Maradona frente a los ingleses en México 1986. Foto: Wikimedia Commons. Maradona frente a los ingleses en México 1986. Foto: Wikimedia Commons.

La historia secreta de los mundiales: ¿De dónde nació el gol del siglo?

El libro “Más allá de los 90 minutos: Historias ocultas de los mundiales”, publicado por Intermedio Editores, cuenta los detalles de las más oscuras anécdotas de la Copa Mundial a lo largo de su historia. Los dejamos con una de las más memorables: México 1986.

2018/06/14

Por Andrés Alba, David Torres y Andrés Rodríguez

MÉXICO 1986

¿De dónde nació el gol del siglo?

El antológico gol de Maradona contra los ingleses en el Mundial de México celebrado en 1986 no fue tan espontáneo como siempre se pensó: duró seis años en fabricarse. Corría la primavera de 1980 cuando en un partido amistoso contra el mismo rival y en su propia casa, el Diego intentó hacer la jugada, con la diferencia de que entonces, por una distancia inferior al tamaño del balón, falló.

Ya habían pasado un par de años desde su debut con la camiseta de la selección albiceleste, pero César Luis Menotti, técnico del representativo nacional, le había dejado claro que, al margen de su talento, la madurez y las credenciales suficientes serían motivos imprescindibles para adjudicarle un puesto definitivo en la selección.

Después de su exclusión de la lista de convocados para el Mundial de 1978 en propia tierra, y tras el extraordinario despliegue de capacidad y gracia en el campeonato juvenil de 1979 en Japón, a Maradona le llegó el momento de asumir su papel histórico y sentar bases a la altura de los grandes. Para demostrar su talante, no habría mejor escenario posible que la Catedral del Fútbol: el mítico estadio de Wembley, en Londres.

Si bien aquella tarde los británicos ganaron el encuentro de exhibición por 3 a 1, ninguno de los atletas expuso tanto talento como el Pelusa. A falta de anotaciones con su firma, la noticia de la jornada fue la jugada mágica que no llegó a ser gol, algo fuera de lo común que, como todo lo bueno y malo que ha hecho, solo él puede provocar.

Para recrear la jugada, basta con remitirse a la secuencia de palabras que explotaron desde la garganta del periodista uruguayo Víctor Hugo Morales para describir el tanto del Mundial 86, el que sí entró, las cuales podrían calcarse casi en su totalidad: “¡Ahí la tiene Maradona! Lo marcan dos. Pisa la pelota, Maradona. Arranca por la derecha el genio del fútbol mundial... Siempre Maradona... Genio, genio, genio… ¡Tatatá!...”.

Pero la otra jugada excepcional, la que no terminó en gol, merece una descripción a la medida: “Marcado en tres cuartos de cancha, recibe la pelota de espaldas al arco. Retrocede, y en menos de un metro, se vuelve de manera explosiva. Avanza cabalgando, mientras con potentes zancadas evita la entrada de un segundo rival. En 8 o 16 pasos, que la secuencia de su trote no permite contabilizar con certeza, deja en el camino a tres oponentes más. Ya en el área, recostado sobre su derecha, define con sutileza y, cómo no, de zurda, al otro extremo del arco”… El gol del siglo aún debía esperar.

Por unos cuantos centímetros, el hijo de Villa Fiorito habría marcado una de las mejores anotaciones en la historia del fútbol. Pero lo cierto es que aquel intento fue tan solo la antesala de las habilidades que el Barrilete Cósmico, que nadie sabe aún “de qué planeta vino”, cosechó con el tiempo.

Sobre la oportunidad desperdiciada en el juego amistoso contra los ingleses, Maradona afirmaría luego en su libro México 86. Así ganamos la Copa, que el Turco, su hermano de once años, lo llamó por teléfono y le dijo: “¡Boludo, no tenías que haber tocado!... Le hubieras amagado, si ya estaba tirado el arquero...”. Algo del regaño sirvió.

Finalmente, con la cinta de capitán en la manga, el telón de fondo de la Copa del Mundo y, claro, los ingleses en frente, Maradona consumaría su magia en el estadio Azteca para, con cada gambeta y en cada genialidad, dibujar el camino de la gloria que le permitió coronarse, de acuerdo con muchos, como el mejor de todos los tiempos.

Le puede interesar: Pop, reggaetón y fiesta rusa: Esta es la música de la Copa Mundial de Rusia 2018

Terremoto mundial

En la década de los ochenta, Colombia estalló. El narcotráfico, que ya mantenía cautiva buena parte de los estamentos del poder, se convirtió en el revulsivo de las violencias que sometieron a la sociedad y a los gobiernos de turno a una tremenda tensión, que impedía el transcurso normal de la vida. Aquel contexto, matizado por unas condiciones económicas precarias, impidió al país cumplir con las exigencias de la FIFA para realizar el Mundial de 1986.

Y es que al conocer en detalle el famoso cuaderno de cargos de la entidad, el presidente de Colombia, Belisario Betancur, declinó el aval con palabras contundentes: “No se cumplió la regla de oro, consistente en que el Mundial debería servir a Colombia y no Colombia a la multinacional del Mundial. Aquí tenemos otras cosas que hacer, y no hay ni siquiera tiempo para atender las extravagancias de la FIFA y sus socios”. Cuatro años antes de la cita global, el 25 de octubre de 1982, el mandatario le notificó su decisión a la rectora del fútbol mundial, de tal manera que en el cuartel general de la entidad hubiera suficiente tiempo para elegir un nuevo anfitrión.

Ante el retiro de Colombia, Brasil fue la primera opción, contando además con el presidente de la FIFA, João Havelange, como un aliado infalible. Sin embargo, más pronto que tarde fueron dados de baja; a la puja también se presentó Estados Unidos, con sus siempre bienvenidos dólares y una infraestructura instalada superior a la de cualquier otro país. No obstante, esta vez la FIFA les decía a Henry Kissinger, Franz Beckenbauer y al mismo Pelé, asesores de la propuesta, que debían esperar unos años más; por su parte, Canadá también expuso una buena candidatura al Comité Ejecutivo, la cual no se tomó en serio debido a su poca tradición en el deporte; finalmente, entre las opciones barajadas se destacó la de México, que ya contaba con los escenarios especializados y la experticia necesaria para albergar el torneo que había organizado en 1970.

Pese a las dificultades de la economía mexicana, que en 1983 registraba una tasa de inflación del 117 %, las autoridades siguieron adelante con la organización del certamen. Sin embargo, a escasos ocho meses de la jornada inaugural, el 19 de septiembre de 1985, un terremoto de 8,1 puntos en la escala de Richter sacudió la costa pacífica del país y extendió su efecto por gran parte del territorio nacional.

El movimiento telúrico, cuya actividad duró cerca de dos minutos, seguida de varias réplicas, ocasionó daños materiales incalculables pero insignificantes frente a las más de 20.000 vidas que cobró, según datos no oficiales, generando un caos absoluto, fundamentalmente en Ciudad de México. En un país que aún no contaba con suficiente preparación cultural para enfrentar calamidades sísmicas ni procedimientos de atención de emergencias desarrollados, la reacción ante la catástrofe por parte del gobierno del presidente Miguel de la Madrid fue deficiente.

Se dijo que se rechazó la ayuda humanitaria enviada desde el extranjero, con el argumento de la inconveniencia logística, e incluso se aseguró que después de certificar que los protocolos internos no daban abasto se aceptó el apoyo ofrecido por la comunidad internacional, pero este no llegó en su totalidad a manos de los socorristas. Mientras tanto, para aliviar el padecimiento colectivo, las labores de rescate —que se extendieron por diez días— dieron como resultado el salvamento de aproximadamente 3.200 personas.

Lo cierto es que la realización del Mundial corría peligro ante la crisis humanitaria, pues naturalmente el fútbol pasaba por completo a un segundo plano para darle prioridad a la reconstrucción moral y civil de las zonas afectadas. No obstante, al inspeccionar los escenarios deportivos y evidenciar la ausencia de daños estructurales, la ilusión de recibir la fiesta universal del balón en medio de la tragedia volvió a encenderse.

Abnegado y resiliente, el pueblo mexicano dio un paso al frente a pesar de las heridas talladas en su alma y más pronto que tarde lograría sobreponerse al trance. Aunque el comité organizador del Mundial planteó la posibilidad de un aplazamiento, finalmente el campeonato pudo oficiarse en las fechas acordadas; así, los momentos de gloria consumados en las canchas se dedicarían de corazón a aquellos que por capricho de la naturaleza estuvieron ausentes en cuerpo pero presentes en espíritu en cada celebración.

Le puede interesar: Marcas, pasiones y gambetas en Rusia 2018

Televisa presenta: México 86

Para encontrar el origen del fútbol moderno, es preciso remitirse a la década de los ochenta. Por un lado, la génesis de la transformación deportiva se reveló en el Mundial de España 1982, cuando el juego estético se vio superado por los discretos pero efectivos planteamientos de los italianos, que a la postre obtendrían el título; por otro lado, el negocio llamado fútbol se presentaría a los mercados del planeta en todo su esplendor a lo largo del camino que concluyó con el Mundial de México en 1986.

Más allá de lo anecdótico, la tarde del 31 de mayo, día de la inauguración del torneo, no trajo cambios sustanciales para el país, ya que la crisis económica que se extendía desde 1982 seguía igual de vigente. En contraste, con epicentro en el estadio Azteca, el ambiente festivo desbordaba a las multitudes, al tiempo que el espíritu de goce se apoderaba de hogares, escuelas, avenidas y bares.

Con todo, el regocijo colectivo sería interrumpido por unos minutos cuando los 96.000 espectadores reunidos en el Coloso de Santa Úrsula, como también se conoce al estadio Azteca, remplazaron el jolgorio y los gritos de aliento por una atronadora lluvia de chiflidos. La silbatina iba dirigida nada menos que al presidente de los Estados Unidos Mexicanos, Miguel de la Madrid, escoltado por las máximas autoridades de la FIFA y, obviamente, por sus alfiles de batalla en la organización del campeonato: la dirigencia del poderoso Grupo Televisa.

João Havelange, jerarca del fútbol; Guillermo Cañedo de la Bárcena, su segundo en línea y quien simultáneamente ocupaba el cargo de vicepresidente jurídico de Televisa, y Emilio Azcárraga Milmo, presidente del grupo, conformaban el palco de la indignidad, que ante cada mención del nombre del jefe de Estado, y sobre todo durante su discurso de apertura, recibía el ensordecedor abucheo.

La razón de la irascible reacción residía en que, pese a que el pueblo mexicano celebraba la fiesta universal, le pesaban los sacrificios realizados para cumplir los requerimientos de la FIFA en una época de dificultades económicas que obligaban a tomar medidas de austeridad, momento de crisis generalizada en la región al que se denominó la “década perdida” de América Latina. Desde 1982 hasta 1988, precisamente el sexenio de Miguel de la Madrid en el poder, el país afrontó un hueco fiscal monumental, una inflación incontrolable, una deuda externa irracional y el desplome progresivo en el precio de su divisa.

En la práctica, el resultado de la situación fue una clase media y trabajadora empobrecida, que para colmo debió sobreponerse también a los estragos generados por el trágico terremoto del 19 de septiembre de 1985. En términos prácticos, México enfrentaba un auténtico déficit moral, el cual requería una inyección emocional que redimiera el estado de depresión.

Fue entonces el gobierno de la república, de la mano con el emporio de Televisa, o tal vez al contrario, la fórmula que vio en la realización del Mundial una oportunidad de oro. Por una parte, estaba entonces el presidente de la nación, que precisaba de un envión anímico para sus conciudadanos y un atenuante psicológico para la crisis; por otro lado, la garantía la brindaba el conglomerado de empresas de las comunicaciones, que legítimamente procuraba multiplicar el superávit de su industria, sacando provecho de una posición dominante forjada por los vínculos ejecutivos y personales de Cañedo.

Al son de la caja registradora, pero al margen de las necesidades sociales insatisfechas, México conseguía su segundo Mundial; no en la cancha, mas sí en el ámbito de los negocios. Con ello, el modelo para organizar los consecuentes torneos cambiaría para siempre, dándole paso a un sistema de vasallaje gobernado por los derechos televisivos, los “cuadernos de cargos” extravagantes, y las exigencias desbordadas de socios y patrocinadores.

Entretanto, de las protestas sociales no se escuchó demasiado, pero el descontento generalizado y las proclamas de reivindicación, como “No queremos goles, queremos frijoles”, enmarcaron el certamen. Sin darse cuenta, el fútbol entraba en una nueva época: la modernidad.

Cuando los cálculos fallan

Las definiciones desde el punto penalti no son una lotería. Si bien existen factores externos al juego que pueden influir de manera decisiva en el desenlace del intento ante el nivel de profunda concentración que implica cada cobro, en principio el resultado depende no del azar sino de la capacidad de cada jugador para elegir la opción adecuada y ejecutar el tiro correctamente.

Gracias a un estudio hecho por Mark Oliver y Steve Wilson, que apareció en The Daily Telegraph de Londres en 2012, cuyo universo de observación corresponde a todas las definiciones desde el punto penal en mundiales y eurocopas desde 1998 hasta entonces, permitió descubrir las oportunidades estadísticas de convertir el gol según el destino de la pelota.

Al dividir el arco en nueve cuadrantes, los datos levantados sugieren por ejemplo que el 40,3 % de los disparos transformados se hicieron sobre el tercio izquierdo de la cancha, al tiempo que el 48,2 % de las anotaciones efectivas se dirigió al tercio inferior. Justamente, el cuadrante con mayor tasa de conversión fue el inferior izquierdo, con un índice del 18,7 % del total de los goles logrados. En términos prácticos, el estudio británico permite afirmar que los tiros desde el punto penalti hay que cobrarlos fuerte y abajo, como dicta el manual popular.

No obstante, en ocasiones son los más avezados y no los espontáneos del balón quienes, contra las tendencias probabilísticas, fallan el lance desde los doce pasos, misión que para los ajenos al juego, dado el tamaño del arco, debería resultar sencilla. Tal fue el caso de los estelares brasileños Zico y Sócrates, y del sideral capitán francés Michel Platini, quienes desperdiciaron sus tiros en un mismo partido.

Se jugaban los cuartos de final del Mundial de México en 1986 con el cruce entre Brasil y Francia, en el estadio Jalisco de Guadalajara, como el partido más emblemático. Las anotaciones de Careca al 17’ y del propio Platini al 40’ firmaban el empate a uno. Sin embargo, al minuto 73, luego de un largo y magistral pase filtrado entre líneas del recién ingresado Zico, Branco es derribado en el área por el portero Joel Bats. El árbitro pita falta y penalti para los brasileños, que celebran por adelantado lo que puede significar el quiebre de la balanza y el tiquete a semifinales.

Para sorpresa de los asistentes y dándole la razón al estudio de Oliver y Wilson, Zico cobra abajo pero al tercio derecho del arco, tiro que Bats adivina y ataja, sentenciando el empate y abriendo el camino para la definición letal.

Todo estaba listo para los diez cobros súbitos y entonces Sócrates, el filósofo con oficio de futbolista, es el primero en ir al frente. Sin tomar demasiada distancia, lanza al tercio central del arco con altura media. Bats vuelve a atajar; consecutivamente, Stopyra, Alemão y Amoros convierten, dándole de nuevo a Zico la oportunidad de poner arriba a su equipo. Esta vez, presumiendo que el guardameta piensa que él cambiará su fórmula, la estrella brasileña la repite y convierte.

Tras la anotación, Bellone y Branco también marcan, para una cuenta parcial de 3 a 3. Enseguida, Platini se perfila con el objetivo de tomar la vanguardia para los galos, pero asumiendo el riesgo de apostar por el tercio superior del arco, el balón se eleva demasiado y desperdicia su chance. Ya en el último mano a mano, Júlio César falla contra el palo y Fernández convierte, dándole a Francia el pase a la siguiente ronda.

Los jugadores que hacían las veces de emblemas nacionales fueron por un momento convertidos en villanos, aunque luego recuperarían su condición de héroes. No obstante, los tres egregios de la pelota, Zico, Sócrates y Platini, engrosaron la lista de prohombres que, reconocidos por su dominio del juego, cedieron ante la presión y los nervios inherentes a semejante responsabilidad: los tiros desde el punto penalti.

Le puede interesar: “El fútbol es una evasión de la realidad”

Donde el rey fue O Rei y el dios fue D10s

Si la civilización del fútbol acabara, como en el Imperio romano, las ruinas del coliseo máximo, el estadio Azteca de Ciudad de México, permanecerían erguidas por siempre. Y no es que las vigas que soportan su estructura, al margen de cómo han soportado exitosamente sucesivos terremotos, sean inquebrantables; es el recuerdo de lo que allí tuvo lugar lo que hace del Coloso de Santa Úrsula un templo perpetuo.

Fue allí, en el Azteca, donde dos de las máximas figuras en la historia del fútbol, tal vez las dos más grandes, tocaron las estrellas para convertirse en una de ellas con 16 años de diferencia. Sus gradas fueron testigo de la coronación de Pelé en 1970 y de la consagración de Maradona en 1986, con la excusa de los mundiales que en esos años y en el mismo suelo tuvieron la suerte de suceder.

Con 19 encuentros, el Azteca es también el estadio que más partidos mundialistas ha albergado, aunque su debut en esa categoría no estuvo a la altura de la historia por construir. Un pálido partido inaugural del torneo del 70, con empate sin goles entre la selección local y el representativo de la Unión Soviética, marcaría el inicio. Con todo, el destino tenía preparado un devenir radicalmente distinto para aquel escenario.

Si bien el Brasil de Pelé había escalado los cinco peldaños del camino hasta la final en el estadio Jalisco de Guadalajara, en el foro chilango preparaban el acto de investidura. La definición entre brasileños e italianos fue un verdadero espectáculo, en el que el 10 auriverde abrió el marcador con un golazo de cabeza que señaló el camino hacia el triunfo del Scratch. Los azzurri igualaron el marcador por medio de Boninsegna, pero los afilados suramericanos, con tantos de Gerson, Jairzinho y Carlos Alberto, terminarían ganando 4 a 1 y alzando en hombros, con lágrimas en los ojos y una corona en forma de sombrero mariachi, al Rey del fútbol.

El bondadoso monarca cumplió su promesa. Cuando tenía tan solo nueve años, viendo llorar a su padre por el desastre del Maracanazo, le aseguró que algún día ganaría el Mundial para él. Ocho años después honró el juramento, pero no conforme con eso llevaría dos títulos más a Dondinho, como llamaban a su progenitor.

Celoso de su corona que jamás entregaría, la cúpula del Azteca fue el nuevo botín en el Mundial del 86, y para obtenerlo se requeriría una entidad divina. Como presagio, el partido inaugural fue nuevamente un empate: el vigente campeón, Italia, igualaba a uno ante la incipiente Bulgaria. Entretanto, Argentina preparaba la sorpresa.

Con las heridas de la guerra de las Malvinas aún abiertas, el encuentro por los cuartos de final contra Inglaterra fue mucho más que un partido de fútbol. Esta vez, Dios bajó al césped del Azteca para tapar la vista del árbitro tunecino Ali Bennaceur y permitirle a Maradona empujar el balón con la mano por encima de Peter Shilton con dirección a gol. Las masas llamaron a aquel momento “la mano de Dios”, pero en realidad fue el propio Pelusa el que, en la conferencia de prensa posterior al partido, ante la pregunta de si había hecho el gol con la mano contestó que fue la mano de Dios.

Acto seguido, el todopoderoso vestido de pantalones cortos explotaría arrebatado para eludir ingleses como conos, seis de los cuales intentaron cortar sin éxito su paso galopante. Encarnado en el Diego, llevó la pelota desde su propio campo hasta el arco rival para, de manera inverosímil, anotar la segunda diana, suficiente para la victoria argentina.

El Azteca también recibiría la final del campeonato entre el equipo de Maradona y Alemania. Con un 2 a 2 en el marcador y a falta de siete minutos para la consumación, de la zurda prodigiosa del Pelusa nació un pase celestial para Jorge Burruchaga. Tras un recorrido de casi media cancha, el Burru convirtió el tercero y definitivo tanto. Asegura que en la celebración, después de abrir los ojos, vio a Jesucristo a su lado. Era su compañero Sergio Batista, cuyo rostro era parecido al del Nazareno.

Brasil fue campeón. Argentina fue campeón. Y el estadio Azteca fue el lugar donde el rey fue O Rei y el dios fue D10s.

* Este capítulo forma parte del libro “Más allá de los 90 minutos: Historias ocultas de los mundiales”, publicado por Intermedio Editores, de los autores Andrés Alba, David Torres y Andrés Rodríguez.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en REVISTA ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción, por favor ingrese la siguiente información:

O
Ed. 158

¿No tiene suscripción? ¡Adquiérala ya!

Su código de suscripción no se encuentra activo.