Luisa Valenzuela nació en Buenos Aires en 1938. Via Youtube.

“Escribir en libertad es caminar sobre brasas ardientes”

Una reflexión sobre la posverdad, posmodernidad, poslegalidad y otros ‘pos’ que rigen nuestra actualidad: el discurso que pronunció la escritora y periodista Luisa Valenzuela al recibir un doctorado Honoris Causa en la Universidad Nacional de San Martín, en Argentina.

2017/08/16

Por Luisa Valenzuela

El desafío perpetuo

¿Cómo expresar el gran honor y el sincero orgullo que me despierta esta distinción?

Por lo pronto agradeciendo profundamente al rector, el poeta  Carlos Ruta,  a mi querido Cristian Alarcón tan brillante y generoso, a las autoridades de esta estupenda universidad pública; a todos ustedes aquí presentes junto a mi familia, y también a quienes en diversas geografías me acompañaron y alentaron a lo largo de mi más de medio siglo de escritura. La lista es variopinta y valiosa. Y quisiera también dedicarle estas palabras a Otilia Vainstok que acaba de dejarnos, gran amiga y brillante socióloga, cuyo pensamiento esclarecedor echaremos mucho de menos en estos tiempos tan confusos.

Confusos, sí, por eso cuando me pidieron un título para la presentación de hoy sin pensarlo dos veces dije El desafío perpetuo. Y así empezó todo, al asumir un desafío que se  desdobla y multiplica, escribiendo y borrando por enésima vez lo que habré de decir hoy, este martes (día que ni te cases ni te embarques ni de tu casa te apartes), martes 13, para colmo, si bien de junio, es decir en el venerable  Día del escritor cuando tendré que demostrar –¡como si hiciera falta a esta altura!— que lo es también de la escritora.

Y lo hago por escrito, valga la redundancia, porque escribir me permite entrar en contacto con esas ideas escurridizas, ignotas casi, que suelen escabullirse cuando intento poner en juego el pensamiento digamos racional y la impaciencia me corroe. Abordar lo que tengo elucubrado de antemano es para mí de lo más antidesafiante.

En cambio escribir es una forma de pensar sotto voce, con la voz interior que se toma su tiempo y organiza  su discurso. Su decurso. El mismo que, si tengo suerte, me conducirá por caminos inexplorados, o al menos imprevistos.

He ahí el desafío. Perpetuo, si se quiere seguir delante.

Habiendo abundado recientemente sobre los peligros de la posverdad,  me acaban de preguntar durante una entrevista:

“¿Cómo impacta en la literatura la posverdad?  ¿Se podría decir que el escritor tenía el monopolio legítimo de la mentira, de la invención, de la imaginación, pero que ya no tiene ese monopolio porque los políticos se los disputan?”

Interesante paradoja…  Porque es sabido que la gran literatura nunca miente. Ya sea en ficción o en poesía la verdad no suele ser frontal y menos aún dogmática. Va aflorando de manera conmovedora en los repliegues del lenguaje.

Es asombroso el grado de  premonición, de peligrosa anticipación que vamos descifrando en las obras literarias. En cambio la posverdad es lo otro, es el vender espejitos de colores, es una trampa de prestidigitación para hacernos ver lo que no está allí. Es un apropiarse de nuestras expectativas, dibujándolas en beneficio del emisor.

Más allá de los posts de Facebook, pero no mucho, ahí no más, lo pos, lo post como prefijo se adueña de todo, lo desvirtúa. Encontramos lo post fáctico, sin ir más lejos, que según el  Washington Post (¿cuál si no?)  alude a aquello que el público acepta sin preocuparse por confirmar si los hechos que se le presentan son verdaderos o falsos; sólo se interesa, el público en general, por los hechos supuestos que confirman sus opiniones preexistentes, desentendiéndose de aquellos que  las contradicen.

El lobo de Caperucita Roja (color alarma) se ha desdoblado.

¡Qué ojos tan grandes tienes!, preguntamos asombradas: ¡Para verte mejor! contesta el lobo intelectual.

¡Qué boca tan grande tienes!: ¡Para comerte mejor! Contesta el lobo neoliberal.

Por lo cual el nuevo desafío consiste en  mantenernos siempre alertas.

Y en detectar los destellos de la roja luz de Alarma, color Caperucita..

Al respecto, Walsh me viene a la memoria. María Elena Walsh, porque parecería que estamos viviendo en el Reino del Revés.

Cabe recordar las primeras estrofas:

“Me dijeron que en el reino del revés/ Nada el pájaro y vuela el pez,/Que los gatos no hacen miau y dicen yes/ Porque estudian mucho inglés”.

En la actual coyuntura esta simple canción infantil parecería adquirir tonalidades discepolianas convirtiéndose en el Cambalache del siglo XXI

Es que no sólo la posverdad y lo post fáctico están a la orden del día. Se habla también de la poslegalidad que prefiero no explorar en este momento.

Es que la tan mentada y antiguamente alabada globalización se ha ido apoderando de las buenas ideas, desvirtuándolas. Privilegiando (y que Freud me disculpe) el Principio de Placer (para unos pocos) por sobre el Principio de Realidad.

Todo lo cual nos remite al posmodernismo, aquella simpática teoría literaria que hablaba de la carnavalización del texto (vía Bajtin) y alababa la parodia.

Acudo a nuestro viejo amigo Jean-François Lyotard para descubrir, o quizá redescubrir (que viene a ser lo mismo) una clara  advertencia en su seminal tratado de 1985, La condición posmoderna.

Y leo:

“Debemos acostumbrarnos a pensar sin moldes ni criterios. Eso es el posmodernismo". La posmodernidad…

Y agrega más adelante:

“Nos encontramos con sociedades en las que la manipulación del poder y de los medios han desplazado a la libertad de pensamiento y para las cuales la educación no ofrece una finalidad rentable ni operativa".

Resulta escalofriante este preaviso de décadas atrás.

Recordándolo, y respondiendo al desafío propuesto, retorno al presente.

Y asocio la idea de rentabilidad con los “talleres de entusiasmo” que ofrece Alejandro Rozitchner a nuestros jerarcas, y que han sido muy comentados en las últimas semanas a raíz de su desprecio por la capacidad intelectual de los artistas populares. Desatendiendo (o quizá temiendo) a Marc Augé cuando dice todo intelectual libera pensamiento.

Y yo, quizá para liberar pensamiento, vaya una a saber, años atrás  caminé sobre el fuego. Tizones ardientes. Lo hice por la experiencia en sí, si bien no estaba en ni Fiji ni en la noche de San Juan en nuestras provincias, sino en una escuela pública de Nueva York, un viernes al atardecer.

“Poder sobre el miedo” rezaba el slogan. El instructivo de siete horas previo a la caminata --mientras en el patio ardían las enormes hogueras preparando las brasas—el instructivo, repito, estaba destinado a convencernos de que vencer el miedo es una forma de adquirir poder; poder sobre los demás que es lo que les importa a este tipo de instructores. Y si oblábamos el curso completo podríamos asistir al taller de fin de semana donde aprenderíamos cómo convencer a nuestro interlocutor de cualquier cosa, y conseguir de él o de ella lo que quisiéramos.

Se trataba de una educación que, oponiéndose a Lyotard y acercándose a Rozitchner, prometía ser rentable…

Pero no tomé el curso y sólo caminé sobre brasas para experimentar de manera empírica qué es eso de escribir con el cuerpo.

Viejo tema que vengo postulando desde hace años, esto de escribir con el cuerpo. Algo así como una enorme exaltación, a veces de júbilo, una pulsión libidinal podría decirse, una descarga de adrenalina que nos alimenta las baterías, más allá del tema tratado, de la historia que se está escribiendo, más allá del drama o de los posibles horrores descriptos.

Es que “El secreto profesional del arte es la fundación de sentido”,  tal como afirma el filósofo alemán Rüdiger Safranski. Y agrega “En el interior del arte hay un rumor misterioso que amenaza al arte mismo. El misterio procede de la imaginación, que es una creación de la nada (...)”.

Rescato el concepto de la nada, y sobre todo el de creación.

Desde el punto de vista literario, claro está.

Y es en esta instancia de felicidad creativa cuando encontramos la salida del laberinto de palabras que hemos ido construyendo al escribir, dejándonos guiar por las respiraciones, los sonidos. Al menos para quienes, como es mi caso, sólo saben avanzar sin mapas por el territorio de las letras. Quienes buscamos la sorpresa, una sorpresa coherente que debe nacer del propio hálito de lo que se está escribiendo. Del lenguaje mismo.

Así avanzo. Y sé de la amenaza que menciona Safranski.

Y rescato el peligro. Lo atesoro.

Todo escribir en libertad es un caminar sobre brasas ardientes…

Porque otra de la citas con las cuales a menudo me doy cita, es una de George Steiner que dice:

“No estoy seguro de que salga ileso quien, por escrupuloso que sea, emplee tiempo y recursos imaginativos en el examen de (l)os lúgubres lugares. Sin embargo esos lúgubres lugares están en el centro del panorama. Si los pasamos por alto, no puede establecerse ninguna discusión seria sobre las potencialidades humanas”.

Y en eso estamos, intentado mirar de frente los lugares espesos, y a la vez tratando de defendernos de las apropiaciones indebidas.

No me mueve a escribir novelas o cuentos la necesidad de contar historias, ni un afán de catarsis o de expiación. Es apenas un loco intento de ir en busca de aquello que sabemos perdido de antemano. Lo que no puede ser dicho.

Es así el fervor que nos agudiza las antenas, que imanta nuestro entorno y pone a nuestro alcance la información o el dato o la sorpresa que nos irá conduciendo en esa espeleología del sentido.

Imposible, sin embargo, pretextar inocencia frente al lenguaje.

O al entorno. La antigua “torre de marfil” donde decían refugiarse los literatos ha sido obliterada para siempre.

“Tengo miedo de escribir. Es tan peligroso” dice Clarice Lispector en Un soplo de vida. “Quien lo ha intentado lo sabe. Peligro de hurgar en lo que está oculto, pues el mundo no está en la superficie, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar. Para escribir, continúa Lispector, tengo que instalarme en el vacío. Es en este vacío donde existo intuitivamente. Pero es un vacío muy peligroso: de él extraigo sangre”.

Y agrega:

“Escribir es una piedra lanzada a lo hondo del pozo”.

Bien lo sabemos, aquí y ahora. En este mundo en que somos la piedra y somos el pozo, y se impone escribir o al menos rescatar un pensamiento en constante actividad.

Porque no debemos engañarnos. Nos envuelve una nube oscura que pretende ser clara, que pretende insuflar optimismo, cuando desde la alturas del poder nos insisten, al mejor estilo Cándido de Voltaire, que “Todo está para mejor en el mejor de los mundos”.

Mientras la realidad cotidiana es muy otra.

El pozo y la piedra.

Y se impone percibir los engaños.    

¿Escribir ficción política, entonces?

Más bien permitir que la política se cuele en la ficción, como mal necesario, como intrusión inevitable. Que nos permitirá acceder a lo incomprensible, y con mucha suerte ejercer de manera involuntaria y muy a nuestro pesar, un don profético.

No siempre bienvenido.

A veces aterrador.

Porque en estos casos se impone avanzar sobre el fuego, caminar por el filo de la navaja.

Y defender los bastiones.

Podemos pensar, por ejemplo,  que estamos en un tiempo de posPatafísíca.

¿Recuerdan ustedes la Patafísica, esa alegre ciencia de las soluciones imaginarias propuesta por Alfred Jarry en los albores del siglo XX?  La ciencia que invita a ver no este mundo fáctico sino su complementario, a interesarse por las excepciones en lugar de las reglas.

La Patafísica, que fue postulada por ese personaje inaudito, el doctor Faustroll, y de la cual el desaforado y despótico Ubú Rey hacía mal uso. La misma que dio origen al Dadá y más adelante al Surrealismo.

Bien. Ahora la ciencia de las soluciones imaginarias  parecerían ejercerla los nuevos gobiernos neoliberales, los mismos que podemos definir como gerEntocrácias y valga el neologismo, los  que aceptan el postulado patafísico por excelencia de No tomarse lo serio en serio. Salvo claro está en temas que los concierne directamente.

¿Tendremos la culpa nosotros, artistas, intelectuales, poetas y gente aún peor como alguna vez dijo Borges, por darles las ideas?

El presidente Trump, sin ir más lejos, parece haber adoptado en beneficio propio una propuesta irónica lanzada por el destacado escritor mexicano Homero Aridjis, que supo ser presidente de PEN International

Hace un par de meses Aridjis propuso, junto con un colega y en son de burla, que México efectivamente debería pagar el célebre muro. Y fabricarlo de paneles solares que allí son baratos, para luego venderles la energía a los Estados norteamericanos limítrofes. Un par de días atrás, el diputado republicano Steve Scalise lo planteó como una genial idea de su presidente para cobrarles la energía a México!

Así va la cosa. La pregunta es dónde iremos a parar nosotros, los “sudacas”, que intentamos un posneoliberalismo para contraponer todos los otros pos y posts y fuimos sofocados.

En esta cacofonía de acciones que nos interpelan a diario y a veces nos arrastran ¿qué función cumplen la escritura y la lectura y el arte y la cultura  ?

¿Son paragolpes? ¿Ersatz, consuelo de tontos, paliativos?

Nada de eso. Pueden llegar a ser lentes de aproximación, herramientas de encuadre. Y hasta de defensa.

Por eso escribo, y borro, y vuelvo a darle vuelta a las preguntas que a veces vienen desde fuera.

Lo aterrador --que al mismo tiempo nos permite un cierto juego de cintura-- es saber que no se trata de un problema circunscripto a nuestro humilde lugar en el concierto de las naciones.

Se trata de un  drama universal, el resultado de una globalización que nos reventó en la cara.

La Argentina  es apenas un peón en esta movida.

Pretenden hacernos creer, sin embargo, que es así como nos integramos al mundo; y no cabe la menor duda: nos integramos al mundo de los devoradores, en calidad de presa.

Y ante tamaño dislate no puedo seguir reflexionando sobre literatura. Me rebelo. Me encabrito.

La periodista que dormita en mí no me deja hurgar en profundidades, me remite a la superficie de los hechos.

¿Cómo escribir esto?

Desafío perpetuo que se nos hace carne.

Hoy lo pienso así. ¿Y mañana, qué?

La perpetuidad del hoy. Del aquí y ahora.

¿Cuándo empieza el futuro? preguntó cierta vez un importante novelista latinoamericano.

Está empezando ya, continuamente, y ya es pasado, y ya nos venden otra historia.

Y salta la sempiterna pregunta:

Escribir ficción, ¿para qué?

¿Para tratar de entender, repito, para enfrentar desafíos?

En cierta medida, y qué le vamos a hacer. Escribir se hace imprescindible para permanecer alertas y encarar los escollos con los elementos que vamos encontrando al avanzar, cabos sueltos para armar intrincadas redes que sagaces lectores y lectoras descifrarán a trasluz.

Podemos decir que la escritura y la lectura nos abren a una vista oblicua de lo real. Un paisaje ampliado.

Porque la creatividad puede asomar sus narices en todas las instancias y en cualquier momento. Para detectarla, basta andar por la vida con las antenas aguzadas. Así se dan los hallazgos sorpresivos, los encuentros fortuitos, las asociaciones inesperadas a las que accedemos a veces por pura serendipia.

Buen término, serendipia, hoy en boga (¿por que será, me pregunto?), acuñado en 1754 por el poeta Horace Walpole, basándose en un antiguo cuento persa, “Los tres príncipes de Serendip” quienes de manera totalmente azarosa encontraban solución a los más arduos problemas.

Y de golpe me salta a la memoria una vieja frase de los sesenta: “Paren el mundo que me quiero bajar”.

Hoy es el poder globalizado el que pretende bajarnos del mundo, no de un hondazo como un a pájaro cualquiera, sino de un decretazo o un tarifazo

Herramientas para mantenernos en la rama, en equilibrio incierto.

Serendipia. Oda al azar. Porque es así como voy llevando adelante mi escritura. Y estas reflexiones.

Y me subo al tren de pensamientos sin meta fija (¿sin metafísica?) para que la meta se perfile y el lenguaje sea mi guía.

Y le canto al azar.

Y de golpe le abro la puerta a la contradicción al asociar con una escena de Chesterton en su novela filosófica El hombre que fue Jueves…

Encuentro la escena y la trascribo.

Los dos colegas discuten. El primero, en defensa de la anarquía, afirma:

“…un artista ignora todos los gobiernos, elimina todas las convenciones, el poeta se deleita sólo en el desorden, si no fuera así, lo más poético del mundo sería el tren subterráneo."

"Lo raro e insólito es dar en el blanco” le retruca el otro. “Lo grosero y obvio es errarle. Pensamos que es épico cuando el hombre con una rauda flecha alcanza al pájaro distante. ¿No es acaso también épico cuando el hombre con una rauda locomotora alcanza una estación distante?  El caos es aburrido, porque en el caos el tren puede ir a cualquier parte, a Baker Street o a Bagdad ... Pero el hombre es un mago, y toda su magia está en esto, en que dice Victoria, y ¡oh! llega a la estación Victoria".

No sólo el azar alimenta la escritura, también ese gran desafío que es la paradoja. Y sobre todo la coherencia y la mirada dual para sopesar las instancias contrapuestas.

Porque la victoria, no la estación de tren sino la otra, puede encontrarse a ambos lados del espejo. Y el blanco suele no ser fijo. Puede no solo ser móvil; interesante resulta cuando es ignorado pero al final del recorrido se entiende que la flecha  (o la locomotora, si vamos al caso) partiendo de donde partió no podía dirigirse a otro destino.

Es decir que no estoy asumiendo una postura surrealista. El paraguas y la máquina de coser pueden dormitar tranquilos sobre su célebre mesa de vivisección. Tampoco reivindico por ahora la postura Patafísica que nos ha sido expropiada. Ya vendrá el momento de recuperarla con todas las de la ley, ¡no piensen que PEN Argentina se entrega fácilmente!

Por hoy solo rescato una canción. Patafísica en este caso. De Alfred Jarry.

Mucho de esta actualidad que nos aqueja me trae a la memoria la Máquina de Descerebrar del Rey Ubú y su célebre “Canción del Descerebramiento”, cuyas primeras estrofas me permití transcribir décadas atrás en versión porteña, hoy acondicionada, actualizada diría:

“Últimamente soy un feliz rentista/ en la avenida Quintana parroquia del Pilar/ mi mujer es una bella estilista/ y jamás nos podemos quejar./ Cuando el domingo se anuncia sin nubes/ nos vestimos cual alegres querubes/ y vamos ver el descerebramiento/ acá en la Recoleta, a pasar un buen momento.”

Estribillo:

“Mirad, mirad la máquina girar/ mirad los sesos saltar./ ¡Cuernos de marabú,/ viva el padre Ubú!”

Metáforas. Así, nos valemos de asociaciones libres, desafíos, desvíos, desvaríos, interpretaciones que si bien le deben mucho a la serendipia, es imprescindible que tengan consistencia propia. Sustancia. Razón de ser. Remisiones eternas como diría Cortázar de algo que está en otro lado, pero está.

Jean-Bertrand Pontalis decía que recordar es menos importante que asociar, asociar libremente: disociar las relaciones instituidas, sólidas, establecidas, para hacerle lugar a otras que con frecuencia pueden ser relaciones peligrosas...

Y no hay recetas. Hay una busca constante, desafíos perpetuos. Y eso es lo bueno. Cuando se trata de la escritura, esa forma de vida. Y de comprender la realidad.

Parecería ser cierto que nada se pierde, todo se transforma. En mayor o menor grado. ¿Cómo era la célebre frase de Marx?

La historia se repite dos veces, primero como tragedia y después como farsa…

El percibir la farsa no nos exime de asumir responsabilidades.

La escritura ficcional parecería ser un motivo de preocupación menor ante la realidad circundante, pero la mirada literaria sirve para distinguir con nitidez la diferencia entre la ficción y la realidad. Y poner en juego la imaginación (en tanto tal) para que las aguas no se confundan. No nos confundan. Es decir no nos lleven a confusión ni nos tomen por otros.

Creo en el poder de la verdadera imaginación creativa que por fortuna estamos viendo desplegarse en distintos ámbitos. Pienso por ejemplo en las valientes integrantes de la llamada Fuerza Artística de Choque Comunicativo cuyos propios cuerpos desnudos inscriben la protesta en la plaza pública.

La toma de conciencia nos llega desde diversos ejes. Desde Tucumán con la nueva Declaración de  la Independencia Cultural de Nuestra América, desde los múltiples y tan variados colectivos de mujeres que defienden a rajatabla nuestros derechos, desde el Manifiesto Argentino que se presentó en Santa Fe este mes de junio o las propuestas del Frente de Artistas y Trabajadores de las Culturas, que reclama pluralidad cultural y atención a los pueblos originarios, entre otras propuestas.

¿Palos en las ruedas del gobierno? Nada de eso. Todos queremos que el país avance como se merece.

Pero sin olvidar a los nuevos desamparados y desamparadas, y siempre atentas al poder de la palabra.

Posverdad, poslegalidad, lo post fáctico. Son todas operaciones mediáticas.

Luchemos para que no se conviertan en amenaza póstuma. Busquemos las curas para  que tengamos un rápido y contundente postoperatorio.

Les corresponde a ustedes, a nosotros, estudiantes, intelectuales, artistas, gentes del pensamiento, seguir ideando caminos posta posta, caminos alternativos de verdadera esperanza.

No minimicemos los granos de arena que podamos contribuir. Servirán para ir trabando los engranajes de la global -- y no por metafórica menos peligrosa-- Máquina ubuesca de Descerebrar, accionada por esa otra metáfora grotesca: la supuesta “mano invisible del mercado”.

Muchas gracias.

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