"Las ideas liberales ya no inspiran ni a sus seguidores más ilustrados, que antaño posaban de haber descubierto el secreto del desarrollo económico y del reparto equitativo de la riqueza". Imagen: Archivo Semana "Las ideas liberales ya no inspiran ni a sus seguidores más ilustrados, que antaño posaban de haber descubierto el secreto del desarrollo económico y del reparto equitativo de la riqueza". Imagen: Archivo Semana

Las ideas liberales: ¿una herramienta obsoleta para afrontar el mundo actual?

"La llamada de la tribu", el último libro de Mario Vargas Llosa, rinde sentidos homenajes de lealtad intelectual a los padres del liberalismo. Este breve ensayo explora, como respuesta, la estrecha relación histórica entre la popularización de las ideas liberales y la acentuación de las desigualdades sociales, los conflictos raciales y las crisis económicas en el mundo.

2018/06/07

Por Felipe Escobar

En la década de 1960, calificar a alguien de liberal equivalía a insultarlo, a colgarle el sambenito de conservador, reaccionario, anacrónico y oportunista. Esto se debía en buena parte a que entre la intelligentsia de aquel entonces prevalecía la opinión de que el liberalismo era uno de los principales responsables de la crisis que ya se perfilaba en el horizonte del orden internacional surgido después de 1945, un orden basado en el predominio hegemónico de las condiciones que pasaron a la historia con el nombre de “pax americana”. El progresivo deterioro del modelo keynesiano, incapaz de sostener los índices de crecimiento que habían permitido financiar las conquistas obreras del llamado Welfare State; la guerra de Vietnam, unida a la agudización de los conflictos raciales en los Estados Unidos; las injusticias inherentes a la división del trabajo impuesta por los organismos multilaterales de crédito creados a raíz de los acuerdos de Bretton Woods, que implicaban el atraso sistemático de los países pobres; el auge de los movimientos de liberación nacional en las colonias europeas de Asia y de África y la rebeldía de las juventudes universitarias, que sacudió los cimientos del conformismo, todos estos fenómenos parecían evidenciar que las ideas liberales, lejos de hacer parte de la solución, eran el meollo del problema. Al fin y al cabo, habían sido las ideas dominantes de la geocultura política, como la denominan algunos sociólogos, posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Las ideas liberales, sin embargo, no son fáciles de erradicar. La prueba está en que a partir de 1979, tras el triunfo electoral de Margaret Thatcher en la Gran Bretaña y de Ronald Reagan en los Estados Unidos, renacieron de sus cenizas con un ímpetu que desconcertó a más de un estudioso de las ciencias sociales. En el venerable pero ya desvencijado altar del liberalismo, Karl Popper, Friedrich von Hayek y Milton Friedman, a quienes Vargas Llosa les rinde sentidos homenajes de lealtad intelectual, desplazaron al benemérito John Maynard Keynes, cuyas teorías fueron tildadas de “jurásicas”, y adquirieron un estatus similar al que tenían los dioses del Olimpo en la mitología griega. Sus tesis acerca del Estado, de la propiedad privada, de la libre empresa y de la democracia se convirtieron en el evangelio de una ofensiva ideológica que terminó imponiendo sus criterios en las esferas gubernamentales de todos los países del mundo. Los conglomerados económicos, que se enriquecieron como nunca antes durante los años de la Thatcher y de Reagan, fundaron una pléyade de think-tanks para promover, patrocinar y difundir los planteamientos de los nuevos discípulos de Adam Smith y, en mayor o menor medida, con más o menos éxito, los partidos demócrata y republicano en los Estados Unidos, así como los partidos conservadores, liberales, verdes, socialistas y socialdemócratas de Europa Occidental. Incluso los partidos comunistas que giraban en la órbita del Kremlin se encargaron de poner en práctica, con resultados que están a la vista, el vademécum de regulaciones económicas, sociales y políticas que a partir de entonces se llamó el Consenso de Washington.

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Como era previsible, el derrumbe de la Unión Soviética en 1991 aceleró el proceso de implementación de las reformas neoliberales en todas las naciones del planeta. A las del Tercer Mundo se les obligó a abrir sus economías, a incentivar la inversión extranjera, a facilitar la explotación de sus recursos naturales, a reducir el tamaño del Estado, a especializarse en sus “ventajas comparativas” y a privatizar sus empresas y servicios públicos. Bajo la tutela de los think-tanks que tanto difundieron las elucubraciones metafísicas de Francis Fukuyama sobre el fin de la historia, la desregulación financiera que adoptaron los gobiernos de Clinton y de Bush desembocó en una cadena de burbujas inmobiliarias que en el año 2008 estuvo a punto de quebrar a varios de los principales bancos neoyorquinos. Los salvó la generosidad de Barack Obama, quien les inyectó centenares de miles de millones de dólares del fisco que suscitó una crisis comparable, según diversos analistas, a la de 1929. En todo caso, a los pocos meses de haber estallado en los cuarteles generales de Lehman Brothers, sobre la Séptima Avenida de Manhattan, el crack del 2008 repercutió con una fuerza inusitada en Europa Occidental, sobre todo en los países mediterráneos. Sus consecuencias originaron oleadas de desempleados, de deudores morosos, de quiebras industriales, de protestas obreras, de nacionalismos neonazis, de recortes de subsidios y del consiguiente deterioro de la seguridad social.

Aunque el pensamiento de Popper, de Hayek y de la Escuela de Chicago cuenta todavía con admiradores muy influyentes en los medios de comunicación, entre los cuales sobresale como un faro Vargas Llosa, todo parece indicar que la ortodoxia neoliberal que tanto predicaron en sus escritos, después de cuatro décadas de estar implementándose en el mundo entero, entró en barrena. Para no hablar del atraso de su infraestructura física y de su gigantesco déficit fiscal y comercial, la economía norteamericana, que a la postre fue la que salió mejor librada de la crisis del año 2008, se debate hoy en medio de un endeudamiento público y privado sin antecedentes. Las desigualdades sociales han concentrado la riqueza en una ínfima minoría de la población blanca. Los conflictos raciales han adquirido unas dimensiones que no se veían desde los tiempos de Martin Luther King. Los instintos xenófobos de la camarilla que rodea a Trump tienen en ascuas a millones de inmigrantes, legales e ilegales, cuyo trabajo resulta imprescindible para mantener a flote el aparato productivo del país.

El descrédito de los partidos políticos no ha dejado de crecer desde la presidencia de Nixon. Todo estadounidense medianamente bien informado sabe que el Congreso gringo es un mercado persa donde son las firmas especializadas en el cabildeo las que en última instancia deciden cómo y cuándo se legisla en una u otra dirección. La conciencia de que la democracia norteamericana es una farsa regida por la mano cada día menos invisible de las corporaciones industriales y financieras se ha incrementado en todas las encuestas, lo que en buena medida explica el que sectores cada vez más amplios de la ciudadanía, aparte de polarizarse en bandos irreconciliables, hayan resuelto protestar en las calles con repercusiones que hubieran sido inconcebibles hace apenas unos cuantos años. Y si lo dicho se complementa con la errática política exterior del señor Trump, que ha encendido las alarmas de todas las cancillerías, se comprende por qué su presidencia simboliza la faceta tal vez más grotesca de un imperio que, a pesar de sus bravuconadas, se encuentra inmerso hasta el cuello en una coyuntura de pronóstico reservado, además de impredecible, en la que puede pasar cualquier cosa.

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En algunos círculos neoliberales, promovidos por la burocracia de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) y por revistas como The Economist, ha comenzado a circular la tesis de que las veleidades proteccionistas de Trump, sus reiteradas diatribas en contra de los tratados de libre comercio, su manifiesta animadversión hacia el “multilateralismo”, su insistencia en construir un muro en la frontera mexicana y su desprecio por los compromisos ambientales que suscribieron sus antecesores no lo califican, por desgracia, para ingresar al santoral de la Sociedad del Monte Pelerin, que Hayek fundó con Popper y con Milton Friedman en 1947. La tesis es absurda por varias razones, pero entre ellas cabe señalar que la reciente reforma tributaria de Trump, que de manera muy considerable les redujo los impuestos a los grandes empresarios, se ajusta como anillo al dedo a la doctrina de que si los ricos se enriquecen todavía más, como sucede en todos los países donde impera el catecismo neoliberal, pues invierten en actividades productivas, crean empleo y benefician a los pobres, una doctrina que en la época de Ronald Reagan, antes de que demostrara ser un mito, se conoció con el nombre de trickle-down economics. Su gobierno, por otra parte, ha revertido las tímidas medidas de control financiero que intentaron regular los abusos de los bancos tras el crack del 2008 y, al igual que en los tiempos de Clinton, de Bush y de Obama, la flor y nata de sus funcionarios de confianza está conformada por la flor y nata del staff ejecutivo de las firmas que cotizan en la bolsa de Nueva York.

No es entonces para nada extraño que las ideas liberales, reverdecidas por ese “fundamentalismo del mercado” que tanto pregonan sus admiradores, hayan caído una vez más en el pantano del desprestigio. Muy a pesar de la apología teñida de nostalgia que les hace Vargas Llosa en La llamada de la tribu, las ideas liberales ya ni convencen ni conmueven, según se advierte en todos los sondeos de opinión. Ya no suscitan esa mística que suscitaban en los viejos tiempos, cuando sus apóstoles proclamaban consignas del corte de “¡Bienvenidos al futuro!”. Ya no inspiran ni a sus seguidores más ilustrados, que antaño posaban de haber descubierto el secreto del desarrollo económico y del reparto equitativo de la riqueza. Es posible que el péndulo aún no haya vuelto del todo a la década de 1960, cuando calificar a alguien de liberal equivalía a insultarlo, pero si algo enseña la experiencia de los últimos cuarenta años es que los reverdecidos principios del liberalismo contemporáneo —y de la filosofía social que los sustenta— son una herramienta obsoleta, por decir lo menos, a la hora de enfrentar los desafíos del mundo de hoy.

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