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El mito de la fama

"¿Y tú, por qué quieres ser músico?": Alexander Klein sobre la perniciosa relación entre la música, el arte y la celebridad.

2017/11/23

Por Alexander Klein*

Cuando está por terminar el año, y la gran mayoría de mis estudiantes de música se preparan para reevaluar o cuestionar sus proyectos de vida, suelo hacerle a cada uno de ellos la siguiente pregunta antes de irnos a las vacaciones de fin de año: "¿Y tú, por qué quieres ser músico?".

La mirada desconcertada suele ser la primera reacción a esta pregunta, ante lo cual también hago una encuesta abierta del tipo de músico que cada uno de ellos quiere ser. En este caso, las respuestas son menos tímidas y entran por montones: "quiero ser cantante", dicen varias jóvenes mientras me muestran sus cuadernos con imágenes brillantes de Shakira y Lady Gaga; "quiero ser compositor para cine", dicen prácticamente todos los estudiantes de composición, vislumbrándose en un podio dirigiendo la marcha de Star Wars; y "quiero ser productor", dicen otros estudiantes mientras se imaginan en un estudio grabando a Carlos Vives o a Maluma.

Si bien todas estas respuestas son distintas y pertenecen a campos musicales variados, todas comparten una característica que se ha vuelto obsesión en los músicos y artistas del mundo, y esa característica es la búsqueda de la fama, de aquella condición económica y social que se traduce en una vida llena de abundancia material y de idolatría. Porque, después de todo, los medios de comunicación nos enseñan todos los días que los artistas famosos son famosos porque lo merecen, mientras que los artistas desconocidos son desconocidos porque, bueno, no merecen ser conocidos, ni merecen divulgarse porque su arte es de baja calidad.  

Este modo de pensamiento, por supuesto, es una de las tantas herencias dañinas del capitalismo desregulado, de aquel sistema socioeconómico que busca convencernos, desde chicos, que los ricos son ricos porque lo merecen, y que los pobres son pobres porque quieren. Es un sistema de tonos blancos y negros que no admite tonos grises, que no admite la posibilidad de que haya un pobre que no merezca serlo, y de que haya un rico que no merezca serlo.

¿Cómo nos permitimos, teniendo el potencial intelectual tan grande que tenemos como especie, llegar a este modo de pensamiento tan mediocre y tan dañino para nuestra propia supervivencia? ¿Cómo es posible que hayamos reducido nuestras aspiraciones personales a un simple deseo narcisista de ser idolatrados para sentirnos superiores a los demás?

Es muy triste saber que es esto lo que verdaderamente motiva a nuestros futuros artistas cuando deciden ser cantantes, compositores o productores, y lo mismo podría decirse de nuestros futuros deportistas. Porque así como la fama motiva a jóvenes para estudiar, la fama también desmotiva a la gran mayoría de ellos y ellas cuando llegan a ese momento en sus vidas en que se dan cuenta de que nunca serán famosos y que, por lo tanto, cualquier esfuerzo por crear arte es nulo porque ya nadie los escuchará.

Rainer Maria Rilke alguna vez dijo que la fama no es más que la suma de un malentendido creado en torno a un nombre. Y si hemos de juzgar por la mayoría de artistas que hoy aparecen en todas las vallas publicitarias, en todas las cadenas de televisión y en todos los cuadernos de nuestros estudiantes, debemos concluir que Rilke tenía razón. Porque la fama está matando a un sinnúmero de futuros artistas, vastamente mejores que Shakira y Lady Gaga, que desfallecen ante la noción de pasar una vida anónima, y eso es algo que como sociedad, como especie en peligro de autodestrucción, no podemos permitir.

¿Cómo revertir este modo de pensamiento? En el caso de quienes insistimos en ser artistas, la respuesta es sencilla e incluso bien conocida: debemos abandonar el lucro como propósito único de vida y dejárselo al sinnúmero de futuros abogados, burócratas y empresarios que hoy se proliferan en el mundo como antaño los conejos. Ellos son tantos, que es seguro decir que la mayoría nos sobran.

En cambio los artistas debemos remontarnos a las raíces de nuestra antiquísima profesión y celebrar el hecho de que nosotros no estamos aquí para trabajar en rascacielos o soñar con vivir en yates. No; nosotros estamos aquí para retratar a esta humanidad, para glorificarla en sus rasgos rescatables y para destruirla en todos sus vicios. Porque cuando todo esté en ruinas, y cuando los rascacielos y yates sean viejas reliquias de otro gran imperio fallido, los tesoros a rescatar debajo del polvo y los escombros no serán los automóviles que Maluma o James Rodríguez conducen hoy para enseñorearse ante la sociedad, sino serán las obras de arte que aquellas raras criaturas llamadas "artistas" crearon para rescatar todo aquello que alguna vez nos dio el bello apodo de "seres humanos".

* Profesor de cátedra de la Universidad de Los Andes.

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