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"Aquí y ahora": la perfecta coartada

Vivimos en un mundo acelerado que pretende relajarse a través de un mantra: vivir el presente. Sin embargo, la sacralización y comercialización de esa idea puede convertirse en la coartada perfecta para, precisamente, conseguir que el mundo sea un lugar mucho peor.

2018/01/31

Por Fernando Travesí

Cierto es que, en la vida que tenemos, es difícil no tener la mente atrapada en una ilusión o en un recuerdo. Que son muchas, muchísimas, las veces que infravaloramos el momento preciso que estamos viviendo y el lugar en el que nos encontramos porque nos invade la ansiedad por el futuro o la nostalgia del pasado. Que a menudo el pensamiento se acelera y se pierde en todas direcciones en forma de sueños, reproches, ilusiones, arrepentimientos, planes, recuerdos… Que se nos desfigura el presente que vivimos al vaivén de las emociones o que existimos subyugados a esa tendencia obsesiva a planificar, planear y aspirar a tenerlo todo bajo control.

La mayoría de los métodos con los que intentamos encontrar respuesta a nuestras preguntas existenciales (desde la psicología profunda de horas y horas de diván; hasta la más estandarizada y “lista para llevar” de ese libro de autoayuda de la caja del supermercado; pasando por la meditación y muchas otras prácticas espirituales) abordan esta cuestión con frecuencia y, de un modo u otro, muchas han terminado promulgando la noción del “aquí y ahora” como un aforismo que resume y sirve de base a prácticas terapéuticas, filosofías vitales, métodos pedagógicos y escuelas de pensamiento. “Aquí y ahora” como declaración de principios, como modo de vida, como manera de conectar y sentir el presente sin preocuparse del futuro que aún no ha ocurrido y sin engancharse a un pasado que ya no existe.

“Aquí y ahora”. Y si bien es cierto que entre los pliegues y en las profundidades de esas diez letras, pueden encontrarse pistas valiosas para entender el mundo y entenderse a uno mismo; también lo es que la noción “aquí y ahora” se ha convertido ya en un desgastado mantra comercial. En un póster en la pared de una academia de yoga, en un omnipresente slogan de redes sociales acompañado de fotos retocadas de paisajes de lagos, playas y montañas; en una receta de manual infalible para alcanzar la felicidad; en una técnica de cursillo de fin de semana, en un artículo de revista sobre cinco sencillos trucos para aprender a vivir bien la vida...

En contra de lo que pueda parecer, muchos procesos de simplificación de las cosas están muy lejos de ser inocuos: a base de capas y capas de frivolización, de pegatinas y celofán y de superficialidad consumista, ver y sentir la vida a través de la lupa del “aquí y ahora” puede llegar a convertirse en la coartada perfecta para el individualismo extremo. En una infantilización de la ética del pensamiento: aquí estoy yo con todo lo que existe e importa que son solo dos cosas, aquí y ahora. Sin prestar atención ni entender de dónde vengo, lo que ha ocurrido antes y lo que me determina. Sin pensar en lo que pasará después, en las consecuencias que mis actos puedan tener mañana y, mucho menos, en lo que pueda ocurrir allá lejos. Mi concentración total está aquí y ahora, en lo que alcanzo a ver y sentir. En mi momento. Porque es eso lo que cuenta: mi momento y yo.

Con su manta de yoga enrollada a la espalda, sus zapatillas de marca, y un libro de mindfulness titulado Yo, aquí ahora, una chica hace la interminable cola de una sofisticada tienda de aparatos electrónicos. Su actitud zen y positiva le sirve para sobrellevar las muchísimas horas que tiene que esperar hasta conseguir su objetivo: gastarse una cantidad ingente de dinero, que duplica el salario mínimo del país, en el último y más avanzado modelo de teléfono que sale al mercado. No lo quiere financiar porque no quiere ataduras así que lo paga al contado y sale fascinada, sonriente, con su momento de felicidad.

En los últimos diez años el mundo ha producido más de siete billones de smartphones. Apple, solamente, ha puesto en el mercado más de 18 modelos diferentes en ese mismo periodo de tiempo. Motivados, enganchados, en una cadena cultural y comercial vertiginosa enfocada en fabricar, comprar y tirar algunos estudios señalan que cambiamos de aparato, aproximadamente, cada dos años. Entregados a una fiebre consumista, en este caso, alrededor de ese tótem de la modernidad que es nuestro teléfono móvil. Ni una micra de espacio en la mente, ni en los folletos, ni en la conversación para salir del aquí y el ahora e ir un poco más allá del aparato en sí y de la satisfacción que nos produce. Pero: ¿cuántos recursos y energía hace falta para producirlos? ¿cuántos minerales? ¿de dónde proceden? ¿sabemos que muchos de ellos, esenciales para el funcionamiento del teléfono (wolframio, tántalo, titanio, coltán, oro etc.) son de los conocidos “minerales de guerra” porque se asocian a la aparición y persistencia de conflictos armados? ¿son todos estos materiales reciclables? ¿los reciclamos? ¿quién los fabrica? ¿en qué condiciones?

El ejemplo (podrían ser muchos más y de lo más diverso) aplica para la gran mayoría de comportamientos que tenemos y desplegamos en nuestro día a día. Paradójicamente, la sacralización del pensamiento del “aquí y ahora” y esa conexión íntima con el “yo” que pretende alcanzar, permite también evadir con feliz impunidad todo este tipo de cuestiones complejas. Desprovisto de cualquier postura crítica, “el aquí y el ahora” puede tornarse en la coartada perfecta para desentenderse de nuestras responsabilidades sociales y comunitarias, de todo lo que no ocurra en nuestra pequeña y limitada burbuja.

Se estima que, hoy día, hay unos 27 millones de esclavos en el mundo trabajando ahora, en este momento, para nosotros. La organización “Made in a Free World” pone a disposición un sitio web con una encuesta que permite calcular cuántos de ellos trabajan para ti en función de tus posesiones y tus hábitos de consumo. Todo un ejercicio pedagógico que debería desencadenar reflexiones y, lo que es más importante, acciones.

Porque para intentar entender el mundo en toda su complejidad, también es esencial prestar atención y comprender las cosas que pasan allá lejos, antes y después de nuestro micro-instante egocentrista del aquí y el ahora.

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