: a él, a Óscar (Salazar, líder campesino de La Vega) y a mí. Después una más a los dos.

A veces, con personas como él… la gente lee mucho sobre ellos y los ven como personajes encumbrados. Como nunca había leído sobre él, ni sus libros, cuando lo conocí el tipo de relación que entablamos fue más bien de amistad. Fue un cómplice con quien compartíamos historias de lo que se vivía en el Cauca, de las luchas del campesinado por resistir al despojo y de la exclusión histórica que lo mantiene en una situación de violencia.

Nos conocimos en 2011. Estábamos en La Vega en unas asambleas comunitarias para expulsar a unos mineros que habían llegado de Antioquia, el Urabá, Caucasia y Puerto Berrío. Después salimos de La Vega a Popayán. Al otro día me llamó Óscar para pedirme que nos regresáramos a La Vega, que venía un periodista con una amiga. Era él. En el camino a La Vega, que son como cinco horas porque en ese tiempo la carretera era toda destapada, fuimos contándole la historia de la violencia en el Cauca.

Esa vez hizo un reportaje sobre el macizo colombiano y la problemática minera en La Vega y un municipio que queda al lado que se llama La Sierra. Él no grababa. Anotaba mucho en una de esas libreticas pequeñitas con las que siempre andaba. Les preguntó muchas cosas ahí a varios compañeros y compañeras sobre cómo habían entrado a La Vega la Anglogold Ashanti y la empresa Carboandes. Después fui con él hasta un río que se llama el Esmita a mirar cómo lo habían desviado por el montaje minero.

El macizo es una región famosa por la riqueza hídrica y la diversidad biológica y cultural, de las que muchos han escuchado hablar, pero que pocos realmente conocen. Se ve el macizo como algo idílico, pero se desconocen los conflictos que ahí se viven. Alfredo contó esos conflictos.

Siempre estaba muy pendiente de lo que pasaba acá. Cuando estábamos conformando el comité para la consulta popular de iniciativa ciudadana contra la minería, él había escuchado que habían matado a una lideresa. Me llamó antes de la seis de la mañana. Me preguntó qué había pasado. Le dije que a una señora la habían matado y que después de matarla le arrancaron el rostro. Estaba horrorizado. Me dijo: “¿Qué más pasó?”. Le respondí: “Nos amenazaron. Nos declararon objetivo militar”. Ahí me dijo: “Escuche bien lo que le voy a decir: levántese, báñese la cara bien, tome tinto y póngase a escribir ya. ¿Me escuchó?”. Me dio dos horas para escribir lo que había pasado y usó eso para un artículo que publicó en El Espectador, que se llama “Para ver florecer la tierra”.

Siempre me estaba preguntando cómo estaba la situación acá, y yo le contaba. Le contaba cómo estaba la minga, sobre la cantidad de asesinatos de líderes, sobre el asedio que había otra vez de las grandes empresas mineras y de los que se hacían pasar por pequeños mineros. Le contaba las acciones de control territorial que se hacía para sacarlos.

La última vez que fuimos a La Vega nos tocó dar la vuelta por donde en 1991 ocurrió la masacre de Los Uvos [perpetrada por militares; murieron diecisiete personas, incluidos líderes del Movimiento Comunal e Indígena]. Él referenciaba lo de la masacre, pero no conocía y paramos ahí. Él sabía muchas cosas del Cauca; era como compartir cosas. Ese viaje él se lo disfrutó mucho. Todo el tiempo fuimos cruzando las montañas; vio cómo las nubes se levantaban y cómo fue amaneciendo. Iba fascinado.

Su afán era que se hiciese un trabajo articulado desde la Comisión de la Verdad, sobre todo con la Mesa Campesina Cauca, que es la que ha abanderado el reconocimiento del campesinado. En la última minga del suroccidente, que era indígena y campesina, logramos la inclusión en el Plan de Desarrollo del artículo 253, que es para la construcción de la política pública para el campesinado, para el reconocimiento de la igualdad material y el campesinado como sujeto de protección especial constitucional. Él me decía que había muchos avances que sacar desde la parte jurídica y decía que necesitaba que escribiéramos. Sentía que no se estaba construyendo una verdad sobre lo que había padecido el campesinado en Colombia, y sobre todo en esta zona del suroccidente.

Aparentemente era un tipo serio, pero se reía mucho con nosotros. Óscar todo el tiempo le echaba cuentos o le contaba todo con anécdotas y dichos. Eso le gustaba mucho. Uno a veces pensaba que estaba cansado, agotado, a ratos como ausente, pero tenía un ojo… Uno le decía tres palabras, y él ya tenía una pregunta. Lo leía a uno con agudeza.

La última vez que fui a Bogotá me dijo que quería contar la historia de la violencia del suroccidente por medio de la vida de Óscar. Decía: “Es un tipo excepcional, cuenta las cosas de una manera…”. Estaba haciendo un relato para la Comisión de la Verdad, y quería hacerlo a través de la vida de Óscar como un campesino, maestro, luchador de los derechos del campesinado y los sectores populares del suroccidente, porque Óscar ha sido un dirigente desde hace muchos años. Alfredo encontraba mucha riqueza en el lenguaje de Óscar, y lo entrevistó. Ahí sí grabó. Fueron dos días seguidos de conversaciones. Fue allá en una casa en el campo de la familia de Óscar, en lo alto de la montaña. Queríamos un lugar donde estar tranquilos y también sentir, hablar desde un lugar así.

El pasado agosto me dijo que quería continuar la entrevista con Óscar y que quería llevar a la nieta para que conociera el macizo. Fuimos postergando y postergando la fecha. El relato con Óscar quedó pendiente. Luego me dijo que hiciéramos unos encuentros regionales sobre el campesinado para la Comisión de la Verdad y que fuera en el suroccidente, en La Vega. Estábamos en esas y el 17 de agosto nos hicieron un atentado. Se lo hicieron a Óscar, y yo venía con él. Al otro día Alfredo se enteró, me llamó y me preguntó cómo estaba. Le dije que bien. Como que había cosas que no le podía decir, pero él las entendía. Me dijo que lo del encuentro seguía firme. Yo le dije que sería un buen espaldarazo.

Esa mañana que me enteré de que había muerto, le dije a Óscar que yo sentía que con él se nos iban las esperanzas sobre muchas cosas que habíamos pensado para lo del campesinado. A veces la gente dice que hay personas que no son tan indispensables y que lo importante es seguir haciendo el trabajo, pero yo siento, con franqueza, que en la Comisión de la Verdad, por ejemplo, no hay una persona con el interés que él tenía por el campesinado y, sobre todo, que contara las cosas así como él las contaba.

Creo que se fue muy temprano. No era el momento para irse.

*?Integrante del Proceso Campesino y Popular del municipio de La Vega, que forma parte del Proceso de Unidad Popular del Suroccidente Colombiano y del movimiento Marcha Patriótica. Entrevista y edición de Jeanneth Valdivieso, de La Liga Contra el Silencio
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