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Medellín: 3 historias para junio

Adriana Cooper comparte tres reflexiones sobre la cotidianidad en Medellín.

2018/06/12

Por Adriana Cooper

Elquédirán

Creo que tenía menos de 10 años cuando mi abuela contó una historia vieja, la de una vecina que había “caído en desgracia”, un estado asociado con la mala suerte y en el que la persona vivía varios problemas de forma simultánea. A ella la describían como una señora mayor, elegante, de vestidos, pelo recogido que recordaba a las bailarinas de ballet, con la piel blanquísima y un olor insoportable a rosas dulces que salía de los armarios y se quedaba en la ropa o en las manos del que la saludaba. Su marido, un negociante conocido, había quebrado y la comida era escasa. Pero nadie sabía, porque les daba pena contar, pedir, recibir. Y entonces ella, acostumbrada a recibir invitados en su casa y a ser vista como una señora “de bien”, comenzó a llenar las ollas con agua y hierbas.

Y cuando la mezcla hervía, el olor salía por las ventanas y llegaba a otras casas, y a otras señoras que decían, qué bien cocina Margarita, a quién habrá invitado, cuál será la comida de hoy. Un día cualquiera, una de las vecinas de la cuadra llegó hasta esa casa para pedir un favor y descubrió la farsa: Margarita no cocinaba nada. Solo tenía ollas con hierbas y agua caliente para confundir los vecinos y no alborotar elquédirán.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces y esa historia aparece cada vez que en Medellín oigo gente a la que le da pena montar en bus público, ir sola a cine, repetir un vestido o una camisa, hacer una pregunta, exigir los derechos ante la EPS, pedir más tiempo para hacer un pago, tomar café con una mujer que no es la esposa o novia para evitar ser visto y generar comentarios, ir al D1, un supermercado barato. Y me acuerdo de gente que es así en otras ciudades. Y también me acuerdo de gente que no es así en otros lugares y me alegra verlos bailar sin miedo al ridículo, vestirse sin temor a que los critiquen, ir por la vida sin esa pesada carga. Porque aunque uno no vaya con ella, muchos sí y a veces hay que tenerla en cuenta. Estar en Medellín es aprender a vivir con elquédirán de muchos, de los otros, a vivir con esa presencia, con unos ojos que juzgan, limitan o aspiran a sentirse mejor que los ajenos. No son tangibles, pero están ahí, para censurar. En ¿Contrarios?, un libro para ejercitar el arte de pensar de Oscar Brenifier y Jacques Després dice: “la libertad es la posibilidad de elegir por nosotros mismos aquello que pensamos, hacemos, amamos, a dónde vamos, cómo nos comportamos”. También habla de la necesidad: “es aquello que no podemos elegir, lo que nos es impuesto y nos obliga. Es a lo que debemos obedecer”. Y pregunta: ¿Puede existir la libertad sin tener en cuenta a la necesidad? En este libro que se convierte en un curso elemental de filosofía para niños y también es interesante para los adultos, uno podría decir que sí. Pero no, al menos mientras exista elquédiran. “La felicidad es cuando nos olvidamos de la infelicidad en que vivimos”, dice Afonso Cruz en El pintor debajo del lavaplatos. Si uno sigue con esta frase, podría agregar: La felicidad es cuando nos olvidamos que nos miran.

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Agradecé”

Hace unos días, un par de hombres decidieron ser guardas de tránsito. Con un atuendo informal, se detuvieron en medio de una calle congestionada que desemboca en una avenida principal. Con la palma de la mano extendida y visible, anunciaban a los carros cuándo parar y le daban vía a otros que venían por un costado. Y si había un conductor que intentaba ignorarlos y seguir el paso, se paraban en medio de la calle, inmóviles y con el torso tenso, abierto, desafiante, como si dijeran: aquí estamos y no puedes seguir. Un carro blanco se detuvo. Adentro estaba una mujer que abrió la ventana y le dijo al hombre: es ilegal, peligroso. Él se acercó a su ventana y respondió con un grito: mamita como estás de rica para hacerte… Ella, incómoda y enojada, dijo que la respetara. “Antes agradecé que te lo dije”, replicó el hombre. Y pasa así: en supermercados, sitios públicos, hasta en reuniones de trabajo. Algunos ven normal que algunos jefes saluden con un beso en el cuello o pregunten por qué o para quién se puso ella ese vestido. Algunos ven normales que un desconocido en la calle le grite a una mujer su fantasía mental.

Autoexperimento

El hombre tiene los pómulos de la cara hundidos, no sé si por hambre o simplemente es así. Sostiene un cartel donde escribió con marcador negro y trazo tembloroso que es desplazado y necesita ayuda, mejor si es plata. Ella, joven, camina entre los carros con una camisa corta que deja ver la piel bronceada, dice que es venezolana, no tiene trabajo, que agradece cualquier moneda. Milagros se llama la mujer que dice vivir en Loreto y vende dulces en la avenida porque el marido de su hija la dejó sola con tres hijos, y uno de ellos tiene una enfermedad terminal. Francisco dice llamarse, tiene un sombrero blanco y dice estar nervioso porque aún no ha vendido suficientes aguacates y se va a acabar el tiempo para reunir el dinero y pagar la cuenta de servicios; ya estuvo unos días sin agua y sin luz y se sintió miserable.

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Desde hace más de dos meses, decidí bajar las ventanillas del carro cuando estoy en un semáforo y alguien viene a ofrecer algo: “chicles, aguacates, necesito una ayuda, estoy sin trabajo”. Al principio, sentí miedo, sobre todo en las noches. El experimento consiste en bajar el vidrio, saludar, decir sí, o no voy a comprar, y preguntar cómo está la persona, sin más. La idea inicial era ver si realmente la gente que pasa tanto tiempo en la calle es tan agresiva como dicen y quitarles la condición de invisibles.

Han pasado varias semanas desde entonces y las respuestas todavía me llaman la atención. Ninguno de ellos se molestó cuando dije que no podía comprar lo que ofrecen, incluso se sorprendieron o alegraron cuándo les pregunté cómo están. Algunos incluso reaccionaron con euforia. Ninguno ha sido agresivo, ni siquiera ha mirado qué tengo dentro del carro o ha intentado llevarse algo. No sé si pase lo mismo en otros barrios o calles por las que me muevo menos. Lo único que puedo decir por ahora es que a esta ciudad llega cada vez más gente que busca un trabajo, una solución, un lugar, escapar de algo o alguien. O simplemente ser visible. Y el resto miramos. Tal vez, inmunes.

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