Marta Sanz. Foto: Juan Manuel Valencia. Marta Sanz. Foto: Juan Manuel Valencia.

Marta Sanz y el relato del cuerpo

La escritora y profesora madrileña Marta Sanz fue una de las invitadas de “El café de la memoria” de ARCADIA e Itaú en la Fiesta del Libro de Medellín. Hablamos con ella después de su conversatorio para profundizar en su enfoque de la memoria desde lo cercano e íntimo y del cuerpo como espacio político.

2018/10/07

Por Miguel Rojas*

"El café de la memoria" en la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín es posible gracias a una alianza entre ARCADIA e Itaú.

La reflexión que la escritora y profesora madrileña Marta Sanz, autora de la novela Lección de anatomía, publicó recientemente en ARCADIA cierra diciendo: “Yo no vivo para contarlo, sino que cuento, es decir, hago memoria –la selecciono, me apropio de la ajena, la mezclo, la congelo, la resucito, la domestico, le doy aliento– para poder vivir.” Sanz fue una de las invitadas de “El café de la memoria” de ARCADIA e Itaú en la Fiesta del Libro de Medellín.

En conversación con Camilo Jiménez, director de la revista, la autora ahondó en sus reflexiones desde aquel texto: allí definió la memoria como el relato donde se encuentran diferentes voces, como el espacio público donde cada uno toma un pedazo para construirse. A su vez, planteó la idea de la memoria desde el cuerpo que, para ella, es el espacio más cercano y más frágil que da cuenta de nuestros cambios. Ese relato del cuerpo —de sus cicatrices, sus arrugas, su transformación—, dice, es la instancia más cercana de la memoria de nuestro ser y, a través de él, nos conectamos con los demás.

Hablamos con ella después de su conversatorio para profundizar en ese enfoque de la memoria desde lo cercano y el cuerpo como espacio político.

¿Por qué esa fijación en lo que usted llama “lo cercano”?

En principio, porque yo creo que lo personal es político. Las pequeñas cosas, las pequeñas microviolencias, los dolores pequeños, los comportamientos vulgares, mezquinos, los asesinatos que se producen entre cuatro paredes, o yo que sé, o las peloteras entre dos amantes despechados, son un poco el reflejo de las enfermedades más grandes, de las enfermedades  sistémicas.

Yo por eso me fijo en lo pequeño, me fijo en lo próximo. Y creo que precisamente el oficio de las escritoras y los escritores consiste en buscar las palabras más adecuadas para que nos ayuden a perfilar esas cosas tan próximas que a veces no vemos de pura proximidad, de pura normalidad. A mí me interesa que se oiga la música de los ascensores, o que se oiga el tictac de los relojes con los que nos acostamos. Creo que esa representación de lo pequeño puede llegar a ser universal y grande.

¿Por qué decides usar al cuerpo como esa herramienta para narrar lo cercano, lo próximo?

En Clavícula escribo: “En un lunar de mi cuerpo reconozco el cosmos”. Como ya te dije, creo que en las cosas minúsculas se reflejan las cosas más grandes, que lo personal es político, que lo que sucede dentro de las alcobas es una proyección de una manera colectiva de entender los sentimientos, que las microviolencias son el resultado de las violencias sistémicas. A la vez, creo que lo pequeño va conformando lo grande y, a veces, incluso lo desdice intrépidamente. A mí me interesan los libros que a través de la marca del lenguaje nos permiten ver las motas de polvo, las partículas minúsculas, lo vulgar de la realidad. Lo que compartimos.

Me interesa la indagación que recorre la línea que va del adentro hacia el afuera. Y en ese juego el cuerpo es una metáfora privilegiada, lo más inmediato: el espacio colonizado por un discurso que nos enferma o nos reprime, el espacio con el que atravesamos una realidad que nos va dejando sobre la piel estigmas, cicatrices y máculas. También laxitudes o gestos que son el resultado de la felicidad o de la rebeldía. Pienso que el cuerpo es como la página en blanco sobre la que se escriben nuestras carencias, excesos, los deseos realizados y los no realizados: si bebimos leche de pequeñas o no, si nos acostamos con las personas que deseábamos o no, si nuestras manos se llenaron de callos o se nos encorvó la espalda a causa de nuestro trabajo. Lo cotidiano, lo inmediato, deja una marca en el cuerpo. Las acciones son la escritura y la caligrafía; el cuerpo, el soporte donde se imprimen esas letras.

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Te has referido al cuerpo como una metáfora constante en tus obras. ¿Cómo te identificas tú con el cambio que ha tenido tu cuerpo a lo largo de los años?

Yo soy mi cuerpo. Soy mi cuerpo en cada uno de sus momentos, en cada uno de sus estados, mejores o peores. Yo era mi cuerpo cuando era adolescente en transformación licantrópica y soy mi cuerpo en este otro momento de transformación licantrópica que tiene que ver con la menopausia femenina. Lo que a mí preocupa desde el punto de vista de la perspectiva de género es que muchas veces las mujeres no aceptamos nuestro propio cuerpo porque nos construimos, o queremos emular, determinados modelos estéticos que vienen heredados de una historia cultural que nos pertenece solo hasta cierto punto. Creo que esa es una de las razones por la que uso permanentemente el cuerpo como metáfora de la propia identidad y de la propia literatura. Eso es atravesado por una condición de mujer que es consciente de que las mujeres vivimos en un mundo donde el cuerpo es importante, porque es el espacio que nos queda: la sexualización o la maternidad. Yo intento darle otra vuelta de tuerca a ese tópico, resignificando el cuerpo de la mujer más allá de esas imposiciones.

¿Cómo has planteado, o planteas, la resignificación de la mujer, de su cuerpo, en tus obras, en la literatura?

En todos mis libros hay un intento de resignificar a las mujeres. A las mujeres en plural, no en singular perpetuando esa idea reduccionista de que la feminidad es algo esencial, ajeno a los contextos o a las clases sociales, a las razas o las particularidades psicológicas de cada quien. He intentado desesencializar esa idea espuria de lo femenino que, como mucho, nos dejaba movernos en la estrecha horquilla de la puta o de la santa. También he procurado indagar en la falta de neutralidad para nombrar el cuerpo de las mujeres y en cómo esa falta de neutralidad se vincula con el concepto de clase. En Susana y los viejos los genitales de la sirvienta de la casa se nombran con palabras soeces, mientras que los de las chicas de clase privilegiada se embellecen —se desdibujan, se mitifican, mienten— a través del eufemismo embellecedor. Las dos maneras de nombrar colocan a las mujeres en un espacio falso, pero la manera de nombrar a la mujer desfavorecida suma a la falsedad la denigración. Tratar de resignificar a las mujeres pasa por replantearnos cómo las nombramos y con qué mimbres las construimos como personajes literarios: los de la herencia cultural han de sumarse a los de nuevas voces en las que cristalizan nuevos, imprescindibles e inclusivos modos de mirar.

*Estudiante de Periodismo de la Universidad de Antioquia. El cubrimiento de ‘El café de la memoria‘ es posible gracias a una alianza entre ARCADIA y la Universidad.

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