Esta interpretación de la obra se presentó en el auditorio Natividad Pinto de la Universidad Nacional, sede Bogotá. | Foto: Diana Rey Esta interpretación de la obra se presentó en el auditorio Natividad Pinto de la Universidad Nacional, sede Bogotá. | Foto: Diana Rey

“¡Mi nombre es Antígona!”

Para conmemorar el día de la mujer, varias víctimas del terrorismo de Estado se juntaron para volver a presentar ‘Antígonas, Tribunal de Mujeres’, un clamor por la justicia que merecen y una manera de honrar la memoria de las víctimas.

2019/03/08

Por Julián Santamaría*

“Mis propias manos, después de vuestra muerte, os han lavado, os han vestido y han derramado sobre vosotros las libaciones funerarias; y hoy, Polinice, por haber sepultado tus restos, ¡he aquí mi recompensa!”: Antígona


En un momento en el que el Estado parece arrancarle a las víctimas la posibilidad de entenderse, contarse, expresarse y de manifestar sus historias de vida, Antígonas, Tribunal de Mujeres se alza como una obra de gran importancia para la construcción de memoria, como un espacio que cuestiona el rol del Estado durante el conflicto armado, y su deseo y capacidad de reparar a las víctimas.

“Soy Antígona, la desobediente. La odiada por los amos y los imperios”. | Foto: Diana Rey

Desde 2011, Carlos Satizabal, director de la obra, se ha encargado de juntar a mujeres víctimas del terrorismo de Estado para que, a través de este proyecto colectivo, investiguen, conozcan e internalicen sus historias personales. ¿La idea? Que se encuentren en un lugar común, en la tragedia de Antígona, una figura a través de la cual la mujer ha manifestado la rebeldía y una obra que ha servido como vehículo artístico de denuncia.

En esta ocasión, Lucero Carmona y Luz Marina Bernal, madres cuyos hijos fueron asesinados por agentes del Estado, Mayra López, ex dirigente estudiantil de Sucre, víctima de montajes judiciales, y Orseni Montañez, sobreviviente del genocidio político contra la Unión Patriótica (UP), presentan ante un tribunal los objetos personales de sus seres queridos asesinados.

“Que vengan aquí, a responderles a ustedes. A responderle a nosotras”. | Foto: Diana Rey

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Este tribunal no es tan solo la interpretación de un libreto. La obra incluye cantos, danzas, video, fotografía y narraciones y, paralelamente, desarrolla dos registros que se alimentan el uno al otro.  Por un lado, Antígona se convierte en el espejo en el que ellas encuentran una voz en común. Con esta nueva voz colectiva la historia de Antígona se carga de nuevos significados que demuestran su valor como una de las grandes tragedias de Occidente.

Satizabal reconoce que en esta reinterpretación de la historia de Antígona, Creonte, el victimario, es una figura ausente. Aún así, sus acciones tienen repercusiones perdurables en la vida de las Antígonas, es decir, de estas colombianas. Establece el paralelo con el Estado colombiano, como la cabeza de una sociedad patriarcal que se convirtió en el asesino de quienes debía proteger y, para sumar a su pecado, no ha permitido dar “sagrada sepultura” a sus muertos. Una acción, que como lo menciona Satizabal, no era solo importante para los griegos, también lo es para la sociedad colombiana.

Por medio de sus interpretaciones en la obra, así como con la lucha que libran por conseguir justicia y honrar a sus seres queridos, estas mujeres han roto con el rol que les ha impuesto el patriarcado, y así han configurado un verdadero acto de rebeldía política.

Orseni Montañez, cuyo esposo fue asesinado durante el genocidio político de la Unión Patriótica. | Foto: Diana Rey

No es gratuito que en la obra de Sófocles, Antígona sea una mujer. Este género ha sufrido el conflicto de una manera radicalmente diferente a la de los hombres. Dentro de una sociedad patriarcal, se les ha impuesto el papel de cuidadoras, de fuentes inagotables de preocupación por sus seres queridos. Como lo comenta Satizabal, no extraña que la mayoría de organizaciones que velan por los derechos humanos, que buscan los cuerpos de desaparecidos y que velan por conmemorar a los muertos, sean mujeres.

“Nos tienen de juzgado en juzgado. De papel en papel. Pero acá no ha pasado nada”. | Foto: Diana Rey

“Los relatos de Antígona se fueron contaminando de las historias de Colombia”, añade Satizabal. De ahí que encarnando a Antígona, las mujeres puedan articular nuevas posibilidades en su historia personal y colectiva. Desde estas pueden contrarrestar y cuestionar  las ficciones que el Estado utilizó en su contra. Por ejemplo, las interpretaciones de la guerra que deshumanizaron a aquellos se encontraban del otro lado del espectro político para cometer crímenes atroces, y expedientes enteros que justificaban falsos positivos, encarcelamientos y desapariciones.

¿Cuántos años más debo recorrer Colombia para encontrar la otra parte de sus restos?” | Foto: Diana Rey

El momento con el que culmina la obra es, quizá, el punto que mejor ilustra la unión entre las Antígonas. Lina Tamara utiliza sus raíces palenqueras como una forma de reinterpretar la última acción de Antígona, tomar su destino en sus propias manos. Así, inspirada en los ritos funerarios que llevaban a cabo sus tías y su madre para velar a su tío, decide ejecutar una “limpia”. Flagelándose las extremidades con racimos de hierbas aromáticas, lleva a cabo el mayor acto de rebeldía que queda después de que enfrentar a Creonte: honrar a los muertos.

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*Periodista

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