Hillary Clinton durante la campaña presidencial de Estados Unidos el año pasado. Foto: Barbara Kinney para Hillary For America Hillary Clinton durante la campaña presidencial de Estados Unidos el año pasado. Foto: Barbara Kinney para Hillary For America

¿Ser o parecer?: el yo en la era del 'selfie'

Diariamente se suben más de 1 millón de 'selfies' a las redes sociales, según los curadores de “el Museo de las Selfies”. ¿Más es el que no parece?

2018/04/10

Por Adriana Cooper

Hace unos días, un profesor dijo que vivimos en los tiempos del yo: una época en la que la gente busca protagonismo y para muchos, figurar y parecer pueden ser más importantes que su esencia real u oficio. Al respecto, algunos dicen no estar de acuerdo y tienen evidencia histórica que habla de la fascinación ancestral de los humanos por sí mismos. Un ejemplo de esto es una exhibición que hay por estos días en California, bautizada por sus curadores como “el Museo de las Selfies”. En un recorrido que puede durar hasta una hora y media, los visitantes pueden ver toda la historia de este tipo de fotografía en formatos tan variados como la pintura o el grabado. Lo que se busca demostrar es cómo este tipo de imagen tuvo sus orígenes hace aproximadamente 40.000 años.

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Después de conocerla es posible pensar que tal vez la diferencia entre antes y ahora es que actualmente la tecnología y los viajes se han vuelto más democráticos, existen los teléfonos inteligentes y las redes sociales permiten que se suban diariamente más de 1 millón de estas imágenes, según datos divulgados por los curadores de la exhibición.

Sin embargo, las selfies son sólo uno de los elementos que muestran esa vanidad de la que hablaba el profesor. Ahora también se ve que existen profesionales variados –médicos, arquitectos y abogados, entre otros– con asesores de imagen que, después de cada disparo del obturador, aprueban o no la fotografía antes de ser publicada.

El problema no es la existencia del asesor que puede aportar o dar una ayuda en cierto momento, está en que esas personas desplazan toda su fuerza hacia afuera. Su interés principal es la forma en que se ven o parecen. Las respuestas sobre cómo comportarse las tiene un tercero que, si se enfoca exclusivamente en figurar y obtener reconocimiento, aconsejará exhibirse e incluso ir en contra de la verdad o del respeto hacia otros.

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Un ejemplo de esta vanidad es el actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que prefiere correr hacia las cámaras de un medio específico que sentarse en su oficina a estudiar unos documentos determinados antes de tomar una decisión, a diferencia de Obama que muchas veces prefirió evitar la exposición en medios o en eventos para estudiar un tema en la soledad del Salón Oval. En un libro escrito por el comediante Michael Ian Black, titulado A Child‘s First Book of Trump (Mi primer libro sobre Trump), publicado por la editorial Simon and Schuster en 2016, el autor le explica a sus lectores –de menor edad y también más avanzada– cómo el mandatario vive entre las cámaras y corre hacia ellas cuando las ve. Ocurre allá y sucede aquí: hemos tenido gobernadores preocupados por bordar las camisas con las iniciales de su nombre, aparecer con modelos en las fotos o que creen que aparecer con un título en Harvard – aunque sea mentira o sólo de un curso breve – es garantía de sensatez.

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Después de ver esta exhibición de las selfies y estar expuesto a la exhibición creciente del yo en redes y en otros espacios, llama la atención una frase que alguien talentoso pronunció hace unos días: más es el que no parece. Y es que, a propósito de este tema de la imagen o de estar preocupado por parecer de cierta forma, las personas con mucho talento en cierto oficio suelen ser aquellas que no parecen, es decir, son quienes dan la impresión de estar cómodos con ellos mismos.

Es gente que no busca comunicar la fuerza con objetos que otorguen cierta apariencia, en vez trata bien a las otras personas porque no necesita marcar superioridad, es consciente de sus limitaciones, valora sus tradiciones o condición porque no ve lo foráneo como sinónimo de prestigio y sabe que su poder está adentro. En La gata sola, un libro reciente de Carolina Sanín que ella presentará el 27 de abril junto a Yolanda Reyes en la FILBo, la autora apunta un poco hacia eso: a veces los seres buscan la fuerza en otros, en ciertas situaciones o figuras que parecer ser superiores sin estar conscientes que esa fuerza está, en realidad, en el centro de uno mismo.

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