Junot Díaz Junot Díaz

Junot Díaz

2014/02/27

Por RevistaArcadia.com

Fue mi primera biblioteca. Tenía seis años y había acabado de inmigrar a Estados Unidos, y la bibliotecaria del colegio me estaba buscando porque quería informarme sobre mis derechos y privilegios para alquilar libros como estudiante. La bibliotecaria no hablaba ni una palabra de español y yo no hablaba ni una palabra de inglés, pero a ella no le importó: insistió hasta que yo logré entender. No todos los adultos harían eso: todos mis demás profesores me relegaron a un rincón y me ignoraron mientras le daban clase al resto de sus estudiantes. Nunca antes había visto una biblioteca, con esos densos estantes de madera oscura, llenos de libros. Algo de la generosidad y paciencia de la bibliotecaria se mezcló con la excepcionalidad austera de los libros hasta despertar en mí un fuerte sentido de pertenencia. Ese día me permitieron sacar dos libros, y recuerdo que, tras escogerlos con prisa, me aferré a ellos con desespero durante todo el camino a casa. Ya en el apartamento, los abrí con cautela y ojeé las páginas sin entender nada. Al día siguiente saqué otros dos libros, los cuales tenían ilustraciones preciosas. La bibliotecaria siguió dándome más, a pesar de que no teníamos palabras reales para intercambiar.

Y así fue como todo empezó. Al menos así es como me gusta contármelo a mí mismo.

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