Crédito: Ellingvag/Dagbladet/Corbis via Getty Images. Crédito: Ellingvag/Dagbladet/Corbis via Getty Images.

Philip Roth: un homenaje a voces

El escritor estadounidense de origen judío murió el 22 de mayo a sus 85 años.

2018/05/23

Por Revistaarcadia.com

Ricardo Silva Romero

Escritor

Philip Roth dijo lo que nadie había dicho, escribió lo que nadie había escrito. Pienso en los tres primeros libros que me vienen a la cabeza el día de su muerte: “El lamento de Portnoy”, “La mancha humana” y “La conjura contra América”. Y caigo en cuenta de que solo en esas tres novelas está claro que articuló secretos que no se habían expresado sobre la sexualidad de los hombres, describió como un profeta la era de las lapidaciones y advirtió que su país siempre estaba a un paso de caer en el fascismo. Que no se me olvide decir que todo esto lo hizo con humor: con una prosa que no se desviaba para hacer reír sino que estaba hecha de humor.

Gloria Susana Esquivel

Escritora

Philip Roth fue el primer escritor que me mostró que era posible hablar sobre el deseo erótico en la literatura. Lejos de los polvos llenos de eufemismos que estaba acostumbrada a leer, encontré que la narrativa de Roth se atrevía a describir, cargada de una mezcla rara de humor y compasión, la experiencia de habitar un cuerpo que es también una contradictoria máquina de deseo. Después de leer El lamento de Portnoy entendí que era posible escribir a un adolescente aturdido por el marisma de su propio impulso erótico, confundido por una madre castradora y una cultura puritana que castiga el sexo. Me habían advertido que Roth era un misógino, que sus libros estaban llenos de mujeres chatas, pero lo que encontré en sus páginas fue el testimonio de una subjetividad masculina compleja y la convicción de que para escribir es necesario poner el cuerpo.

Hernán D. Caro

Doctor en Filosofía y periodista cultural

Lamentarse mucho por la muerte de un escritor que se murió a los 85 años, reconocido mundialmente como uno de los grandes y miembro de esa lista de honor de los que no se ganaron el premio Nobel pero lo merecían, me parece un poco exagerado. Pero sin duda, la muerte de Roth es un momento propicio para celebrar su obra. Lo que yo celebro ante todo es esa genialidad de Roth de ser capaz de ponerse como artista muchas máscaras distintas a lo largo de su carrera –como Stanley Kubrick o Bob Dylan–, sin perder su voz y su poder, y fortaleciendo cada vez más su personalidad creativa. Roth es El lamento de Portnoy, que yo recuerdo como una novela descarada y excitante y con un sabor maravilloso a libro prohibido; es también La conspiración contra América, una especie de historia de horror y un sátira política que hoy es más real y más actual que nunca, y no solo en Estados Unidos; es la novela breve Indignación, que sentí como una fábula muy tranquila, y sin embargo muy fuerte y algo enigmática. Y en medio de todo eso, Roth es además la reflexión, de una manera siempre muy inesperada, sobre los conflictos raciales y sociales en Estados Unidos, sobre el despertar sexual, sobre la obsesión del sexo, sobre el sexo (o el deseo incesante) en la madurez, sobre lo imprescindible e insoportable que es la vida en pareja, sobre la vida de la gente dedicada al intelecto, y la lista sigue.

Maria Mercedes Andrade

Doctora en Literatura comparada y profesora

Como lectora, lamento mucho la muerte del escritor Philip Roth porque lo admiro mucho, sobre todo por la manera como logró retratar la experiencia de los judíos en lo que se conoce como el área triestatal de Nueva York y de Nueva Jersey, que son con frecuencia el tema de sus novelas. A él no se le suele clasificar dentro de la literatura étnica norteamericana, y sin embargo claramente hace parte de eso. Sus novelas retratan la experiencia de crecer y de hacerse adulto desde la perspectiva de los inmigrantes e hijos de inmigrantes judíos en Estados Unidos. En particular le tengo mucho cariño a su novela Portnoy‘s Complaint (El lamento de Portnoy), y aprecio sobre todo el sentido del humor allí; la manera como él retrata un cierto tipo de humor que se asocia con la cultura judía suburbana. De esa novela me gusta una especie de humor acelerado e histérico que hace parte de ese cliché de los judíos neoyorquinos, y que él describe muy bien.

Santiago Wills

Cronista

Cierta imagen no deja de dar vueltas en mi cabeza: Roth boxeando con fantasmas en 2012 a sus casi 80 años, avanzando erguido hacia una periodista mientras ríe, lanzando jabs como parte de su imitación de Robert de Niro en Toro salvaje. Roth de pie, a pesar de haber abandonado la escritura de ficción. Una figura llena de vida, incapaz de derrumbarse, a punta de recitar las palabras de su personaje más memorable: “And he couldn’t do it. He could not fucking die. How could he leave? How could he go? Everything he hated was here” (Y él no podía hacerlo; no podía morir. ¿Cómo podría irse? ¿Cómo podía haberse ido? Todo lo que él odiaba estaba aquí).

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Pienso entonces en un titiritero masturbándose sobre la tumba de la mujer que ama. Pienso en Sabbath, en Levov, en Zuckerman, Silk y, quizá algo menos, en Portnoy. Pienso en una prosa casi perfecta, en un humor oscuro, libre, del todo desprovisto de cobardía, y en sexo y belleza. “The butcher, imagination, pitiless, brutal and cruel” (El carnicero, la imaginación, implacable, brutal y cruel), anotaba Roth, en parte describiendo sus ficciones y la experiencia de los judíos en Newark y ese país mal llamado América. Y vuelvo a Roth en 2012, tal y como me lo describió una escritora norteamericana. “Truth comes in blows” (La verdad viene a golpes), y Roth sigue ahí, de pie, golpeando el aire mientras se acerca sin dejar de reír.

Sergio Gutiérrez Negrón

Escritor

Al igual que cuando murió Leonard Cohen, cuando me enteré de la muerte de Philip Roth anoche quise escribir algo que pudiera expresar esa extraña pena que le pega a uno cuando muere uno de sus héroes, especialmente esos héroes que el tiempo ha mostrado profundamente imperfectos. Como en aquella otra ocasión, todo lo que me salió fue pura cursilería –“sendo lloripari”, como se diría en Puerto Rico–, y me puse a leer las notas que he tomado de sus libros a través de los años. Me tropecé con una escena de la novela de 1983, The Anatomy Lesson, que me pareció apropiada. En esta, Zuckerman, el alter ego de Roth, todavía está viviendo las secuelas de haber publicado un libro muy libidinoso, parecido al Portnoy’s Complaint que hizo a Roth mismo famosísimo en los años setenta, y no puede sino escribir sobre haber escrito ese libro. En algún momento de la trama –spoiler alert–, su madre muere y Zuckerman, mientras pone sus cosas en orden, siente que le pega un golpe de pena. Aunque no quiere hacer otra cosa que no sea explotar en llanto, se pregunta si realmente está en luto. Es decir, Zuckerman, en un repentino momento de distanciamiento, se pregunta si realmente está sufriendo o si el dolor está actuando, obligándole a sufrir como se supone que lo hacen los hijos recién huérfanos. El narrador se interrumpe, entonces, y se pregunta: “¿Es esto lo que escribir ha hecho conmigo? Tanta introspección, tanto explotar mis propios recursos, y ahora ni siquiera se me permite aceptar, sin más, la conmoción por la muerte de mi madre. Ni siquiera cuando lloro puedo estar seguro de lo que hay”.


En esta pregunta, creo, se captura el gran tema de Roth. Si es cierto que los dos ejes de su obra fueron el deseo masculino y, en sus últimas décadas, la historia estadounidense tal como la vivió su generación, el hilo que recorrió todo lo que escribió, ya fuera explícitamente o no, fue la tensa relación entre escritura y experiencia, esa mala costumbre de estar presente y no estarlo, al mismo tiempo. Su obra nos queda, por lo tanto, como un testimonio de una vida y su escritura.

Juan David Correa

Director regional de la editorial Planeta

Para mí Philip Roth supuso un descubrimiento de un autor que me acompaña desde hace 20 años. El sueco Levov, el protagonista de Pastoral americana, y la escritura en esa novela me transformaron como lector y me hicieron comprender que el retrato de una época, de un país, de un talante como el norteamericano de los años cincuenta y sesenta era posible de hacerse a través de la ficción. Creo que el alma de los personajes masculinos de Philip Roth sería una de las cosas que de ahí en adelante me acompañarán, insisto, como un lector realmente comprometido con cada uno de sus libros, desde los largos, como La conjura contra América o La mancha humana, hasta los cortos, como Indignación, y quizás dentro de toda esa heterodoxia de libros, y dentro de esas búsquedas, hay uno al que le debo muchísimo: Patrimonio: una historia verdadera, en donde narra la relación con su padre. Creo que Philip Roth es uno de los grandes escritores no solo de Norteamérica, sino de la historia de la humanidad por su legado, su voz, su mirada sobre la psicología masculina, sobre lo que significa ser hombre en estos tiempos. Es una gran tristeza. Anoche, cuando a las 11:00 avisaron de su muerte, sentí que se había ido un amigo como lo son los escritores que a uno le gustan, que aunque uno no los conozca, los siente como compañeros de viaje.

Andrés Felipe Solano

Escritor

Estoy lejos de haberlo leído todo, pero recuerdo que me tragué la trilogía Zuckerman Desencadenado, deslumbrado sobre todo ante el desprendimiento con que Zuckerman ahondaba en su patética y risible sexualidad. No subrayo los libros que leo, pero cuando todavía creía que tenía una novela de más de 500 páginas dentro de mí diseccioné las primeras cien de Pastoral americana. Usé siete colores. Dudo haber aprendido algo y ya no me interesa mucho ese camino, pero ver las entrañas de ese animal me dejó una honda impresión. Y finalmente está El lamento de Portnoy, que leí después de terminar mi primer libro. Me asusté y a la vez me sentí exultante al pensar en que Portnoy y Boris Manrique –el protagonista de ese primer intento– compartían tantas cosas. Lo tomé como el mejor de los amuletos. Años después leí lo que escribió Roth al releer su cuarto libro, 45 años después, y confirmé que algo me unirá por siempre a ese judío-americano maravilloso: "Retraté a un hombre habitado por toda clase de pensamientos inaceptables, a un hombre de 33 años poseído por sensaciones peligrosas, opiniones desagradables, quejas despiadadas, sentimientos siniestros y, cómo no, acosado por la implacable presencia de la lujuria (...) Portnoy está tan lleno de ira como de lujuria. ¿Y quién no? Miren si no la traducción de La Ilíada de Robert Fagles. ¿Cuál es la primera palabra? “Ira”. Así es como empieza toda la literatura europea: cantando la ira viril de Aquiles".

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