"Fui un estudiante mediocre, un aspirante a escritor que no se atrevía a escribir por no enfrentar en la página algo inferior a sus aspiraciones, que se distrajo en el periodismo, en la crítica cinéfila, en la pavada". | Foto: © Rafael Ferro "Fui un estudiante mediocre, un aspirante a escritor que no se atrevía a escribir por no enfrentar en la página algo inferior a sus aspiraciones, que se distrajo en el periodismo, en la crítica cinéfila, en la pavada". | Foto: © Rafael Ferro

El exilio de Cozarinsky

Conozca la historia de vida del escritor argentino y ganador del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez 2018, Edgardo Cozarinsky, que en 2006 escribió esta "Autobiografía caprichosa" para ARCADIA.

2019/04/09

Por Edgardo Cozarinsky

Nací en Buenos Aires en 1939.

Me llamo Cozarinsky porque soy nieto de esos “gauchos judíos” que el barón Hirsch transportó de Ucrania y Besarabia a las provincias argentinas de Entre Ríos y Santa Fe.

Me llamo Edgardo porque mi padre era lector devoto de Poe.

Desde temprano supe que soy un sobreviviente. Tenía cinco años cuando mis padres me llevaron a la Plaza Francia donde una multitud festejaba la liberación de París. Oí cantar en un idioma que no conocía, vi banderitas y ramos de flores con colores distintos de los de la bandera argentina. Al volver a casa, mi padre, al volante de su viejo Dodge, bajó la voz para hablarle a mi madre; reconocí el aviso de que yo no debía oír y agucé el oído para escuchar: “Podemos respirar, Alemania pierde la guerra y aquí no van a avanzar los antisemitas. De otro modo, los hubiera matado a ustedes y me suicidaba.”

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A los diez años, en una escuela pública, me obligaron a escribir en la pizarra, con tizas de colores: “Perón cumple, Evita dignifica.” Purgué esa humillación veinticinco años más tarde, a pocos meses de instalado en Europa, cuando me enteré de la muerte de Perón en el decorado más disidente posible: el casino de Baden-Baden. En la pantalla de un pequeño televisor, entre las botellas del bar, alguien anunció: “General Perón ist tot”.

A los trece años leí por primera vez a Borges, al año siguiente, a Kafka.

Fui un estudiante mediocre, un aspirante a escritor que no se atrevía a escribir por no enfrentar en la página algo inferior a sus aspiraciones, que se distrajo en el periodismo, en la crítica cinéfila, en la pavada.

Entre 1966 y 1967 pasé diez meses en Europa con una vaga beca que, una vez agotada, me dejó ganas de romper con mi pasado irremediablemente decente. Incursioné en actividades diversas: lavaplatos en Estocolmo, portero de noche en un hotel de París, aprendiz de mercado negro entre ambos sectores de Berlín.

En fines de semana de 1970 y 1971, con restos de película cedidos por Alberto Fischermann y una cámara prestada por Leopoldo Torre Nilsson, hice una película underground pretenciosamente titulada “...” o, para comodidad fonética Puntos suspensivos. Durante años no soporté volverla a ver, ahora me reconcilié con sus arrebatos retóricos y la cantidad de muertos que la habitan. No la hice yo, la hizo otro muerto: el que yo era hace treinta y cinco años.

Luego hice otras películas, marginales todas, mezclando a menudo documental y ficción. Aquéllas de las que estoy menos insatisfecho son La Guerre d’un seul homme (1981), Le Violon de Rothschild (1996), Fantômes de Tanger (1997) y Ronda Nocturna (2005).

Había publicado en 1964, un primer libro que me avergüenza, un ensayo sobre Henry James, fruto de mi pereza universitaria y la frecuentación de Borges. Luego reuní, prologué y comenté las notas de Borges sobre el cine: otro libro, éste muy reeditado y no por mis textos, evidentemente, que no corresponde a lo que yo alguna vez ambicioné. En 1985 publiqué por primera vez un libro donde me reconozco: anómalo e impuro, Vudú urbano encontró pocos pero buenos lectores, Susan Sontag y Cabrera Infante los primeros.

Necesité que, en 1997, mi amigo Alberto Tabbia me legara sus libros y papeles para hallar entre éstos una carta donde me pedía que dejara de perder el tiempo, que me pusiera a escribir antes de que fuera tarde. La impresión fue enorme pero el efecto tardó dos años. En el verano de 1999, en París, en una cama de hospital de donde tenía probabilidades de no salir vivo, pedí un cuaderno y escribí los dos primeros cuentos de La novia de Odessa.

El libro apareció en Buenos Aires en 2001. Desde entonces publiqué los ensayos El pase del testigo, la novela El rufián moldavo, el ensayo con relatos Museo del chisme. Para 2006 esperan publicaciones tres libros: Tres fronteras, relatos; Rancho aparte, memoria y relatos; Cines, investigación del folclore de las salas oscuras. Estoy escribiendo una novela.

En 1974, asqueado por la prepotencia del poder político y militar tanto como por la soberbia de la guerrilla, me había mudado a París. Volví a la Argentina por una sola semana en 1985 y, como un relato de James, sentí miedo de encontrarme con el fantasma del que yo sería de haberme quedado. Desde 1988 alterno entre París y Buenos Aires regularmente. Desde 2003, paso más tiempo en mi ciudad natal que en cualquier otra.

A los sesenta y cuatro años, en mayo de 2003, me enamoré de una chica de veintidós años, hija de amigos míos. Fue nacer de nuevo, nacer para morir todos los días. Tomé clases de tango, empecé a frecuentar las “milongas” de las ciudades que visito, incursioné en el teatro como autor, director y apenas actor. Mantengo dos cánceres muy controlados. Escribo todos los días.

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