Ana María Montenegro y Andrea Mejía. Cortesía. Ana María Montenegro y Andrea Mejía. Cortesía.

Cómo somos y cómo son los políticos en las elecciones (y en la vida)

Una entrevista con la filósofa Andrea Mejía y la artista Ana María Montenegro sobre las elecciones presidenciales y el comportamiento de los ciudadanos y candidatos durante la carrera electoral.

2018/05/26

Por Diego Valdivieso

Andrea Mejía, profesora de Filosofía en la Universidad de los Andes, y Ana María Montenegro, artista y creadora de Promesas, una obra que escudriña las propuestas de los expresidentes de Colombia durante su época de campaña presidencial, hablaron sobre las prácticas políticas en el país: ¿cómo se comportan los candidatos actuales y los ciudadanos, en la calle y en las redes sociales, en vísperas a la elección del próximo presidente?

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En épocas electorales son comunes el clientelismo, las falsas promesas, las alianzas con políticos de cuestionada reputación, la politiquería. ¿Para llegar al poder se justifica caer en algunas de estas prácticas o hacerlo indica que no hay un interés por el país sino un interés particular? En este sentido, ¿qué le perdonaría a un candidato y qué no?

Andrea Mejía: Yo no le perdono nada a los políticos, porque cuando se hace política a un nivel electoral y mediático, los políticos, como decía Max Weber, le venden su alma al diablo. Pero sí puedo agradecer que en las campañas unos pocos candidatos se comprometan con cierto grado de responsabilidad con sus promesas. En cambio, me deja abatida la explotación cínica del miedo y de la vulnerabilidad, sobre todo cuando esa explotación se vale de mentiras, de métodos de desinformación sistemática a través de reducciones burdas y de caricaturas de la realidad. También agradezco que venga un grupo de personas con coraje a ofrecer alternativas reales a un poder de maquinarias y de élites que en este país ha sido inquebrantable.

Ana María Montenegro: Es muy ingenuo pensar que en un país con semejante desigualdad social y con índices de abstención tan altos el voto de opinión puede ser suficiente. Las alianzas son necesarias, pero lo que no se le puede perdonar a un candidato, además de lo obvio (la compra de votos, el clientelismo y la manipulación), es que su visión obedezca a las alianzas en vez de que las alianzas obedezcan a su visión (que es lo mismo que no tener visión). Hacerlo lleva a que las personas pierdan la credibilidad en el candidato y que la apatía crezca, alejándonos cada vez más del escenario en el que el voto de opinión sí pueda ganarle al voto de maquinaria. Sin embargo, para problematizar un poco la pregunta, analizar este principio de coherencia en el caso de Santos y Uribe es interesante, pues de cierta manera le debemos el acuerdo con las FARC a una traición política. Muchos de nosotros nos tragamos el sapo de votar por Santos en el 2014 para salvar ese proceso, así que podríamos decir que como votantes nos traicionamos a nosotros mismos. Aunque nunca estuve ni estaré de acuerdo con lo que un gobierno como el de Santos entiende por “paz”, me sigue pareciendo que fue una traición válida dadas las circunstancias. Luego, cuando el mismo gobierno decidió desconocer el resultado de un mecanismo (innecesario en este caso) como el plebiscito, tampoco nos quedó de otra que apoyar la decisión, aun cuando era una de las decisiones menos democráticas que se han tomado en Colombia en los últimos años. Y aunque de nuevo valió la pena (el horror de dar reversa y quedarnos sin acuerdo era, por decir lo menos, impensable) el precio que pagamos fue muy alto; ahora el uribismo está más fuerte que nunca. Así que tal vez la única manera de salir de estos ciclos viciosos de poder sí es la coherencia, pero siempre poniendo el bien común sobre los intereses particulares y privados. Por ejemplo, me parece evidente que una alianza entre De la Calle y Petro sería muy natural, pero incluso si jurídicamente fuera algo viable De la Calle nunca traicionaría a su partido, aun cuando su partido lo está traicionando a él tan de frente y pensando en todo menos en el bienestar de Colombia. Celebro la alianza entre Robledo, Fajardo y Claudia López, porque creo que es un buen ejemplo de una alianza que responde a una visión común (a la que le deberían sacar más provecho), pero me parece una lástima que Claudia López no sea la candidata presidencial. Ese era el giro que necesitaban estas elecciones para que fueran diferentes de las anteriores. Y de paso habría roto esa foto de mujeres vicepresidentas segundonas de adorno. Y en ese sentido creo que también tenemos que exigirles a los políticos que no subestimen a los votantes y que se arriesguen más. Tal vez Colombia sí estaba lista para tener a una mujer presidente. Tal vez perdimos la mejor oportunidad que hemos tenido en muchos años de que así fuera. Aunque le tengo un rosario de ‘peros’ al partido Verde en general y a Claudia López en particular, seguramente hubiera votado por ella.  

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Todo el mundo parece tener una opinión política formada. Dicen: voto por este por tal razón y este es malo por tal otra. No se vale decir: no tengo claro quién me gusta. ¿Está mal no tener una opinión definida? ¿En general, la gente sí tiene buenas razones para inclinarse por un candidato? ¿Usted misma está plenamente convencida del candidato por el que va a votar?

A.M.: Eso de una opinión política formada es relativo. Por lo general nuestras opiniones políticas no han sido confrontadas con otras opiniones, porque uno suele hablar solo con la gente que piensa como uno y que está en la misma situación social. Nos cuidamos de exponernos a la diversidad de opiniones. En ese sentido, creo que en general no formamos nuestras opiniones políticas, sino que nos dejamos arrastrar por opiniones ya hechas. Suprimimos la posibilidad de formar una opinión al suprimir las opiniones políticas distintas a las nuestras. Si no tener opiniones políticas definidas significa estar abierto a la pluralidad de opiniones, creo que eso está bien. Pero también  puede ser una señal de indiferencia y de cansancio. Tal vez lo importante sea formar nuestras opiniones con otros, desde lo que la gente está viviendo y sintiendo, y no llegar a ellas de manera aislada o autoritaria. Es muy raro que yo pueda estar plenamente convencida de algo, sobre todo en política, porque me aburren los dogmatismos. Pero a la hora de votar, creo que hay que pensar en situación e inclinarse por un voto pragmático y, al mismo tiempo, poder ser fiel a principios mínimos y convicciones. En este caso, para mí, ese balance entre pragmatismo y convicción es posible.

A.M.M.: Al contrario, yo diría más bien que tenemos una opinión política muy deforme, porque ni siquiera sabemos qué implica tener una opinión política. El problema no es la gente que dice “no tengo claro quién me gusta”, sino la gente que dice “voto por este porque me gusta”, que es lo mismo que decir que uno no sabe pensar. Tener una opinión política no es saber por quién votar, es tener una posición clara frente a lo que uno cree que el Estado debería hacer por uno y por los demás. Y la cosa no debe parar ahí: uno debe estar dispuesto a reevaluar esa posición cada vez que sea necesario. De eso es de lo que se debería tratar una campaña, de mover y remover a la gente de su posición (que suele ser muy cómoda) con argumentos y con creatividad. Estoy plenamente convencida del candidato por el que voy a votar, pero no por eso dejo de estar pendiente de lo que dicen y proponen todos, y aunque es difícil que me muevan de donde estoy, estoy dispuesta a cambiar de opinión hasta el último día. Es la única manera de irnos educando en cómo hacer parte de las decisiones que se toman por nosotros. La pregunta es cómo podemos aprovechar estas épocas de elecciones para que también avancemos en la democratización del país. Si estas discusiones tuvieran la profundidad que merecen, así sea cada cuatro años, todos deberíamos salir de ellas transformados, más informados o al menos más conscientes. La política tiene que ser un ejercicio constante y popular, que no se quede solo en cálculos y promesas. Hay que ver cómo quitarnos la apatía que nos han dejado tantos años de pésimos gobiernos neoliberales, elitistas y clientelistas.  

En las redes sociales muchos le dan retuit, like, me gusta, a todo lo que dice su candidato, como si todo lo que hace fuera perfecto, y si comete un error, no lo reconocen. ¿Esta efervescencia, esta embriaguez nos muestra tal y como somos? ¿Esta falta de reflexión sobre las opiniones del candidato favorito refleja la falta de autocrítica que tenemos con nosotros mismos?

A.M.: Eso lo hacemos todo el tiempo y en todos los ámbitos de nuestras vidas: tendemos a reafirmarnos, a buscar certezas, a fortalecer lo que creemos que somos. Es difícil vivir acompañados de la duda, mantener un estado de incertidumbre, suspender los juicios que hacemos y examinarlos. Preferimos hacernos una idea muy clara de lo que creemos y de lo que somos. Eso siempre empobrece nuestras posibilidades de vida. Las redes sociales acentúan esa embriaguez de identidad y de certeza. Eso es un peligro enorme, pero también es una realidad.

A.M.M.: Es difícil hablar de autocrítica cuando somos pésimos para la crítica, tanto para hacerla como para valorarla. Eso debería ser lo primero, que tiene mucho que ver con, literalmente, aprender a leer, y para eso las redes sociales son un arma de doble filo. El lío de Facebook en particular es que es un espacio propicio para plantear debates pero no para llegar a conclusiones. Por su formato lo que suele suceder, en especial con temas políticos, es que todo queda en el aire y termina importando más quién dice las cosas que las cosas que se dicen. No hay un verdadero diálogo, no se construye un texto colectivo, al contrario: brillan las individualidades. Al mismo tiempo me parece genial que cualquiera que se atreva a escribir cuente con una audiencia “inmediata”. Son espacios que han ido abriendo ciertas dinámicas positivas también, como por ejemplo que más mujeres lean a más mujeres y conozcan lo que más mujeres opinan (¿dónde más?). Durante los últimos años para mi han sido muy importantes Tatiana Acevedo, Yolanda Reyes, Cecilia Orozco, Carolina Sanín, Fátima Vélez y más recientemente Luciana Cadahia, que ya debería tener una columna semanal en algún periódico aquí. Y poder seguirlas en redes (a casi todas) es buenísimo, porque se vuelven una especie de compañía para quienes apenas estamos encontrando nuestra voz.

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El recurso del miedo, de generar temores en la gente, ha sido muy efectivo desde hace muchos años en Colombia para ganar unas elecciones, ¿Cómo cree que se podría construir una narrativa diferente a la del miedo, una cultura alternativa a la del miedo?

A.M.: La alternativa sería la esperanza. Pero con la esperanza también hay que tener cuidado, porque si el miedo abre espacios políticos densos y oscuros en los que se gesta la violencia, la esperanza abre espacios vacíos. Creo que en un país como Colombia, donde se ha sufrido tanto, donde los dramas de la guerra y de la injusticia social los ha vivido la gente en carne propia, la alternativa está en dejar de ceder el miedo y la esperanza como espacios que son ocupados por los que están en el poder como les venga en gana. La alternativa está en asumir el poder político que tenemos y que viene de una historia de dolor y de mal gobierno, en hacer algo desde nuestros afectos en lugar de entregarlos. Con menos miedo y menos esperanza, la alternativa estaría para mí en asumir nuestro pasado y nuestro futuro con más lucidez.    

A.M.M.: Me parece que eso del miedo se está volviendo una muletilla y un comodín para no tener que analizar las cosas a fondo. Cada vez que le hacemos eco caemos en la trampa de los que han diseñado esta estrategia, que no es la estrategia del miedo sino de la confusión. Es la estigmatización del miedo mismo, porque como todas las emociones el miedo no es ni bueno ni malo, simplemente es parte de nuestra humanidad. Lo mismo pasa con la “polarización”, que ha sido el otro “tema” de la campaña. La “polarización” debe hacer parte de una sociedad democrática. Las guerras no son conflictos, al contrario, son la materialización de nuestra incapacidad (y la del Estado) para manejar conflictos y poder usarlos como movilizadores de cambio. Y lo que pasa cuando no se sabe tener un conflicto, a cualquier escala, es que todo se sale de las manos pero nada cambia. A nivel personal yo he aprendido esto después de cometer muchos errores y torpezas. Nunca deja de ser difícil, pero la única manera de que aprendamos como sociedad a tener estas conversaciones sin matarnos es teniéndolas. El lío es cuando el lenguaje se usa mal y caemos en los lugares comunes de siempre que no nos permiten actualizar las discusiones. Es lo mínimo que necesitamos para que el debate avance. Lo que ha pasado en estas elecciones es que las maneras se han quedado cortas ante la complejidad de lo que está en juego, y los medios han sido los principales cómplices al quedarse con las fórmulas de siempre, con los titulares de siempre y haciendo las preguntas de siempre.

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