Fotograma de 'A Christmas Carol' (1951).

'Cuento de Navidad': quinta parte

"Scrooge lo dudó porque a su juicio habían sido condensadas muchas Navidades en el tiempo que estuvo con el aparecido. Sucedía una cosa extraña y era que mientras Scrooge conservaba incólumes sus formas exteriores, el espíritu se hacía más viejo; visiblemente más viejo"

2017/12/07

Por Charles Dickens

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Los pequeños Cratchit rieron como locos, pensando que su hermano iba a tomar parte en los negocios, y el interesado miró con aire meditabundo, y por entre los picos del cuello de la camisa, al fuego, como si ya reflexionase acerca de la colocacion que daria a una renta tan comprometedora.

Marta, pobre aprendiz en un establecimiento de modista, refirió la clase de obra que tenía que hacer y las horas que necesitaba trabajar sin descanso, regocijándose con la idea de que al siguiente dia podría permaneces más que de costumbre en el lecho. Añadió que acababa de ver a un lord y una condesa, aquél de la misma estatura que Pedro, con lo que éste se levantó tanto el cuello de la camisa, que casi no se le veia la cabeza. Durante la conversacion las castañas y el grog circulaban de mano en mano, y Tiny cantó una balada relativa a un niño perdido entre las nieves. Tiny poseia una vocecita lastimera y lo hizo admirablemente, por quien soy.

En todo aquello no habia ciertamente nada de aristocrático. Aquella no era una hermosa familia. Ninguno de ellos estaba bien vestido. Tenian los zapatos en mal uso y hasta Pedro hubiera podido con su traje hacer negocio con un ropavejero; sin embargo, todos eran felices, y vivian en las mejores relaciones, satisfechos de su condicion. Cuando Scrooge se separó de ellos se manifestaron mas alegres de cada vez, gracias al benéfico influjo de la antorcha del espíritu, así es que continuó mirándolos hasta que se desvanecieron, y especialmente a Tiny-Tim.

Había llegado la noche, oscuro y lóbrega. Mientras Scrooge y el espíritu recorrian las calles, la lumbre chisporroteaba en las cocinas, en los salones, en todas partes, produciendo maravillosos efectos. Aquí la llama vacilante dejaba ver los preparativos de una modesta pero excelente comida de familia, en una estancia que preservaban del frio de la calle por medio de espesos cortinajes de color rojo oscuro. Por allá todos los hijos de la casa, desafiando la temperatura, salian al encuentro de sus hermanas casadas, de sus hermanos, de sus tios, de sus primos, para anticiparse a saludarlos. Por otras partes los perfiles de los convidados se divisaban a través de los visillos. Una porcion de hermosas jóvenes, encapuchadas y calzadas de fuertes zapatos, hablando todas a la vez, se dirigian apresuradamente a casa de su vecina. ¡Infeliz del célibe (las astutas hechiceras lo sabian perfectamente) que las viese entonces penetrar en la casa con los semblantes coloreados por el frio!

A juzgar por el número de personas que se dirigian a las reuniones, se hubiera podido decir que no quedaba nadie en las casas para dar la bienvenida, pero no sucedia así; en todas partes habia amigos que aguardaban con el corazon bien alegre y las chimeneas bien repletas de fuego. Por eso se veia al espíritu arrebatado de entusiasmo, y que descubriendo su ancho pecho y abriendo su dadivosa mano, flotaba por encima de aquella multitud, derramando sobre las gentes su pura y cándida alegría. Hasta los humildes faroleros, acelerándose delante de él, marcando su trabajo con luminosos puntos a lo largo de las calles; hasta los humildes faroleros, ya vestidos para ir a alguna reunion, se reian a carcajadas cuando el espíritu pasaba cerca de ellos, por más que ignorasen lo próximo que lo tenian.

De repente, sin que el espíritu hubiera dicho nada a su compañero, en preparacion para tan brusco tránsito, se encontraron en medio de un lugar pantanoso, triste, desierto y sembrado de grandes montones de piedras, como si allí hubiera un cementerio de gigantes. El agua circulaba por todas partes, y no se ofrecia para ello otro obstáculo que el hielo que la sujetaba prisionera. Aquel suelo no producia más que musgo, retama y una hierba mezquina y ruda. Por el horizonte y en la direccion del Oeste, el Sol poniente habia dejado un rastro de fuego de un rojo vivísimo, que iluminó por un momento aquel lugar de desolacion, como si fuese la mirada brillante de un ojo sombrío cuyos párpados se cerrasen poco a poco, hasta que desapareció completamente en la oscuridad de una densa noche.

 —¿En dóndo estamos? preguntó Scrooge.

 —Estamos donde viven los mineros, los que trabajan en las entrañas de la tierra, contestó el espíritu. Ya me reconocen, mirad.

 Brilló una luz en la ventana de una pobre choza, y ambos se dirigieron hacia aquel lado. Penetrando a través del muro de piedras y tierra que constituia aquel mísero albergue, vieron una numerosa y alegre reunion en torno de una gran fogata.

Un bueno viejo, su mujer, sus hijos, sus nietos y sus biznietos, estaban congregados allí vestidos con su mejor traje. El viejo, con voz que ya no podia sobreponerse al agudo silbido del viento que soplaba sobre los arenales, cantaba un villancico (muy antiguo ya cuando él lo aprendió de niño), y los circunstantes repetian de tiempo en tiempo de estribillo. Cuando ellos cantaban el viejo se sentia reanimado, pero cuando callaban volvia a caer en su debilidad.

El espíritu no se detuvo aquí, sino que encargando a Scrooge que agarrara vigorosamente, lo transportó por encima de los pantanos, ¿adónde? No al mar, me parece; pues sí, al mar. Scrooge aterrorizado, observó como se desvanecia en la sombra el promontorio más avanzado: el ruido de las olas embravecidas y rugientes que corrian a estrellarse con el fragor del trueno en las cavernas que habian socavado, como si en el exceso de su ira el mar tratase de minar la tierra, le ensordeció.

Edificado sobre una desnuda roca que apenas salia a flor de agua, y azotado furiosamente por las olas durante todo el año, se levantaba a mucha distancia de tierra un faro solitario. En el basamento se acumulaban multitud de plantas marinas, y el pájaro de las tempestades, nacido acaso de los vientos como las algas de las aguas, revoloteaba en torno de la torre como las olas sobre que se mecia.

Hasta en aquel sitio, los dos hombres a cuyo cargo estaba la custodia del faro, habian encendido una hoguera que despedia sus luminosos rayos hasta el alborotado mar por la abertura hecha en la recia muralla. Dándose un apreton con sus callosas manos, por encima de la mesa a la cual estaban sentados, se deseaban felices Pascuas brindando con grog: el más viejo, de cutis apergaminado y lleno de costurones, como esas figuras esculpidas en la proa de los antiguos buques, entonó con voz ronca un canto salvaje que tenía mucho de las ráfagas tempestuosas.

El espectro seguía siempre sobre el mar sombrío y turbulento; siempre, siempre, hasta que en su rápida marcha, lejos ya, muy lejos de tierra como le dijo Scrooge, descendió a un buque, colocándose cerca del timonero a veces, otras del vigilante a proa, otras de los oficiales de guardia, visitando todas estas fantásticas figuras en los varios sitios adonde debían acudir. Todos ellos tarareaban una canción alusiva al día: pensaban en la Navidad; recordaban a sus compañeros otras de que habían disfrutado, contando siempre con volver al seno de sus familias. Todos a bordo, despiertos ó dormidos, buenos ó malos, habían estado mas cariñosos entre sí que durante el resto del año; todos se habían comunicado sus alegrías; todos se habían acordado de sus parientes o amigos, esperando que éstos se acordasen también.

Scrooge quedó altamente sorprendido de que mientras estaba atento al estribor del huracán, y se perdía en abstracciones acerca de lo solemne de semejante viaje, a través de la oscuridad, por encima de aquellos espantosos abismos, cuyas profundidades son secretos tan impenetrables como el de la muerte, llegara a sus oídos una ruidosa carcajada. Pero su sorpresa fué mayor al advertir que aquella carcajada procedia de su sobrino, el cual se hallaba en un salon perfectamente iluminado, limpio, con buen fuego y en compañía del espíritu, que lanzaba sobre el alegre jóven miradas llenas de dulzura y de benevolencia.

Si os sucede, por una casualidad poco probable, que os encontreis con un hombre que sepa reir de mejor gana que el sobrino de Scrooge, os digo que desearia trabar relaciones con él. Hacedme el favor de presentármelo y entablaré amistad.

Por una dichosa, justa y noble compensación en las cosas del mundo, aunque las enfermedades y los pesares son contagiosos, lo es más la risa y el buen humor. Mientras el sobrino de Scrooge se reia, segun he indicado, apretándose los ijares é imprimiendo a su cara las muecas más extravagantes, la sobrina de Scrooge, sobrina por afinidad, se reia de tan buena gana como su marido; los amigos que con ellos estaban no hacian menos y acompañaban en la risa a más y mejor.

 —Bajo palabra de honor, os aseguro, decia el sobrino, que ha proferido la palabra: que la Navidad es una tontería, é indudablemente esa era su conviccion.

 —Tanto más vergonzoso para él, dijo la mujer indignada.

Por eso me gustan las mujeres: no hacen nada a medias: todo lo toman por lo serio.

La sobrina de Scrooge era bonita; excesivamente bonita, con su encantador rostro, con su aire sencillo y cándido, con su arrebatadora boquita hecha para ser besada, y que indudablemente lo era a menudo; con sus mejillas llenas de pequeños hoyuelos; con sus ojos, los más expresivos que pueden verse en fisonomía de mujer: en una palabra, su belleza tenía tal vez algo de provocativa, pero revelando que se hallaba dispuesta a dar una satisfaccion, sí; satisfaccion completa.

 —Es muy chusco ese hombre, dijo el sobrino de Scrooge. En verdad, podría hacerse más simpático; pero como sus defectos constituyen su propio castigo, nada tengo que decir en contra de eso.

 —Creo que es muy opulento, Federico, dijo la sobrina: a lo menos eso me habeis dicho.

 —¡Qué importa su riqueza, mi querida amiga! replicó el marido. Para maldita la cosa que le sirve; ni aun para hacer bien a nadie; ni a sí mismo. Ni siquiera tiene la satisfaccion de pensar, ja, ja, ja, que nosotros nos hemos de aprovechar pronto de ella.

 —Ni aun con eso puedo sufrirlo, continuó la sobrina, a cuya opinion se adhirieron sus hermanas y las demás señoras concurrentes.

 —Pues yo soy más tolerante. Me aflijo por él, y nunca le desearé mal aunque tenga gana, porque quien padece de sus genialidades y de su mal humor es él y sólo él. Y lo que digo no es porque se le haya puesto en la cabeza rehusar mi convite, pues al fin, de aceptarlo, se hubiera encontrado con una comida detestable.

 —¡De veras! Pues yo creo que se ha perdido una buena comida, exclamó su mujer interrumpiéndola. Los convidados fueron de la misma opinion, y necesariamente eran personas muy autorizadas para decirlo, porque acababan de soborearla.

 —Me alegro de saberlo, repuso el sobrino de Scrooge, porque no tengo mucha confianza en el talento de estas jóvenes caseras. ¿Qué opinais Topper?

 Topper tenía los ojos puestos en una de las cuñaditas de Scrooge, y respondió que un célibe era un miserable paria a quien no le asistía el derecho de emitir opinion sobre tal materia, a cuyas palabras la cuñada del sobrino de Scrooge, aquella jóven tan regordetilla que veia a un extremo con pañoleta de encajes, no la que lleva un ramo de rosas, se puso sofocada.

 —Seguid lo que estabais diciendo, Federico, dijo su mujer dando unas palmadas. Nunca acaba lo que ha comenzado. ¡Qué ridículo es eso!

 El sobrino de Scrooge soltó la carcajada de nuevo, y como era imposible librarse del contagio, aunque la jóven regordeta trataba de hacerlo poniéndose a aspirar el frasco de sales, todos siguieron el ejemplo del jóven.

 —Me proponía únicamente decir, que mi tio presentándome tan mala cara, y negándose a venir con nosotros, ha perdido algunos momentos de placer que le hubieran venido muy bien. Indudablemente se ha privado de una compañía mucho más agradable que sus pensamientos, que un mostrador húmedo y que sus polvorientas habitaciones. Esto no quita para que todos los años le invite de la misma manera, plázcale ó no, porque tengo lástima de él. Dueño es, si así le parece, de burlarse de la Navidad; pero no podré menos de formar buena opinion de mí, cuando me vea presentarme a él todos los años, diciéndole con mi acostumbrado buen humor: «Mi querido tío: ¿qué tal os va?» Si esto pudiera inspirarle la idea de aumentar el sueldo de su dependiente hasta cuarenta y cuatro libras esterninas, se habría conseguido algo. No sé, pero se me figura que ayer lo ha quebrantado.

Al oir aquello todos los concurrentes se rieron, pareciéndoles que era sobrada pretension la de haber conseguido quebrantar a Scrooge; pero como el sobrino era de bellísimo génio, y no se cuidaba de saber por qué se reían con tal que se rieran, aun los animó haciendo circular las botellas.

Despues del thé hubo un poco de música, porque los convidados aquellos constituian una familia de músicas, que entendian perfectamente lo de cantar arias y ritornelos; sobre todo Topper, que sabia lanzar su gruesa voz de bajo como un artista consumado, sin que se le hincharan las venas de la frente y sin ponerse rojo como un cangrejo. La sobrina de Scrooge tenia bien el arpa: entre otras piezas ejecutó una cancioncilla (una cosa insignificante que hubiérais aprendido a tararear en dos minutos), pero que era justamente la favorita de la jóven que, tiempos atrás, fué en busca de Scrooge al colegio, como el fantasma de la Navidad se lo habia hecho a la memoria. Ante aquellas tan conocidas notas, recordó de nuevo Scrooge todo lo que el espectro le representara, y más enternecido de cada vez, consideró que si hubiera tenido la dicha de oir frecuentemente aquella insignificante cancioncilla, habria podido conocer mejor lo que de grato encierran las dulces afecciones de la existencia y cultivándolas; empresa algo más meritoria que la de cavar con impaciencia de sepulturero su fosa, segun ocurrió con Marley.

No tan sólo la música ocupó a aquellos convidados. Al cabo de rato se jugó a juegos de prendas, porque es conveniente volver a los dias de la niñez, sobre todo, teniendo en cuenta que la Navidad es una fiesta establecida por un Dios niño. Atencion Se dió principio por gallina ciega. ¡Oh! ¡Y qué tramposo está Topper! Hace como que no ve, pero perded cuidado; ya sabe bien adonde dirigirse. Estoy seguro de que se ha puesto de acuerdo con el sobrino de Scrooge, pero sin conseguir engañar al espíritu de la Navidad allí presente. La manera como el pretendido ciego persigue a la regordetilla de la pañoleta, es un insulto positivo que se dirige a la credulidad humana. Por más que ella se coloque detrás del guarda-fuego, ó encima de las sillas, ó al amparo del piano, ó encima de las sillas, ó al amparo del piano, ó entre los cortinajes a riesgo de asfixiarse, a todas partes donde va ella va tambien él. Siempre sabe donde tropezar con la regordetilla. No quiero coger a nadie más, y aunque le salgais al paso, como algunos lo han hecho de propósito, hará como que os quiere agarrar, pero con tal torpeza, que no puede engañarnos, y luego se dirigirá hacia donde se olculta la regordetilla. «Eso no es jugar bien:» dice ella huyendo cuanto puede, y tiene razon; pero a lo último, cuando él la coge; cuando a despecho de la ligereza de la jóven, él logra arrinconarla de manera que no pueda escapársele, entonces su conducta es inícua. Bajo pretexto de que no sabe a quien ha cogido, la reconoce pasándole la mano por la cabeza, ó se permite tocar cierto anillo que ella lleva al dedo, ó una cadena con que se adorna el cuello. ¡Oh infame mónstruo! Por eso así que él deja el pañuelo a otra persona, los dos jóvenes tienen en el hueco de la ventana, detrás de las cortinas, una conferencia particular, en la que ella le dice a él todo lo que le parece.

La sobrina de Scrooge no tomaba parte en el juego. Se habia retirado a uno de los rincones de la sala, y allí estaba sentada en un sillon con lo piés en un taburete, teniendo detrás al aparecido y a Scrooge. En los juegos de enigmas sí que participó. Era muy diestra en ellos, con gran satisfaccion de su esposo, y les sentaba bien las costuras a sus hermanas y eso que no eran tontas: preguntádselo si no á Topper.

Allí habia como veinte personas entre viejos y jóvenes.

Todos jugaban, hasta el mismo Scrooge, quien, olvidando de todo punto que no sería dado, se interesaba en todo aquello, diciendo en alta voz el secreto de los enigmas que se proponian: os aseguro que adivinaba muchas y que la más fina aguja, la de marca más acreditada, la más puntiaguda, no lo era tanto como el ingenio de Scrooge, a pesar del aire bobalicon de que revestia para engatusar a sus parroquianos.

 El aparecido gozaba de verle en semejante disposicion de espíritu, y lo contemplaba con aspecto tan lleno de benevolencia, que Scrooge le pidió encarecidamente como un niño, que lo tuviese allí hasta que se marcharan los convidados.

 —Un nuevo juego, espíritu; un nuevo juego. Media hora nada más.

Tratábase del juego conocido con el nombre de sí y no. El sobrino de Scrooge debia tener un pensamiento, y los demás la obligacion de adivinarlo. A las preguntas que le hacian él no contestaba más que sí ó no. La granizada de interrogatorios a que lo sujetaron, fué causa de que hiciese muchas indicaciones; que pensaba en un animal: que era un animal vivo, adusto y salvaje; un animal que rugia y gruñia en varias ocaciones: que otras veces hablaba: que residia en Lóndres: que se paseaba por las calles: que no lo enseñaban por dinero: que no iba sujeto con cordon: que no estaba en una casa de fieras ni destinado al matadero, y que no era ni un caballo, ni un asno, ni una vaca, ni un toro, ni un tigre, ni un perro, ni un cerdo, ni un gato, ni un oso. A cada pregunta que le hacian aquel tunante de sobrino daba a reir, y tan grandes eran a veces los accesos, que se veia obligado a levantarse para patear de gusto. Por fin la cuñada regordetilla, riéndose a más no poder, exclamó:

 —Lo he adivinado, Federico: ya sé lo que es.

 —¿Qué es?

 —Es vuestro tio Scro...o...o...o...oge.

Efectivamente habia acertado. La admiracion fué general, si bien algunas personas objetaron que a la pregunta: «¿Es un oso?» debia haberse contestado: «Sí,» tanto más, cuanto que a la respuesta negativa, muchos habian dejado de pensar en Scrooge para buscar por otro lado.

 —En medio de todo ha contribuido muy especialmente a divertirnos, dijo Federico, y seríamos sobre toda ponderacion ingratos, si no bebiéramos a su salud. Cabalmente todos empuñamos ahora un vaso de ponche de vino; por lo tanto: a la salud de mi tio Scrooge.

 —Sea: a la salud del tio Scrooge, contestaron.

 —Felices Pascuas y dichoso año para el viejo, a pesar de su genio. El no aceptaria este buen deseo de mi parte, pero se lo tributo sin embargo. A mi tio Scrooge.

Scrooge se habia dejado dominar de tal modo por la hilaridad general, experimentaba tanto descanso en su corazon, que de buena gana hubiera tomado parte en el brindis, aunque nadie sabía de su presencia allí, y pronunciado un buen discurso de gracias, siquiera fuese desoido, a no ser porque no se lo permitió el fantasma. Hubo cambio de escena. Cuando el sobrino pronunciaba la última palabra del brindis, Scrooge y el espíritu comprendieron de nuevo el curso de su viaje.

Vieron muchos países. Fueron muy lejos visitaron un gran número de moradas, y siempre con las mejores consecuencias para aquellos a quienes se acercaba el espíritu de la Navidad.

Al aproximarse al lecho de uno, enfermo y en extranjera tierra, éste se olvidaba de su dolencia y se creia trasportado al suelo patrio. Si a una alma en lucha con la suerte, le infundia sentimientos de resignacion y esperanza en mejor porvenir. Si a los pobres, inmediatamente se creian ricos. Si a las casas de caridad, a los hospitales y a las prisiones, a todos estos refugios de la miseria, donde el hombre vano y orgulloso no habia podido, abusando de su pequeño y efímero poder, impedir la entrada al espíritu, éste dejaba caer su bendicion y enseñaba a Scrooge mil preceptos caritativos.

Fue una noche muy larga, si es que todo esto se cumplió en una noche: Scrooge lo dudó porque a su juicio habian sido condensadas muchas Navidades en el tiempo que estuvo con el aparecido. Sucedia una cosa extraña y era que mientras Scrooge conservaba incólumes sus formas exteriores, el espíritu se hacía más viejo; visiblemente más viejo.

 Scrooge advirtió la transformacion, mas no dijo nada, hasta que al salir de un recinto, donde varios niños celebraban la fiesta de Reyes, miró al espíritu, así que se encontraron solos, y vió lo mucho que habia encanecido.

 —¿Tan corta es la vida de los espíritus?

 —La mia es muy breve en este mundo, contestó el espectro. Termina hoy por la noche.

 —¡Esta noche!

 —Esta noche. A las doce. Oid: la hora se acerca. A la sazon daba el reloj los tres cuartos para las doce.

 —Dispensadme si es que soy indiscreto, dijo Scrooge que consideraba atentamente la vestidura del espíritu: veo algo extraño que sale de debajo de vuestra túnica y que no es vuestro. ¿Es un pié ó una garra?

 —Podria ser garra si se fuera a juzgar por la carne que la cubre, contestó es espíritu: mirad.

Y de los pliegues de la túnica sacó dos niños, dos míseros seres, que se arrodillaron a sus piés y se agarraron a su vestido.

 —¡Oh, hombre! Mira, mira, mira a tus piés, exclamó el espíritu.

Eran un niño y una niña, amarillos, flacos, cubiertos de andrajos, de fisonomía ceñuda, feroz, aunque servil en su abyeccion. En vez de la graciosa juventud que hubiera debido hacer frescas y redondas sus mejillas, con hermosos colores, una mano seca y descarnada, como la del tiempo, las había puesto rugosas, escuálidas y descoloridas. Aquellos rostros, que hubieran podido asemejarse a los de los ángeles, parecian como de demonios, hasta en las miradas tan torvas que lanzaban. Ningun cambio, ninguna descomposicion de la especie humana, en ningun grado, hasta en los misterios más recónditos de la naturaleza, han producio mónstruos tan horrorosos y terribles.

Scrooge retrocedió, pálido y lleno de espanto. No queriendo ofender al espíritu, padre acaso de aquellos infelices seres, probó a decir que eran unos niños hermosos, pero las palabras se le detuvieron en la garganta por no hacerse cómplices de una mentira tan atroz.

 —Espíritu, ¿son vuestros hijos?

Scrooge no pudo añadir más.

 —Son los de los hombres, contestó el espíritu contemplándolos, y me piden auxilio para quejarse de sus padres. El de allá es la ignorancia; el de aquí la miseria. Preservaos del uno y del otro y de toda su descendencia; pero sobre todo del primero, porque sobre su frente veo escrito «¡Condenacion!» Apresúrate, Babilonia, continuó extendiendo la mano sobre la ciudad; apresúrate a que desaparezca esa palabra que te condena mas que a él: a tí a la ruina, a él a la desdicha.¡Atrévete a decir que no eres culpable! Calumnia a los que te acusan: esto puede servir a tus aborrecibles designios; pero, ¡cuidado al fin!

 —¿No poseen ningun recurso, ni cuentan con asilo? gritó Scrooge.

 —¿No hay prisiones? respondió el espíritu devolviéndole irónicamente, y por la vez postrera, sus mismas frases.

En el reloj daban las doce.

Scrooge buscó al espectro, pero ya no lo vió. Al sonar la última campanada, hizo memoria de la prediccion del viejo Marley, y alzando la vista divisó otro aparecido de majestuosa apostura, envuelto en una túnica y encapuchado, que se acercaba deslizándose sobre el suelo vaporosamente.

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