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Lluvia de luces en Bogotá

Varios puntos de la capital están decorados con el clásico alumbrado navideño. Aquí una opinión sobre cómo se ven algunas de estas zonas.

2017/12/22

Por Diego Valdivieso

Hacer un recorrido por las luces de Navidad en Bogotá, así como debe pasar en cualquier otra ciudad o pueblo del mundo, es ver una imagen que se repite: gente tomándose fotos. Las personas siempre encuentran un motivo para tomarse una foto, y en estas fechas aún más. Las parejas se abrazan esperando el momento, y las familias, los amigos, y una que otra persona sola, también sonríen para la cámara. Otra imagen se repite: la gente está más contenta que de costumbre: por las luces, por la Navidad y, quizás también, por las vacaciones.

Visitar sitios iluminados de Bogotá es darse cuenta de que no es un plan que suelen hacer las personas de mayores recursos económicos probablemente están en los centros comerciales haciendo compras, y que, en muchos lugares, hay un exceso en la decoración. Como los árboles de nieve que están por toda la ciudad; quizás los ponen porque desearíamos tener nieve y porque vemos que en Europa y Estados Unidos hay árboles de verdad con nieve de verdad. Mejor los árboles naturales con luces y no estos árboles postizos. Y no falta, en todas partes, las luces que se encienden y se apagan, que angustian y marean.

Cada parque, plaza o centro comercial tiene detalles que hacen que su iluminación y decoración se distinga del resto. En el Parque de la Independencia los colores utilizados para la iluminación son amarillo, azul y rojo. Vendedores llevan bebidas y comida dentro de baldes y carros de hacer mercado, y otro señor, mientras camina, lleva a una llama para que el que quiera se tome una foto con ella. La venta de comida y productos es abundante: agua de panela, algodones de azúcar, mazorcas, obleas, gorros navideños, espadas de luces, muchos objetos de luces, entre otros. En ambos parques, en el de la Independencia y el Nacional, hay vendedores cada metro cuadrado, o menos. En el Parque Nacional un bonito túnel iluminado con luces amarillas atraviesa el parque. A pesar de ser tan grande, el parque está repleto. Las luces son moradas (el árbol de Navidad es de este color) y, en su mayoría, amarillas. Hay de todo para cenar: lechona, arepas, perros calientes, pinchos. También hay cualquier cantidad de venta de productos alusivos a la Navidad y personajes como el Pato Donald y Mickey Mouse se toman fotos con la gente.

Entre el Parque de la Independencia y el Parque Nacional el recorrido por los andenes es cercado por las ventas de vendedores ambulantes y su ingenio para crear actividades que les representen unos pesos, como puestos de tiro al blanco con pistolas de aire comprimido y una atracción 4D que funciona a partir de unas gafas de realidad virtual, una pantalla de tv y unas sillas que mueven manualmente los dueños de la atracción. También hay todo tipo de ropa de Navidad, carros a los que no les cabe una piña más y en los que se venden jugos de esta fruta, bolsas de comida a 2.000 pesos con productos Margarita, un Papa Noel que vende libros de Navidad y una vendedora que anuncia: “gorro de moda, gorro navideño”.

En el parque de Usaquén las luces son blancas y amarillas, sobre todo blancas. En pocos parques de la ciudad usan tan pocos colores de luces y que no sobresalgan el uno del otro. Se ve bien, salvo por unas flores iluminadas que lucen un poco apagadas y por unos postes con publicidad de Codensa que están distribuidos en distintas partes del parque. También, como en el Parque Nacional, hay personajes disfrazados que cobran 2.000 pesos por tomarse una foto con la gente. Una familia comenta la decoración.

Una acertada mezcla de colores (rojos, amarillo, azul, verde) y de adornos (faroles, estrellas, bastones, arcos) iluminan un parque de la Zona Rosa. Aquí no se vive el ambiente tan festivo ni de comercio que hay en otros lados: hay menos ventas ambulantes y algunos pasan de largo y no se detienen a ver las luces. Aunque no falta la familia con gorros navideños, que está haciendo un tour de luces por la ciudad, que se paran a tomarse una foto, y las parejas y grupos de amigos que también se detienen por un momento. Al lado, en la Zona T, se oye a un papa Noel tocar un saxofón. Sobresalen unos techos colgantes de luces amarillas, azul claro y verdes, que se verían mejor si no fueran con luces intermitentes y, probablemente, sin las luces verdes.

En el parque de la 93 las ventas tampoco abundan. La mayoría de los pocos vendedores que hay (pocos comparado con otros lugares) venden unos globos transparentes a 20.000 pesos (los hay por toda la ciudad) y uno que otro vende canelazos, agua de panela y aromáticas. Algunas personas dan una vuelta rápida por el parque y cientos de niños juegan en el parque de juegos. En el Parque de la 93 no hay casi adornos ni tampoco gracia ni se ve muy bien la decoración: hay unas estrellas amarillas, una especie de mallas azules que rodean el centro del parque y luces blancas en los troncos de los árboles.

Hacienda Santa Bárbara es un establecimiento que ha ganado en un par de oportunidades el premio al mejor centro comercial iluminado. Allí predominan las luces blancas y amarillas. Como pasa con muchos lugares, Hacienda se ve mejor desde lejos, se ve muy bien, desde un carro, que acercándose a ver en detalle sus arreglos navideños y luces. Por ejemplo, al detenerse a mirar desde cerca, se ven unas luces de colores fucsia, azul, rojo que salen del piso de uno de los edificios y chocan con las luces blancas y amarillas que alumbran la fachada, dentro del centro comercial unos aros de nieve en medio de unas luces amarillas cuelgan del techo. Bastaría con las luces amarillas. Pero también hay un corredor de luces amarillas y blancas, después de pasar la entrada principal, que se ve muy bien iluminado.

En el centro de Bogotá miles de personas se congregan para ver el show de luces ‘Travesía’ en la Plaza de Bolívar: animaciones de la flora y fauna colombiana proyectadas en la fachada de uno de los edificios de la plaza, y unos señores que caminan en el cielo sostenidos por cuerdas al tiempo que juegan con las animaciones. Al final de la presentación, lo más entretenido quizás, todo se ilumina por la aparición de unas llamas de fuego y pólvora. Unas ramas cafés con hojas verdes iluminan cada uno de los edificios que rodean la Plaza de Bolívar: parecería que fueron puestas por el show, porque o si no no se entendería el porqué de ese adorno tan simplón. Atrás, el Palacio de Nariño, al que no permiten el paso, pero desde lejos se alcanza ver una elegante iluminación, solo con luces amarillas y quietas (¿quizás por ser el edificio más importante?). Entrando al Chorro de Quevedo se cruza por un camino con luces azules intermitentes. Y en la plaza del Chorro, árboles de nieve, estrellas y luces azules y blancas decoran el lugar, en medio de un ambiente de gente tocando música en la calle y vendedores de manillas y comida. Parece ser que el azul en las luces es de los colores más exigentes.

En Bogotá, en general, los edificios residenciales suelen tener una decoración descuidada: unas luces que bordean una ventana, o unas tiras de luces que cuelgan de un techo (algunas azules y en movimiento, como si quisieran representan la lluvia). Como son pocas luces, las suelen poner intermitentes y de colores azul, rojo, morado o verde para llamar la atención, pero terminan llamando la atención por lo mal que se ven. En la decoración de luces en Bogotá se pretende que todo parezca un árbol, o una rama, o quien sabe qué. Por eso a los postes de luz les ponen unas hojas, unas luces, y listo: ahí tienen su árbol. A veces sale bien, otras no. Y si no es un árbol, flores, rosas, margaritas, o quien sabe qué, como en la Zona Rosa, en la calle 85, desde la carrera 15 hasta la 11: tallos verdes y pétalos rojos que simulan flores, claro, no tan bonitas. O como las del centro de Bogotá, en la carrera 3, una especie de plantas que no le hacen un gran favor a la zona. En la mayorías de edificios residenciales y en algunas zonas decoradas por el Distrito (encargado de casi toda la iluminación de la ciudad) parece que la falta de creatividad se impone.

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