José Antonio Torres Solis murió el 16 de mayo de 2018. José Antonio Torres Solis murió el 16 de mayo de 2018.

Adiós Gualajo: un homenaje al maestro de la marimba

Tras su muerte, acá un breve recorrido por la vida de uno de los promotores de la cultura del Pacífico.

2018/05/17

Por Juan Pablo Conto

Para el momento en que nació el maestro José Antonio Torres Solis no había hospitales en Guapi. Una partera, de nombre Francisca, a quien le faltaba una mano, llegó al hogar de la familia Torres, un espacio repleto de marimbas que fabricaba José Antonio, como también se llamaba el padre del futuro músico. Una vez Mamá Pacha -como le decían con cariño-  sacó al bebé del vientre de la madre, lo puso sobre una marimba y ahí le cortó el cordón umbilical.

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Su abuelo Don Leonte fue el iniciador de una estirpe de músicos. Una tradición que llegó a él y a sus cuatro hermanos, y que mantenía viva una cultura que hace cientos de años llegó de África a Guapi, un municipio en el Cauca forjado por el olvido estatal y una guerra ajena.

Gualajo, cuyo apodo sale de un pez de la zona, creció con el piano de la selva, oyéndolo e interpretándolo. Rodeado de los instrumentos que hacía su papá. Marimbas de las buenas, que no eran pentatónicas sino “pensatónicas”, como les solía decir el músico. Aprendió a tocar en la marimba de los espíritus, la más vieja del Pacífico: un instrumento que su padre nunca vendió porque, según relataba, se le metió un ánima. “Viejo malicioso que sabía”, recordaría Gualajo muchos años después.

Fue leyenda viva del Festival Petronio Álvarez, ocupando el primer lugar en la categoría de marimba en el 2005 y en el 2006. En el 2008 fue declarado fuera de concurso y catalogado como el rey de este instrumento en el festival. Su obra se visibilizó desde la década de 1980 cuando la productora Gloria Triana lo incluyó en la serie documental Yuruparí y, más tarde, en 1998 creó el Grupo Gualajo. También tocó con la agrupación bogotana Curupira, en donde compartió con otros músicos conocedores como el gaitero Sixto “Paíto” Silgado o el llanero Orlando “Cholo” Valderrama. En 2013 ganó el premio Vida y Obra del ministerio de Cultura.

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Se convirtió así en el último eslabón con la forma tradicional de interpretar la marimba, un instrumento que es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad y que se afinaba con el cantar de las mujeres y se inspira en el gorjeo de las aves. En cada golpe que él daba estaban las vivencias del pacífico, encarnadas en un hombre que en sus salidas a cazar a media noche aprendió a escuchar la selva y a estar atento de lo que en las noches se movía en ella. De las animas, de Perlita, el duende de la marimba que, decía, era el mejor profesor. “Como en todas partes, en la selva por el día anda un personal y por la noche anda otro personal”, sentenciaba. En la noche, en esa capa gruesa de secretos, encontró su sabiduría.

Conocía el instrumento, cómo construirlo, cuándo cortar la madera. Esperaba con su padre la Luna llena y a los ochos días de menguante, tajaba la chonta. Al año, solo al año, la empezaban a trabajar. “Así más le suena, más le dura y menos se apolilla. Sino le sale destemplada”, argumentaba. Luego la dejaba en la selva, tapada durante un mes, para que las animas, los viejos marimberos, la terminaran de ensamblar y bendecir.

Gualajo creó metodologías de enseñanza propias, adoptadas por universidades, con el fin de traer a las nuevas generaciones el currulao, la juga, el torbellino, el pango, el patacoré, el bunde. “Antes de morirme yo quisiera tener una escuela para enseñarle a la gente, al que vaya”, decía. Sueño que se perdió entre las burocracias institucionales mientras el río Guapi terminaba de llevarse su casa que siempre quiso convertir en taller.

Aun así, de él fueron pupilos Hugo Candelario, Esteban Copete Chigualito o Juan David Castaño, grandes marimberos que hoy siguen su legado. Recibió en Cali y en Bogotá numerosos estudiantes y a través de la Fundación Gualajo buscó siempre promover la cultura del litoral pacífico.  

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Gualajo, el maestro, el viejo pianista de la selva, fue también quien llevó la marimba a otras fronteras: a Suiza, a Alemania o a Francia. Lugares en los que buscaban algún micrófono interno que explicara el poderoso sonido del instrumento. Pero siempre le gustó cómo sonaba en su tierra natal, sobre el río Guapi, donde el sonido “caía al agua y nunca se ahogaba”, relataba. Tras su muerte a sus 78 años, además de festejar su legado queda la responsabilidad de que no muera.

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