Fotograma de 'A Christmas Carol' (1951).

'Cuento de Navidad': tercera parte

"Cada vez que, como final de un maduro examen, se determinaba, en su interior, a considerar todo aquello como puro sueño, su espíritu a semejanza de un resorte oprimido, que al soltarle toma su primitiva posición, le presentaba el mismo problema: '¿ha sido o no un sueño?'"

2017/12/07

Por Charles Dickens

El primero de los tres espíritus

Cuando Scrooge despertó reinaba tan grande oscuridad, que no le fué posible distinguir las transparencia de la ventana sobre el fondo de la pared. Trataba de inquirir con sus ojos de lince pero inútilmente. En esto, el reloj de una iglesia vecina empezó a sonar y Scrooge contó cuatro cuartos, pero con grande admiración suya la pausada campana dio siete golpes, despues ocho y hasta doce. ¡Media noche! Luego llevaba dos horas no más en la cama. El reloj iba mal. Sin duda algun carámbano de hielo debia haberse introducido en la maquinaria ¡Media noche!

Scrooge apretó el resorte de su reloj de repetición para asegurarse de la hora y rectificar la que habia oido. El reloj de bolsillo dio tambien doce campanadas rápidamente y se detuvo.

¡No es posible que yo haya dormido todo un día y parte de una segunda noche! No es posible que le haya sucedido alguna cosa al sol y que sea media noche a medio día 

Como esta reflexión era para inquietarle, dejó la cama y se fue a la ventana. Tuvo que quitar con las mangas el hielo que habia sobre los cristales para ver algo, y aun entonces no pudo divisar gran cosa. Unicamente vio que la niebla era muy espesa, que hacía mucho frío y que las gentes no iban de un lado a otro atrafagadas, como hubiera ocurrido indudablemente a ser de día. Esto le tranquilizó, por que de lo contrario, ¿que hubiera sido de sus letras de cambio? «A tres días vista pagad a Mr. Scrooge o a la orden de Mr. Scrooge,» y lo demás.

Scrooge volvió a la cama, y se puso a pensar y a repensar, una y mil veces, en lo que sucedía, sin comprender nada de ello. Cuanto más pensaba se confundía más, y cuanto menos trataba de pensar más pensaba.

El aparecido Marley le tenia fuera de quicio. Cada vez que, como final de un maduro exámen, se determinaba, en su interior, a considerar todo aquello como puro sueño, su espíritu a semejanza de un resorte oprimido, que al soltarle toma su primitiva posición, le presentaba el mismo problema: «¿ha sido o no un sueño?»

Así estuvo Scrooge hasta que el reloj de la iglesia marcó tres cuartos de hora más y de seguida hizo memoria del espíritu que debia presentarse a la una. Resolvió, pues, mantenerse despierto hasta que la hora hubiese pasado, considerando que tan difícil le seria dormir como tocar la luna: era el mejor acuerdo.

Aquel cuarto de hora le pareció tan largo que creyó haberse adormecido a veces y dejado transcurrir el momento. Al fin oyó el reloj.

 —Din, don.

 —Un cuarto.

 —Din, don.

 —La media.

 —Din, don.

 —Tres cuartos.

 —Din, don.

 —¡La hora, la hora! exclamó Scrooge con júbilo: ninguno más viene.

Hablaba antes de que la campana de las horas hubiese dado. Cuando llegó el momento de ella, despidiendo un sonido profundo, sordo, melancólico; la habitación se iluminó con claridad brillante y las cortinas de la cama fueron descorridas.

Digo que las cortinas de la cama fueron descorridas, por un lado y a impulso de una mano invisible; no las que habia a la cabecera o a los pies, sino las del lado hacia el que estaba vuelto Scrooge, incorporándose sentado, vio frente a frente al ser fantástico que las descorría, y tan cerca de sí como yo lo estoy de tí; porque has de notar que yo me hallo, en espíritu, a tu lado.

La figura era muy extraña... de un niño, y sin embargo, tan parecido a un niño como a un viejo, contemplado a través de una atmósfera sobrenatural, que le comunicaba la apariencia de hallarse a muy larga distancia, con lo que se disminuian sus proporciones hasta las de un niño. Su cabellera, que pendía hasta el cuello, era blanca como por efecto de la edad y con todo la aparición no mostraba arrugas. Tenía el cútis delicadamente sonrosado; los brazos largos y musculosos lo mismo que las manos, como si poseyera una figura poco común. Las piernas y los piés eran de irreprochable forma y en consonancia con lo demás del cuerpo. Vestía una blanca túnica. El talle lo llevaba ceñido con un cordon de fulgurante luz y en la mano una rama verde de acebo recien cortada: contrastando con este emblema del invierno la aparición estaba adornada de flores propias del estío. Pero lo más extraño de ella consistía en una llama deslumbrante que de la cabeza le brotaba, y merced a la cual hacía visible todos los objetos; por eso sin duda, en sus momentos de tristeza, se servía, como de sombrero, de un gran apagador que llevaba debajo del brazo.

Sin embargo, al contemplarla más de cerca, no fue este atributo lo que más le sorprendió a Scrooge. El resplandor que la cintura despedía era intermitente; no brillaba por todo su contorno a la vez, de suerate que en unas ocasiónes aparecia la figura iluminada por unos lados y en otras por otros, de lo que resultaban aspectos diferentes de ella. Unas veces aparecia un solo brazo con una sola pierna, o bien veinte piernas, o bien dos piernas sin cabeza, o bien veinte una cabeza sin cuerpo; los miembros, que se confundían en la sombra, no dejaban ver ni un solo perfil en la oscuridad que los circuía al desvanecerse la luz. Despues, por una maravilla particular, tornaban a su pristino ser clara y visiblemente.

 —¿Sois, preguntó Scrooge el espíritu cuya venida se me ha anunciado?

 —Lo soy.

La voz era dulcísima, agradable, pero singularmente baja, como si en vez de hallarse allí se encontrara a muy larga distancia.

 —¿Quién sois?

 —Soy el espíritu de la Noche Buena pasada.

 —¿Pasada hace mucho tiempo?

 —No: vuestra última Noche Buena.

Acaso Scrooge no habría podido decir por qué, si se le hubiera preguntado; pero experimentaba un especialísimo deseo de ver al espíritu adornado con el apagador y le rogó que se cubriera.

 —¿Qué? exclamó el espectro, ¿querríais ya con profanas manos extinguir tan pronto la luz que de mí se irradia? ¿No es suficiente que seais uno de esos hombres cuyas pasiones egoistas me han fabricado este sombrero, y qe me obligan a llevarlo a través de los siglos sobre la cabeza?

Scrooge negó respetuosamente que abrigara propósitos de inferirle una ofensa, y protestó que en ninguna época de su vida habia tratado, voluntariamente, de ponerle el apagador. Luego le preguntó por el motivo que le llevaba allí.

 —Vuestra felidad, contestó el espectro.

 Scrooge manifestó su reconocimiento; pero no pudo menos de pensar que con una noche de descanso no interrumpido, se conseguiria mejor aquel objeto. Sin duda que le oyó pensar el espíritu, porque inmediatamente le dijo:

 —Entonces... vuestra conversion... Tened cuidado.

Y mientras hablaba tendió su poderosa mano, y agarrándole suavemente el brazo:

 —Levantaos y venid conmigo, añadió.

En vano hubiera protestado Scrooge que el tiempo y la hora no tenian de oportunos para un paseo a pie; que estaba muy caliente su lecho y el termómetro bajo cero; que sus vestidos no eran a propósito y que el constipado le mortificaba mucho. No habia modo de resistir el apreton de aquella mano, aunque suave como si fuera de mujer. Se levantó; pero observando que el espíritu iba hacia la ventana, lo agarró por la vestidura en actitud de súplica.  —Yo soy mortal, le dijo Scrooge, y podria muy bien caerme.

 —Permitidme tan solo que os toque ahi con la mano, repuso el espíritu poniéndosela a Scrooge sobre el corazon, y adquirireis fuerzas para resistir muchas pruebas.

 Y al pronunciar estas palabras atravesaron por las paredes y salieron a una carretera situada habia desaparecido completamente: no se notaba ni la menor señal de ella.

 La oscuridad y la niebla habian desaparecido tambien, porque era un día de invierno, claro y espléndido, aunque la tierra estaba cubierta de nieve.

 —Dios mio! exclamó Scrooge con las manos unidas, mientras que paseaba sus miradas en torno de sí, aquí fuí educado, aquí pasé mi infancia.

El espíritu le miró con bondad. Su dulce tocamiento, aunque duró poco, habia removido la sensibilidad del viejo. Los perfumes que aromaban el aire le producian el despertamiento de miles de alegrías, de ideas y de esperanzas, largo tiempo olvidadas; ¡muy largo tiempo!

 —Vuestros labios tiemblan, insinuó el espíritu. ¿Qué teneis en la cara?

 —Nada, contestó Scrooge con voz singularmente conmovida; no es el miedo lo que ahueca las mejillas; no es nada; es un hoyuelo. Llevadme, os lo suplico, adonde quereis.

 —¿Recordais el camino?

 —¡Que si me acuerdo! exclamó Scrooge enardecido; podria ir con los ojos vendados.

 —Es extraño que lo hayais tenido olvidado tanto tiempo.

 Y se pusieron en marcha por la carretera.

Scrooge reconocía cada puerta, cada árbol, hasta que se divisó en lotanaza una aldehuela con su iglesia, su puente y y su riachuelo de sinuoso curso. Una cuantas jaquillas de tendidas crines, se dirigian hacia ellos, montadas por niños que llamaban a otros niños encaramados en carruajillos rústicos o en erratas. Todos iban alborozados, gritando en variedad de tonos, y no parecia sino que el espacio se llenaba de aquella música tan alegre y que se ponia en vibración el aire.

 —Esas son las sombras de lo pasado, observó el espíritu. No saben que las vemos.

Los alegres viajeron fueron aproximándoe hacia ellos, y a medida que se aproximaban Scrooge iba reconociéndolos y llamando a cada por su nombre. ¿Por qué se ponia de tan buen humor al encontrarlos? ¿Por qué sus ojos, ordinariamente tan mortecinos, despedían aquellas miradas tan expresivas? ¿Por qué le saltaba el corazon dentro del pecho segun iba pasando? ¿Por qué se sintió lleno de júbilo al ver cómo se deseaban unos a otros mil felicidades por la Noche Buena, mientras se separaban tomando diferentes caminos para volverse a sus respectivos hogares? ¿Qué significaba una Noche Buena para Scrooge? ¿Qué ventajas le habia producido?

 —La escuela no ha quedado desierta, indicó el espíritu; hay en ella un niño solo, abandonado por los demás.

 Scrooge dijo que lo reconocía y suspiró.

Dejando el camino real y dirigiéndose a una hondanada perfectamente reconocida por Scrooge, llegaron muy pronto a un edificio fabricado con ladrillos de color rojo oscuro, sobre el cual se alzaba una cupulilla y sobre esta una veleta; en el tejado se veia una campana. El edificio era espacioso, pero denotaba vicisitudes de fortuna porque se hacia poco uso de sus numerosos compartimientos. Las paredes manifestaban señales de humedad; las ventanas aparecían rotas, las puertas desvencijadas. Algunas gallinas cacareaban en los establos; en las cocheras y en las caballerizas crecia la hierba. En el interior no conservaba ningun resto de su antigua grandeza, porque al entrar por el oscuro vestíbulo, se notaba por las puertas entrabiertas de algunos salones la humildad de sus muebles. Aquellos aposentos desprendían olor como de cerrados; todo indicaba allí que sus habitantes eran extraordinariamente madrugadores para el trabajo, y que no tenian mucho que comer.

El espíritu y Scrooge atrevasando por el vestíbulo llegaron a una puerta situada en la parte posterior de la casa. Abrióse ante ellos y dejó ver una extensa sala, triste, solitaria, llena de banquetas y de pupitres de humilde puno. Sobre uno de ellos, y próximo a un escaso fuego, leía un niño: nadie le acompañaba. Scrooge, sentándose en un banco lloró, reconociéndose en aquel niño tan olvidado como entonces lo estaba él. Ni los ecos dormidos en las concavidades de la casa, ni los chillidos de las ratas peléandose debajo del entarimado, ni el rumor del caño de la fuente que casi no corria por estar el agua congelada, ni el susurro del viento entre las ramas deshojadas de un álamo, ni el golpe de la puerta de los vacíos almacenes, nada, nada; ni aun el más ligero chisporroteo de la lumbre dejó de influir, suave y dulcemente, en el pecho de Scrooge para desatar la corriente de sus lágrimas.

El espíritu le tocó en el brazo, señalándole aquel niño, aquel otro Scrooge tan entregado a la lectura.

De repente un hombre vestido de una manera extraña, visible como os veo, se acercó a la ventana llevando del ronzal un asno cargado de leña. «Ahí llega Alí-Baba, exclamó Scrooge entusiasmado: el excelente y honrado viejo. Sí, sí lo reconozco. Era cabalmente un día de Noche Buena, cuando ese niño fue dejado solo en la escuela y se presentó Alí-Baba con el mismo traje que ahora. ¡Pobre niño! ¿Y Valentín? dijo Scrooge. ¿Y su bribon de hermano? ¿Como apellidaban a eso que fue depositado en medio de su sueño y casi desnudo, en la puerta de Damasco? ¿No lo veis? ¿Y el palafrenero del sultan tan maltratado por los genios? Helo ahí con la cabeza abajo. Bien, bien; tratadle como se merece: eso me gusta. ¿Qué necesidad tenía de casarse con la princesa?»

¡Qué admiración para sus compañeros de la City si hubieran podido ver a Scrooge que empleaba todo lo que su naturaleza encerraba de vigor, para extasiarse con tales recuerdos; medio llorando, medio riendo, alzando la voz con una fuerza extraordinaria, animándosele la fisonomía de un modo singular.

"He ahí el loro, continuó, de cuerpo verde de cola amarilla, de moño semejante a una lechuga, en la cabeza". "¡Pobre Robinson Crusoe!" le gritaba el loro cuando lo vio tornar a su albergue despues de haber dado vuelta a la isla. «¡Pobre Robinson Crusoe!» ¿Dónde has estado Robinson Crusoe? El hombre creia soñar; mas no soñaba, no: era como ya sabeis, el loro. He ahí a Viernes corriendo a todo escape para salvarse: anda de prisa; valor; upa.»

Después pasando de un asunto a otro con una rapidez no acostumbrada en él, y movido de compasion por aquel otro Scrooge que leia los cuentos a a que acababa de aludir, «Pobre niño,» dijo, y se puso a llorar de nuevo.

 —Querría... murmuró Scrooge metiéndose las manos en los bolsillos despues de haberse enjugado las lágrimas... pero ya es tarde.

 —¿Qué hay? preguntó el espíritu.

 —Nada, nada. Me acordaba de un niño que estuvo ayer a la puerta de mi despacho para cantarme un villancico de Noche Buena: hubiera querido darle algo: he ahí todo.

El espíritu se sonrió con ademan meditabundo, y haciéndole señal de callarse le dijo: veamos otra Noche Buena.

Proferidas estas palabras, observó Scrooge, que el niño imagen suya se habia desarrollado, y que la sala estaba algo más sucia y estaba más oscura. El ensamblado de madera de las paredes aparecia con inmensas grietas, las ventanas resquebrajadas, el piso lleno de cascotes de la techumbre y las vigas al descubierto. ¿Cómo se habian veridicado estos cambios? Scrooge lo ignoraba como vosotros. Sabía únicamente que aquello era un hecho irrefutable; que se encontraba allí, siempre solo, mientras que sus demás condiscípulos estaban en sus respectivas casas para gozar alegres y contentos de la Noche Buena.

Entonces no leía: se limitaba a pasear a lo largo y a lo ancho, entregado a la mayor desesperación. Scrooge se volvió al espectro, y moviendo con aire melancólico la cabeza, lanzó una mirada, llena de ansiedad, a la puerta.

Esta se abrió dejando penetrar a una niña de menos edad que el estudiante, la cual, dirigiéndose como una flecha hacia él lo apretó entre sus brazos, exclamando:

 —«Hermano querido.

 —«Vengo para llevarte a casa, continuó, dando palmadas de alegría y encorvada a fuerza de reir; para llevarte a casa, a casa, a casa.

 —¿A casa, Paquita?

 —Sí, contestó ella, a casa; ni más ni menos; y para siempre, para siempre. Papá es ahora tan bueno, en comparación de lo que era antes, que aquello se ha trocado en un paraiso. Hace pocas noches me habló con tan grande cariño, que no vacilé en solicitar otra vez que vinieras a casa, y me lo concedió, y me ha enviado con un coche para buscarte. Va a ser un hombre, continuó la niña abriendo desmesuradamente los ojos: no volverás aquí, y por de pronto vamos a pasar reunidos las fiestas de Noche Buena de la manera más alegre del mundo.

 —Eres verdaderamente una mujer, Paquita, exclamó el jóven.

Ella volvió a palmotear y a reir. Luego trató de acariciarle, pero como era tan pequeña, tuvo que empinarse sobre las puntas de los pies para darle un abrazo y tornó a reir. Por último, impaciente ya como niña, lo arrastró hacia la puerta y él fue trás ella contentísimo.

Una vez poderosa se dejó oir en el vestíbulo.

"Bajad el equipaje de Mr. Scrooge: pronto." Y apareció el maestro en persona, quien dirigiendo al jóven una mirada entre adusta y benévola, le estrechó la mano en significación de despedida. Seguidamente le condujo a una sala baja, lo más helada que se podía dar, verdadera cueva donde existian muchos mapas suspendidos de las paredes, globos terrestres y celestes en los alféizares de las ventanas, objetos todos que parecian tambien helados por el frio de la habitación, y allí obsequió a los jóvenes con una botellita de vino excesivamente ligero y un trozo de pastel excesivamente pesado: al mismo tiempo hizo que un sirviente de sórdido aspecto invitase al cochero, más éste, agradeciendo mucho la oferta, repuso, que si se trataba del mismo vino que le habian dado a probar antes no lo deseaba. Dispuesto el equipaje, los jóvenes se despidieron cariñosamente del maestro, y subiendo al coche atravesaron llenos de alegría el jardin y salieron a la carretera, llena entonces de nieve que iba arremolinándose al paso de las ruedas como si fuera espuma. 

 —Siempre fué esa niña una criatura delicada a quien el más pequeño soplo hubiera podido marchitar, dijo es espectro... pero abrigaba un gran corazón.

 —Es cierto, contestó Scrooge. No seré yo quien me oponga a ello, espíritu; líbreme Dios.

 —Ha muerto casada y me parece que ha dejado dos hijos.

 —Uno solo, repuso Scrooge.

 —Es verdad, corroboró el espectro; vuestro sobrino. Scrooge asintió y dijo brevemente: Sí.

Aunque no habian hecho más que abandonar el colegio, se encontraban ya en las calles de una gran ciudad, por donde pasaban y repasaban muchas sombras humanas o sombras de carruajes en gran número; en una palabra, en medio del ruido y del movimiento de una verdadera ciudad. Por los escaparates de las tiendas se echaba de ver que tambien allí tenía efecto la celebración de la Noche Buena.

 El espectro se detuvo ante la puerta de un almacen y le preguntó a Scrooge si lo reconocia.

 —¡Si lo reconozco! Aquí fue donde hice mi aprendizaje.

Entraron. Habia allí un anciano cubierto con una peluca, y sentado en una banqueta tan elevada, que si aquel señor hubiera tenido dos pulgadas más de estatura, habria tropezado en el techo. En cuanto lo vio Scrooge no pudo menos de exclamar lleno de agitación:

 —¡Pero si es el viejo Feziwig! Dios lo bendiga. Es Feziwig resucitado.

El viejo Feziwig abandonó la pluma y miró el reloj: señalaba las siete de la noche. Se restregó las manos, se arregló el inmenso chaleco, y riéndose bonsachonamente desde la punta de los pies hasta la punta de los cabellos, llamó con poderoso, sonoro, rico y jovial acento:

 —Hola; Scrooge; Dick.

El otro Scrooge cenvertido ahora en un adolescente, acudió presuroso acompañado de su camarada de aprendizaje.

 —Es Dick Vilkins a no dudarlo, dijo Scrooge al espíritu... Es él. Helo ahí. Me queria mucho ese pobre Dick.

 —Ea, ea, hijos mios, grito Feziwig: esta noche no se trabaja. Es la Noche Buena Dick; es la Noche Buena, Scrooge. Prontito, colocad los tableros en las ventanas, continuó Feziwig haciendo chasquear sus manos alegremente. Pero pronto. ¿Aún no habeis concluido?

Es imposible figurarse como ejecutaron la orden las jóvenes. Corrieron a poner los tableros, uno dos y tres... los colocaron en sus respectivos sitios, cuatro, cinco, seis... despues las barras, despues las chavetas, siete, ocho nueve... y volvieron antes de que se hubiera podido contar hasta doce, jadeantes como caballos de carrera.

 —Oh, oh, gritó el anciano Feziwig descendiendo de su pupitre con maravillosa agilidad: quitemos estorbos de delante, hijos mios, y hagamos lugar. Hola, Dick: vamos de prisa, Scrooge.

¡Quitar estorbos! Tenian animos para desamueblar aquello. Todo quedó hecho en brevísimo rato: todo lo que era susceptible de ser transportado, desapareció de aquel lugar como si nunca debiera reaparecer. El pavimento fue barrido y perfectamente regado; las lámparas dispuestas, la chimenea bien prevenida de combustible, y en un momento convirtieron el almacen en un salon de baile, tan cómodo, tan templado, tan seco y con tanta luz como podía desearse para una noche de invierno.

Luego vino un músico con sus papeles, y colocándose en el elevado pupitre de Feziwig produjo acordes enteramente ratoneros. Despues entró la señora de Feziwig, señora de plácida sonrisa; despues las tres hijas del matrimonio, hermosas y excitantes; despues los seis galanes que las requerian de amores; despues las jóvenes y los jóvenes empleados en el comercio de la casa; despues la criada con un primo suyo panadero; despues la cocinera con el vendedor de leche, amigo íntimo de su hermano; despues el aprendiz de enfrente, de quien se sospechaba que no recibía mucha comida de su amo: se ocultaba detrás de la criada del número 15, a quien su ama, esto se sabía positivamente, tiraba de las orejas. Todos entraron; unos tímidamente, otros con atrevimiento; estos con gracia, aquellos con torpeza, pero entraron todos de una manera ú otra; esto importa poco. Todos se lanzaron veinte parejas a la vez formando un círculo. La mitad se adelanta; a poco retroceden. Esta vez les toca a los unos balancearse cadenciosamante; la otra a los demás para acelerar el movimiento. Luego principian a girar agrupándose, estrechándose, persiguiéndose los unos a los otros: la pareja de los ancianos dueños, no está nunca parada; las demás jóvenes la persiguen, y cuando la han estrechada se separan todos rompiendo la cadena. Despues de este magnífico resultado, Feziwig, dando unas palmadas ordena la suspension del baile. Entonces el músico se refresca del calor que le abrasa con un vaso de cerveza fuerte, dispuesto especialmente con este objeto. Pero desdeñándose de descansar, vuelve a la carga con mayor estusiasmo, vuelve a la carga con mayor entusiasmo, aunque no salian ya bailarines como si el primer músico hubiera sido transportado, sin fuerzas, a su domicilio en un tablero de ventana, y el músico encargado de reemplazarle estuviera decidido a vencer o morir.

Despues aun hubo un poco de baile. Despues más baile, pasteles, limonada con vino, un enorme trozo de asado frio, pasteles de picadillo y cerveza abundosamente. Pero lo bueno del sarao fue cuando el músico (ladino como él solo, tenedlo en cuenta,) que sabia muy bien cómo manejarse, condición por la que ni vosotros ni yo hubiéramos podido criticarle, se puso a declamar: Sir Roberto de Cowerley.

A seguida de esto salió el viejo Feziwig con la señora Feziwig y se colocaron a la cabeza de los bailarines. Esto si que fue trabajo para los ancianos. Debían dirigir veintitres o veinticuatro parejas, que no admitian chanzas porque eran jóvenes, ansiosos de bailar, y enemigos de ir despacio.

Mas aun cuando hubieran sido en mayor número, el viejo Feziwig era capaz de dirigirlos, así como su esposa. Era su dignísima compañera en toda la extension de la palabra. Si esto no es un elogio, que se me indique otro y lo aprovecharé. Las pantorrillas de Feziwig eran como dos astros; eran como medias lunas que se multiplicaban para todas las operaciones del baile. Aparecian, desaparecian, reaparecian de cada vez mejor. Cuando el anciano Feziwig y su señora hubieron ejecutado el rigodon completo, él hacía cabriolas con una ligereza pasmosa, y al terminarlas se quedaba tieso como una I sobre los pies.

Cuando el reloj marcaba las once tuvo fin aquel baile doméstico. El señor y la señora de Feziwig se colocaron a cada lado de la puerta, y fueron estrechando cariñosamente y uno a uno las manos de todos los concurrentes; él las de los hombres y ella las de las mujeres, deseándoles mil felicidades. Cuando no quedaban más que los aprendices, se despidieron de ellos de la misma manera: todo quedó en silencio y los dos jóvenes se acostaron en la trastienda.

Durante estas operaciones Scrooge se hallaba como un hombre desatinado. Habia tomado parte en aquella escena con su corazon y con su alma. Lo reconocía todo, lo recordaba todo, gozaba de todo y experimentaba una agitación singular. Tan solo cuando la animada fisonomía de su imagen y la de Dick hubieron desaparecido, fue cuando se acordó del fantasma.

 Entonces advirtió que le miraba atentísimamente, y que la luz que sobre la cabeza tenia brillaba con todo su esplendor.

 —No se necesita gran cosa, dijo el fantasma, para infundir en esos tontos un poco de agradecimiento.

 —No se necesita gran cosa, repitió Scrooge.

El espíritu le indicó que escuchase la conversación de los jóvenes aprendices, los cuales, desbordándose en reconocimiento por Feziwig, lo elogiaban de mil maneras.

 —Ya veis, añadió el espíritu; el gasto no ha subido mucho; algunas libras esterlinas de vuestro mundanal dinero; tres o cuatro acaso. ¿Merece Feziwig que se le dispensen tantos elogios?

 —No es eso, replicó Scrooge al oir esta observación, y hablando como si fuera aquella imagen suya y no como el Scrooge actual; no es eso, espíritu. Está en manos de Feziwig hacernos dichosos o desgraciados; que nuestra dependencia sea ligera o incómoda; un placer o una pena. Que todo ese poder se reduzca a frases o a miradas; a cosas tan insignificantes, tan fugaces que es imposible acumularlas y sumarlas en una cuenta, ¿qué importa? La dicha que nos proporcionan es tan grande, como si tratase de una gran fortuna.

Scrooge sorprendió en el aparecido una mirada penetrante, y se detuvo.

 —¿Qué os ocurre? preguntó el espíritu.

 —Nada de particular.

 —Sin embargo, teneis aspecto como de hombre a quien le ocurre alguna cosa.

 —No, dijo Scrooge, no. Lo que deseo únicamente es poder decir cuatro palabras a mi compañero. He ahí todo.

Al manifestar Scrooge este deseo, su imagen apagó los quinqués. Scrooge y el fantasma se encontraron solos al aire libre.

 —Mi tiempo pasa, observó el espíritu.... pronto.

Estas palabras no iban dirigidas a Scrooge o a alguien que él pudiera ver, pero produjeron un efecto inmediato, pues Scrooge volvió a contemplarse, aunque de más edad, en la flor de la vida. Su rostro no tenia los rasgos duros y severos de la madurez, pero sí notaba en él ya las señales de la inquietud y de la avaricia, y en sus ojos una inmovilidad ardiente, codiciosa, que revelaba en él la pasion dominante; se conocia ya hacia qué lado iba a proyectarse la sombre del árbol que empezaba a crecer.

No apareció solo. A su lado habia una hermosa jóven, vestida de luto, cuyos ojos, llenos de lágrimas, brillaban a la luz del espíritu.

 —Poco importa, dijo ella suavemente; a lo menos por lo que a vos toca: otro ídolo se ha apoderado del lugar que ocupaba yo. Si es que este puede alegraros y consolaros, como lo hubiera yo hecho tambien, no tendré motivos para afligirme.

 —¿Y qué ídolo es eso?

 —El becerro de oro.

 —He ahí la imparcialidad del mundo. Critican severamente la pobreza, y a la vez no hay cosa que condenen con mas rigor que el ansia de riquezas.

 —Temeis demasiado la opinion de las gentes, replicó la jóven con dulzura. Habeis sacrificado todas vuestras esperanzas a la de huir del desprecio sórdido del mundo. He visto desaparecer, una a una, vuestras mas nobles aspiraciones delante de la que a todas las ha absorbido: una; la dominante pasion del luero. ¿Estoy en lo cierto?

 —Bien, ¿Y qué? Aunque al envejecer me haya hecho más sabio, ¿he cambiado por eso con respecto a vuestra persona?

La jóven movió la cabeza.

 —¿He cambiado? insistió Scrooge.

 —Nuestro compromiso es muy antiguo. Lo contrajimos cuando éramos unos pobres y estábamos contentos con nuestra situación. Nos propusimos aguardar a labrarnos una fortuna con una industria y nuestra perseverancia. Vos habeis enmbiado: cuando contrajisteis el compromiso érais otro hombre.

 —Era un niño, replicó él con impaciencia.

 —Vuestra conciencia os está diciendo que hoy no sois lo que érais entonces. En cuanto a mi la misma soy. Lo que podía haber sido para nosotros una felicidad cuando conteníamos de disgustos hoy que tenemos dos. Es imposible figurarse cuántas veces y con cuánta amargura he pensado y que pueda relevaros de vuestro compromiso y devolveros la palabra.

 —¿Lo he querido así?

 —De boca no: jamas.

 —Entonces ¿cómo?

 —Cambiando totalmente. Vuestro carácter no es el mismo, así como tampoco la atmósfera en que vivís, ni la esperanza que os animaba. Si no hubiera existido el compromiso que a entrambos nos unia, dijo la jóven con dulzura pero con firmeza, decid: ¿solicitarías mi mano hoy? ¡Oh! no.

 Scrooge estuvo a punto de conceder esta suposición, casi contra su voluntad, pero se resistió aún.

 —Eso no lo creeis.

 —Me consideraria muy dichosa en poder opinar de otro modo. Para que me haya resuelto a admitir una verdad tan triste, ha sido preciso que yo advirtiese en ella una fuerza invencible. Pero si os viérais hoy o mañana en libertad. ¿podría yo creer, como en otro tiempo, que escogeríais para esposa una jóven sin dote, vos, que en vuestras íntimas confianzas, cuando me descubríais vuestro corazon francamente, no cesábais de calcularlo todo en la balanza del interés y de apreciarlo todo por la utilidad que de ello podríais reportar, o tendríamos que, faltando a vuestros principios a causa de ella, a los principios que constituyen vuestra conducta, os fijaríais en esa jóven para hacerla vuestra mujer, sin que esto es produjera muy pronto, segun es mi opinion, amargo sentimiento? Estoy muy convencido de ello, y por eso os devuelvo vuestra libertad, precisamente a causa del amor que os profesaba en otro tiempo, cuando érais otro de los que hoy sois.

Él quería hablar, mas ella, apartando la vista, continuó:

 —Tal vez..... pero no; mas bien. Sin duda alguna padecereis al abandonarla y la memoria de lo pasado me autoriza a creerlo así. Mas al poco tiempo, muy poco tiempo, arrojareis de vos con prisa un tan importuno recuerdo, como si se tratara de un sueño inútil y enfadoso, felicitándoos por veros libre de él.

Dichas estas palabras se retiró, separándose ambos.

 —Espíritu, no me enseñeis más, dijo Scrooge. Restituidme a mi morada. ¿Por qué os complaceis en atormentarme?

 —Otra sombra, gritó el fantasma.

 —No, no mas, dijo Scrooge. No, no quiero ver más. No me enseñeis nada.

 Pero el implacable fantasma, estrechándole entre sus brazos, le hizo ver la seguida de los acontecimientos.

Y se transportaron a otro sitio donde vieron un cuadro de diferente género. Era una estancia no muy grande ni bella, pero vistosa y cómoda. Proxima a un hermoso fuego habia una linda jóven, tan semejante a la de la escena anterior, que Scrooge la confundía con ella, hasta que vio a ésta convertida en madre de familia, sentada al lado de su hija. El alboroto que se levantaba en aquel salon ensordecedor, porque jugaban en él tantos niños, que Scrooge, dominado por una poderosa agitación, no podria contarlos: cada uno de ellos daba mas que hacer que cuarenta. La consecuencia de todo aquello era un estruendo imposible de describir, pero nadie se inquietaba por eso; más aún, la madre y la hija se reian y se divertian extraordinariamente. Habiendo cometido la madre el desacierto de participar en el juego infantil, aquellos bribonzuelos la entregaron a saco y la trataron sin piedad. ¡Cuánto hubiera dado yo por ser uno de ellos! Aunque seguramente yo no me hubiera conducido con tanta rudeza. ¡Oh, no! No hubiera intentado, por todo el oro de la tierra, enredar ni tirar de un modo tan inícuo aquella cabellera tan perfectamente arreglada, y en cuanto al precioso zapatito que contenia su pié tampoco se lo hubiese sacado a la fuerza, ¡Dios me libre! aunque se tratara de la salvación de mi vida. En cuanto a medirle la cintura del modo que lo hacian aquellos atrevidos, sin escrúpulos de ninguna clase, tampoco lo hubiera hecho, temeroso de que como castigo a semejante profanación, quedara mi brazo condenado a redondearse siempre, sin poder enderezarlo nunca. Y sin embargo, lo confieso; hubiera deseado tocar sus labios, dirigirle preguntas para obligarla a que los abriese respondiéndome; fijar mis miradas en las pestañas de sus inclinados ojos sin sonrojarla; desatar su ondulante crencha, uno de cuyos rizos hubiera sido para mí el mas apreciado recuerdo; en una palabra, hubiera deseado, dígolo francamente, que me permitiera disfrutar con ella los privilegios de niño; pero siendo hombre para reconocerlos y saberlos apreciar.

A la sazon llamaron, y sobre la marcha el grupo aquel tan alborotador, empujó a la pobre madre, sin dejarla que se arreglase los vestidos, sin permitirla que se defendiese, pero sin que se perdiera su sonrisa de satisfacción; la empujó hacia la puerta en medio de un tumulto y de un entusiasmo indescriptible, al encuentro del padre, que regresaba en compañía de un recadero cargado de juguetes y de regalos de Navidad. Cualquiera puede figurarse los gritos, las batallas, los asaltos de que fue víctima el indefenso acompañante. Uno lo escala, subiéndose sobre las sillas, para registrarle los bolsillos, sacarle los paquetes, tirarle de la corbata, suspenderse de su cuello, adjudicarle como demostración de cariño innumerables puñetazos en las espaldas e infinitos puntapiés en las pantorrillas. Y después ¡con qué exclamaciones de alegría se saludaba la apertura de cada paquete! ¡Qué desastroso efecto produce la fatal noticia de que el rorro ha sido cogido infraganti, metiéndose en la boca una sarten de azúcar perteneciente al ajuar! Tambien se sospecha, con bastante seguridad, que se ha tragado un pavo de azúcar que estaba adherido a un plato de madera. ¡Qué satisfacción cuando se averigua que aquella imputación es falsa! La alegría, el reconocimiento, el entusiasmo son indefinibles. A lo último, habiendo llegado la hora, se van retirando poco a poco los niños; suben los peldaños ligeramente, se meten en su cuarto y la calma renace.

Entonces Scrooge, prestando mayor atención, vio que el padre, a cuyo brazo iba tiernamente asida la hija, se sentaba entre ésta y la madre, junto a la chimenea, y no pudo menos de ocurrírselo que a él tambien hubiera podido darle el nombre de padre una criatura semejante a aquella, tan graciosa y tan linda, y convertirle en una lozana primavera el triste invierno de su vida: sus ojos se llenaron de lágrimas.

 —Bella, dijo el marido volviéndose con una duce sonrisa hacia su mujer, esta noche he visto a uno de vuestros antiguos amigos.

 —¿Quién?

 —¿No lo adivinais?

 —¿Cómo?... Pero ya caigo, continuó riéndose como él; Mr. Scrooge.

 —El mismo. Pasaba por delante de la ventana de su despecho, y como tenia sin echar los tableros, no he podido menos de verle. Su socio ha espirado, y él está allí, como siempre; solo; solo en el mundo.

 —Espíritu, dijo Scrooge con voz entrecortada; sácame de aquí.

 —Os he advertido que os manifestaria las sombras de los que han sido: no me echeis la culpa si son como se presentan y no otra cosa.

 —Sacadme: no puedo resistir más este espectáculo.

Y se volvió a mirar al espíritu; mas viendo que éste le contemplaba con un rostro que por extraña singularidad reunia todos los aspectos de las personas que le había enseñado, se arrojó sobre él.

 —Dejadme, gritó; cesad de perseguirme.

En la lucha, si lucha se podía llamar aquello, dado que el espectro, sin necesidad de oponer ninguna resistencia aparente, era invulnerable, Scrooge observó que el resplandor de la cabeza brillaba de cada vez más rutilante. Relacionado con este hecho el poderoso influjo que sobre él hacia pesar el espíritu, cogió el apagador, y en un movimiento repentino se lo encasquetó el fantasma en la cabeza.

El espíritu se aplanó tanto bajo aquel sombrero fantástico, que desapareció casi por completo; pero por más que hacia Scrooge no alcanzaba a tapar del todo la luz bajo del apagador: en el suelo y por alrededor del fantasma aparecio un círculo de rayos luminosos.

Scrooge se sintió fatigado y con irresistibles ganas de dormir. Se vio en su alcoba, y haciendo un esfuerzo supremo para encasquetar mas el apagador, abrió la mano y apenas tuvo tiempo para arrojarse sobre el lecho antes de caer en profundo sueño.

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