Fotograma de 'A Christmas Carol' (1951). Fotograma de 'A Christmas Carol' (1951).

'Cuento de Navidad': segunda parte

"Al oír el espectro semejante palabra, dio un terrible alarido y sacudió su larga cadena, causando un estruendo tan aterrador y tan lúgubre que Scrooge se agarró a la silla para no caer desvanecido."

2017/12/07

Por Charles Dickens

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A todo esto la niebla va en aumento; el frío va en aumento; frío helador, intenso. Si a la sazón el excelente San Dunstan, despreciando las armas de que por lo comun se valía hubiera pellizcado al diablo en la nariz, de seguro que le habria hecho exhalar formidables rugidos. El propietario de una nariz jóven, pequeña, roída por aquel frío tan famélico como los huesos son corroidos por los perros, aplicó su boca al agujero de la cerradura del despacho de Scrooge para regalarle una canción alusiva a las circunstancias. Scrooge empuñó su regla con un ademán tan enérgico, que el cantante huyó, todo azorado, abandonando el agujero de la cerradura a la niebla y a la escarcha, que se introdujeron precipitadamente en el despacho, como por simpatía hacia Scrooge.

A lo último llegó la hora de cerrar la oficina. Scrooge se levantó de su banqueta, lleno de mal humor, dando así la señal de marcha al dependiente, quien le aguardaba en su cisterna, con el sombrero puesto, despues de haber apagado la luz.

 —Supongo que deseareis tener libre el día de mañana, dijo Scrooge.

 —Si lo creéis conveniente.

 —No me conviene; de ninguna manera. ¿Que diríais si os retuviera el sueldo de mañana? Os creeríais perjudicado.

El empleado se sonrió ligeramente.

 —Y sin embargo, continuó Scrooge, a mí no me considerais como perjudicado, a pesar de que os pago un dia por no hacer nada.

El empleado hizo observar que aquello no tenía lugar más que una sola vez cada año.

 —Pobre fundamento para meter la mano en el bolsillo de un hombre todos los 25 de Diciembre, dijo Scrooge abotonándose la levita hasta el cuello. Supongo que necesitareis todo el día, pero confío en que me indemnizareis pasado mañana viniendo más temprano.

El dependiente lo prometió y Scrooge salió refunfuñando. El almacen quedó cerrado en un santiamen; y el dependiente, dejando colgar las dos puntas de su tapabocas hasta el borde de la chaqueta (pues no se permitía el lujo de vestir gabán), echó a todo correr en direccion a su morada para jugar a la gallina ciega.

Scrooge comió en el mezquino bodegon donde lo hacía comunmente. Despues de haber leido todos los periódicos, y ocupado el resto de la noche en recorrer su libro de cuentas, se dirigió a su casa para acostarse. Residía en la misma habitación que su antiguo asociado, compuesta de una hilera de aposentos oscuros, los cuales formaban parte de un antiguo y sombrío edificio, situado a la extremidad de una callejuela, de la que se despegaba tanto que no parecia sino que, habiendo ido a encajarse allí en su juventud, jugando al escondite con otras casas, no habia sabido despues encontrar el camino para volverse. Era un edificio antiguo y muy triste porque nadie vivia en él, exceptuando Scrooge: los otros compartimientos de la casa servian para despachos o almacenes. El patio era tan oscuro que, sin embargo de conocerlo perfectamente Scrooge , se vió precisado a andar a tientas. La niebla y la escarcha cubrian de tal modo el añoso y sombrío porton de la casa, que semejaba la morada del genio del invierno, residente allí y absorbido en sus tristes meditaciones.

La verdad es que el aldabón no ofrecía nada de especial, sino que era muy grande. La verdad es, repito, que Scrooge lo había visto por la mañana y por la tarde, todos los días, desde que habitaba en aquel edificio, y que en cuanto a eso que llaman imaginación, poseia tan poca como cualquier otro vecino de la City, inclusos, aunque sea temerario decirlo, sus individuos de ayuntamiento. Es indispensable, además, tener en cuenta que Scrooge no habia pensado, ni una sola vez, en Marley despues del fallecimiento de su socio, ocurrido siete años antes, excepto aquella tarde. Ahora que me diga alguien, si sabe, cómo fue que Scrooge, en el momento de introducir la llave en la cerradura, vió en el aldabón, y esto sin pronunciar ningun conjuro, no un aldabón, sino la figura de Marley.

Sí; indudablemente; la misma figura de Marley.

Y no era una sombra invisible como la de los demás objetos del patio, sino que parecía estar rodeada de un fulgor siniestro, semejante al de un salmón podrido y guardado en un lugar oscuro. Su expresión no tenia nada que significase ira o ferocidad; pero miraba a Scrooge, como Marley solia hacerlo, con sus anteojos de espectro levantados sobre su frente de aparecido. La cabellera se agitaba de una manera singular, como movida por un soplo o vapor cálido, y aunque tenía los ojos desmesuradamente abiertos los conservaba inmóviles. Esta circunstancia y el color lívido de la figura la hacían horrorosa, pero el horror que experimentaba Scrooge a la vista de ella no era consecuencia de la figura, sino que precedía de él mismo, no de la expresión del rostro del aparecido. Así que se hubo fijado más atentamente no vio más que un aldabón.

Decir que no se estremeció ó que su sangre no sufrió una sacudida terrible, como no la habia sentido desde la infancia, sería faltar a la verdad; pero se sobrepuso, empuñó otra vez la llave le dio vuelta con movimiento brusco, entró y encendió la vela.

Estuvo un momento indeciso antes de cerrar la puerta, y por precaución miró detrás de ella, cual si temiera ver de nuevo a Marley con su larga coleta, adelantándose por el vestíbulo; pero nada encontró, fuera de los tornillos que sujetaban el aldabón a la madera. ¡Bah, bah! exclamó más tranquilo; y cerró con ímpetu.

El estruendo retumbó en toda la casa al igual de un trueno. Las habitaciones superiores , y los toneles que el almacenista de vinos guardaba en sus bodegas, produjeron un sonido particular como tomando parte en aquel concierto de ecos. Scrooge no era hombre a quien asustaran los ecos. Cerró sólidamente la puerta, cruzó el vestíbulo, y subió la escalera cuidando al paso de apretar bien la vela.

Habláis algunas veces de las anchurosas escaleras de los edificios antiguos, en las cuales cabe perfectamente una carroza arrastrada por seis caballos, pero os aseguro que la de Scrooge era mayor, porque habia capacidad en ella para contener un carruaje fúnebre subiéndolo cruzado con las portezuelas mirando a los tramos de escalera y la lanza tocando al muro: empresa fácil pues quedaba espacio para más. Sin duda se le figuró por eso a Scrooge, que veía andar delante de él en la oscuridad un cortejo fúnebre. Con una media docena de farolas de gas no hubiera habido suficiente para iluminar el vestíbulo: ya podéis figuraros la claridad qua habria con la vela de Scrooge.

Él continuaba su ascensión sin cuidarse de nada ya. La oscuridad es muy barata y por eso Scrooge la queria mucho; pero antes de cerrar la pesada puerta de su habitación, reconoció los aposentos de ésta, para ver si todo se hallaba en orden: acaso adoptó tal precaucion, acordándose ligeramente de la inquietud que la misteriosa figura le habia causado.

El salón, la alcoba, los departamentos de desahogo, todo estaba en orden. Nadie habia debajo de la mesa; nadie en el sofá. En el fogón lucía un mísero fuego: la cuchara y la taza estaban ya dispuestas y sobre las ascuas un perolillo con agua de avena (porque Scrooge padecía un constipado de cabeza). A nadie encontró debajo de la cama; a nadie en su gabinete; a nadie dentro de la bata que estaba, en forma sospechosa, pendiente de un clavo.

Completamente tranquilo ya, Scrooge cerró la puerta con doble vuelta, precaucion que no tomaba nunca, y asegurado contra toda sorpresa, se quitó la corbata, se puso la bata, las zapatillas y el gorro de dormir, y se sentó delante del fuego para tomar el cocimiento de avena.

El fuego era positivamente mísero; tan mísero que no servia para nada en una noche como aquella. Scrooge se vió precisado a aproximarse mucho a él, a cobijarlo, digámoslo así, para experimentar alguna sensación de calor. El cuerpo del fogón construído hacía mucho tiempo, por algun fabricante holandés, estaba recubierto de azulejos flamencos donde se veían representadas escenas de la Sagrada Escritura. Habia Abel y Cain, hijos de Faraon, reinas de Saba, ángeles bajando del cielo sobre nubes que se parecían a lechos de pluma, Abraham, Balthasar, apóstoles embarcándose en esquifes a modo de salseras; cientos de figuras capaces de distraer la imaginacion de Scrooge, y sin embargo el rostro de Marley sobrepujaba a todo. Si cada uno de aquellos azulejos hubiera empezado por tener las figuras borradas, y la facultad de imprimir en su superficie algo de los pensamientos sueltos de Scrooge, cada azulejo habria presentado la cabeza del viejo Marley.

—Necedades, dijo Scrooge y dio a recorrer la habitación.

Despues de algunas vueltas se sentó. Como tenia la cabeza echada hacia atrás, sobre el respaldo de la butaca, sus ojos se detuvieron, por casualidad, en una campanilla que ya no servía, suspendida del techo y que comunicaba con el último piso del edificio, para un objeto desconocido.

Con la mayor sorpresa, con inexplicable terror, observó Scrooge que ver la campanilla y ponerse ésta en movimiento fue todo uno. Al principio se balanceaba suavemente, tanto que apenas producía sonido; pero muy luego aumentó este considerablemente y todas las campanillas de la casa acompañaron a la primera.

El repiqueteo no duró más que medio minuto o un minuto, mas a Scrooge se le figuró tan prolongado como una hora. Las campanillas terminaron cual si todas hubieran empezado a la vez. A este ruido sucedió otro de hierros que procedía de los subterráneos, como si alguien arrastrase una larga cadena sobre los toneles del almacenista de vinos. Scrooge recordó entonces haber oído referir, que en las casas donde existían duendes, éstos se presentaban siempre con cadenas.

La puerta de los subterráneos se abrió con estrépito, y el ruido se hizo perceptible en el piso bajo; después en la escalera, hasta que, por último, se fue acercando a la puerta.

 —Lo dicho. Tonterías; exclamó Scrooge: no creo en ellas.

 Sin embargo mudó muy pronto de color porque vió al espectro, que atravesando sin la menor dificultad por la maciza puerta fue a colocarse ante él.

Cuando la aparición penetraba, el mezquino fuego despidió un resplandor fugaz como diciendo: «lo conozco: es el espectro de Marley» y se extinguió.

La misma cara, absolutamente la misma. Marley con su puntiaguda coleta, su chaleco habitual, sus pantalones ajustados, y sus botas, cuyas borlas de seda se balanceaban a compás con la coleta, con los faldones de la casaca, y con el tupé.

La cadena con la que tanto ruido hacía la llevaba ceñida a la cintura, y era tan larga que le rodeaba todo el cuerpo, como si fuera un prolongado rabo: estaba hecha (porque Scrooge la observó de muy cerca) de arcas de seguridad, de llaves, de candados, de grandes libros, de papelotes y de bolsas muy pesadas de acero. El cuerpo del espíritu, se transparentaba hasta un extremo tal, que Scrooge, examinándole detenidamente a través del chaleco, pudo ver los botones que adornaban por detrás la casaca.

 Scrooge había oído referir que Marley estaba desprovisto de entrañas, pero hasta aquel momento no se convenció.

No, y aún no lo creía. Por más que pudiese investigar con la mirada las cavidades interiores del espectro; por más que sintiera la influencia glacial de aquellas pupilas heladas por la muerte; por más que se fijaba hasta en el tejido del pañuelo que cubría la cabeza así como la barba de la aparición, detalle antes descuidado por Scrooge, aún se resistía a creer en lo que sus sentidos le manifestaban.

 —¿Qué quiere decir esto? preguntó Scrooge tan cáustico y tan frío como de costumbre. ¿Qué deseais de mí?

 —Muchas cosas.

Era indudablemente la voz de Marley.

 —¿Quién sois?

 —Preguntad mejor: ¿quién habeis sido?

 —¿Quién habeis sido, pues? dijo Scrooge levantando la voz. Muy castizo estáis para ser una sombra.

 —En el mundo fui socio vuestro.

 —¿Podéis... podéis sentaros? preguntó Scrooge con aire de duda.

 —Puedo.

 —Entonces hacedlo.

Scrooge formuló la pregunta porque ignoraba si un espectro tan transparente podría encontrarse en las condiciones necesarias para tomar asiento, y consideraba que a ser esto, por casualidad, imposible, lo pondría en el caso de dar explicaciones muy difíciles; pero el fantasma se sentó frente a frente, al otro lado de la chimenea, como si estuviera muy avezado a ello.

 —¿No creéis en mí? preguntó el fantasma.

 —No, contestó Scrooge.

 —¿Qué prueba queréis de mi realidad, además del testimonio de vuestros sentidos?

 —No sé a punto fijo.

 —¿Por qué dudais de vuestros sentidos?

 —Porque la menor cosa basta para alterarlos. Basta con un ligero desarreglo en el estómago para que nos engañen, y podría ser muy bien que vos no fuerais más que una tajada de carne mal digerida; media cucharada de mostaza; un pedazo de queso; una partícula de patata mal cocida. Quien quiera que seais, me parece que sois un muerto que huele a cerveza más que a ataúd4.

Scrooge no acostumbraba a hacer retruécanos, y verdaderamente entonces no se hallaba muy en disposición de hacerlos. En realidad lo que quería en toda aquella broma era distraerse y dominar su espanto, porque el acento del fantasma le producía frío hasta en la médula de los huesos.

Permanecer sentado, siquiera por breves instantes, con la mirada fija en los vidriosos ojos del espectro, constituia para Scrooge una prueba infernal. Además, en aquella diabólica atmósfera que circundaba al aparecido, había algo positivamente terrible. A Scrooge no le era dado experimentarla por sí mismo, mas no por eso dejaba de ser cierta, pues aunque el espectro permanecía sentado e inmóvil, sus cabellos, sus vestiduras y las borlas de sus botas, se movían a impulsos de un vapor cálido como el que se desprende de un horno.

 —¿Veis este limpia-dientes? dijo Scrooge volviendo a su sistema, con objeto de sobreponerse al espanto que le poseía, y de apartar de sí aunque no fuera más que por un segundo, la mirada del aparecido, fría como el mármol.

 —Sí.

 —Pero si no lo miráis.

 —Eso no impide que lo vea.

 —Pues bien; si ahora me lo tragara, durante lo que me queda de existencia me verá asediado por una multitud de diablillos, pura creación de mi mente. Tontería; os digo que es una tontería.

Al oír el espectro semejante palabra, dio un terrible alarido y sacudió su larga cadena, causando un estruendo tan aterrador y tan lúgubre que Scrooge se agarró a la silla para no caer desvanecido. Pero aumentó su horror al observar que el fantasma, quitándose el pañuelo que le rodeaba la cabeza, como si sintiese la necesidad de hacerlo a causa de la temperatura de la estancia, dejó desprenderse la mandíbula inferior, que le quedó colgando sobre el pecho.

 Scrooge se arrodilló ocultando la cara con las manos.

 —¡Misericordia! dijo. Terrorífica aparición, ¿por qué vienes a atormentarme?

 —Alma mundanal, ¿crees ó no crees en mí?

 —Creo, dijo Scrooge, pues no hay otro remedio. Mas ¿por qué pasean el mundo los espíritus y vienen a buscarme?

 —Porque es una obligación de todos los hombres que el alma contenida en ellos se mezcle con las de sus semejantes y viaje por el mundo: si no lo verifica durante la vida, está condenada a practicarlo despues de la muerte; compelida a vagar ¡desdichado de mí! por el mundo y a ser testigo inútil de muchas cosas en las que no le es dado tener parte, siendo así que hubiera podido gozar de ellas en la tierra como los demás, utilizándolas para su dicha.

El aparecido lanzó un grito, sacudió la cadena y se retorció las fantásticas manos.

 —¿Estáis encadenado? preguntó Scrooge; ¿por qué?

 —Arrastro la cadena que durante toda mi vida he forjado yo mismo, respondió el fantasma. Yo soy quién la ha labrado eslabón a eslabón, vara a vara. Yo quien la ha ceñido a mi cuerpo libremente y por mi propia voluntad, para arrastrarla siempre, porque ese es mi gusto. El modelo se os presenta bien singular ¿no es cierto?

Scrooge temblaba más cada vez.

 —¿Queréis saber, continuó el espectro, el peso y la longitud de la enorme cadena que os preparáis? Hace hoy siete años era tan larga y tan pesada como ésta; después habéis continuado aumentándola: buena cadena es ya.

 Scrooge miró alrededor de sí, creyendo divisarla tendida todo lo dilatada que debía ser por el piso; mas no la vio.

 —Marley, exclamó con aire suplicante; mi viejo Marley, háblame; dime algunas palabras de consuelo.

 —Ninguna tengo que decirte. Los consuelos vienen de otra parte, Scrooge, y los traen otros seres a otra clase de hombres que vos. Ni puedo deciros todo lo que desearía, porque dispongo de muy poco tiempo. No puedo descansar, no puedo detenerme, no puedo permanecer en ninguna parte. Mi alma no se separó nunca de mi mostrador; no traspasó, como sabeis, los reducidos límites de nuestro despacho, y he aquí por qué ahora tengo necesidad de hacer tantos penosos viajes.

Scrooge seguía la costumbre de meterse las manos en los bolsillos del pantalón cuando se entregaba a sus meditaciones. Reflexionando sobre lo que le había dicho el fantasma, hizo como se acaba de indicar, pero continuando arrodillado y con los ojos bajos.

 —Muy retrasado debeis estar, Marley, dijo, con humildad y deferencia Scrooge, que nunca dejaba de ser hombre de negocios.

 —¡Retrasado! repitió el fantasma.

 —Lleváis ya siete años de muerto y aun dura vuestro viaje.

 —Durante ese tiempo no habido para mí tregua ni reposo: siempre he estado bajo el torcedor del remordimiento.

 —¿Viajais deprisa?

 —En las alas del viento.

 —Mucho habéis debido ver en siete años.

Al oír esto el aparecido dió un tercer grito, y produjo con su cadena un choque tan horrible, en medio del silencio de la noche, que a oírlo la ronda, hubiera tenido motivo para aprehender a aquellos perturbadores del sosiego público.

 —¡Oh! cautivo, encadenado, lleno de hierros, exclamó, por no haber tenido presente que todos los hombres deben asociarse para el gran trabajo de la humanidad, prescrito por el Ser Supremo; para perpetuar el progreso, porque este globo debe desaparecer en la eternidad, antes de haber desarrollado el bien de que es susceptible: por no haber tenido presente que la multitud de nuestros tristes recuerdos, no podía compensar las ocasiones que hemos desaprovechado en nuestra vida, y con todo, así me he conducido, desdichado de mí; así me he conducido.

 —Sin embargo os mostrásteis siempre como hombre exacto y como inteligente en negocios, balbuceó Scrooge, que empezaba a reponerse un poco.

 —¡Los negocios! gritó el aparecido, retorciéndose de nuevo las manos. La humanidad era mi negocio: el bien general era mi negocio: la caridad, la misericordia, la benevolencia eran mis negocios. Las operaciones del comercio no constituían más que una gota de agua en el vasto mar de mis negocios.

Y levantando la cadena todo lo que permitía el brazo, como para mostrar la causa de sus estériles lamentos, la dejó caer pesadamente en tierra.

 —En esta época del año es cuando sufro más, murmuró el espectro. ¿Por qué he cruzado yo, a través de la multitud de mis semejantes, siempre fijos los ojos en los asuntos de la tierra, sin levantarlos nunca hacia esa fulgurante estrella que sirvió de guía a los reyes magos hasta el pobre albergue de Jesús? ¿No existían otros pobres albergues hacia los cuales hubiera podido conducirme con su luz la estrella?

Scrooge estaba asustado de oír explicarse al aparecido en semejante tono, y se puso a temblar.

 —Escúchame, le dijo el fantasma: mi plazo va a terminar pronto.

 —Escucho, replicó Scrooge, pero excusad todo lo posible y no os permitáis mucha retórica: os lo ruego.

 —Por qué he podido presentarme así, en forma para vos conocida, lo desconozco. Muchas veces os he acompañado pero permaneciendo invisible.

Como esta indicación no encerraba nada de agradable, Scrooge sintió escalofríos y sudores de muerte.

 —Y no consiste en esto mi menor suplicio, continuó el espectro... Estoy aquí para deciros que aún os queda una probabilidad de salvación; una probabilidad y una esperanza que os proporcionaré.

 —Os mostráis siempre buen amigo mío: gracias.

 —Os van a visitar tres espíritus, siguió el espectro.

 El rostro de Scrooge tomó su color tan lívido como el de su interlocutor.

 —¿Son esas la probabilidad y la esperanza de que me hablábais?— preguntó con desfallecimiento.

 —Sí.

 —Creo... creo... que sería mejor que no se presentaran, dijo Scrooge.

 —Sin sus visitas caeríais en la misma desgracia que yo. Aguardad la presentación del primero así que el reloj de la una.

 —¿No podrian venir todos juntos para que acabáramos de una vez? insinuó Scrooge.

 —Aguardad al segundo en la siguiente noche y a la misma hora, y al tercero en la subsiguiente, así que haya sonado la última campanada de las doce. No contéis con volverme a ver; pero por conveniencia vuestra, cuidad de acordaros de lo que acaba de suceder entre nosotros.

Después de estas palabras el espectro recogió el pañuelo que estaba encima de la mesa, y se lo ciñó como lo tenía al principio, por la cabeza y por la barba. Scrooge lo notó por el ruido seco que hicieron las mandíbulas al ajustarse con la sujeción. Entonces se determinó a alzar los ojos, y vio al aparecido delante de él, puesto de pie, y llevando arrollada al brazo la cadena.

La aparición se puso en marcha, caminando hacia atrás. A cada paso suyo se levantaba un poco la ventana, de suerte que cuando el espectro llegó a ella se hallaba completamente abierta. Hizo una señal a Scrooge para que se acercara y éste obedeció. Cuando estuvieron a dos pasos el uno del otro, la sombra de Marley levantó el brazo é indicó a Scrooge que no se aproximase más. Scrooge se detuvo, no precisamente por obediencia, sino por sorpresa y temor, pues en el momento en que el fantasma levantó el brazo, se oyeron rumores y ruidos confusos en el aire, sonidos incoherentes de lamentaciones, voces de indecible tristeza, gemidos de remordimiento. El fantasma, después de haber prestado atención por un breve instante, se unió al lúgubre coro, desvaneciéndose en el seno de aquella noche tan sombría.

Scrooge fue tras él hasta la ventana y miró por ella dominado de insaciable curiosidad. El espacio se hallaba lleno de fantasmas errantes, que iban de un lado para otro como almas en pena exhalando al paso tristes y profundos gemidos. Todos arrastraban una cadena como el espectro de Marley: algunos pocos (sin duda eran ministros cómplices de una misma política) flotaban encadenados juntos; ninguno en libertad. Varios otros eran conocidos de Scrooge. Entre éstos había particularmente un viejo fantasma, encerrado en un chaleco blanco que tenía adherido al pie un enorme anillo de hierros y que se quejaba lastimosamente de no poder prestar socorro a una desdichada mujer y a su hijo, a quiénes veía por bajo de él, refugiados en un hueco de puerta.

El suplicio de todas aquellas sombras, consistía, evidentemente, en querer con ansia, aunque sin resultado, mezclarse en las cosas mundanales para hacer algún bien, pero no podían.

Aquellos seres vaporosos se disiparon en la niebla, o la niebla los envolvió en sus sombras. Scrooge no pudo averiguar nada.

Las sombras y sus voces se desvanecieron a la vez, y la noche volvió a tomar su primer aspecto.

Scrooge cerró la ventana, y examinó cuidadosamente la puerta por donde había entrado el espectro. Estaba cerrada con doble vuelta, según él la dejara, y el cerrojo corrido. Trató, como antes, de decir: «tontería» pero se detuvo en la primera sílaba, porque sintiéndose acometido de una imperiosa necesidad de descansar, bien por las fatigas del día, o de aquella breve contemplación del mundo invisible, o del triste diálogo sostenido con el espectro, o de lo avanzado de la hora, se fue a la cama y acostándose, sin desnudarse, cayó en un profundo sueño.

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4. Juego de palabras

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