Fotograma de 'A Christmas Carol' (1938). Fotograma de 'A Christmas Carol' (1938).

'Cuento de Navidad': séptima y última parte

"Se vistió con todo lo mejor que tenía, y una vez hecho, salió a pasear por las calles. Estaban henchidas de gentes, como cuando las vió en compañía del espíritu de la Navidad actual. Iba andando con las manos atrás, y mirando a todos con aire de satisfecho"

2017/12/07

Por Charles Dickens

Conclusión
Y era una columna de cama.

Sí, y de su cama. Y mas aún; estaba en su cuarto. El mañana era suyo y podia enmendarse.

 —Quiero vivir en lo pasado, en el presente y en el porvenir, repitió Scrooge, echándose fuera de la cama. Las lecciones de los tres espíritus permanecerán grabadas en mi memoria. ¡Oh Jacobo Marley! ¡Benditos sean el cielo y la tierra por sus beneficios! Lo digo de rodillas, mi viejo Marley; sí, de rodillas.

Y se encontraba tan animado, tan enardecido con sus buenos propósitos, que su voz, ya cascada, apenas bastaba para ex presar el sentimiento que se los infundia. De tanto sollozar en su lucha con el espíritu, las lágrimas inundaban su rostro.

 —No los han arrancado, no, decía Scrooge abrazándose a los cortinajes del lecho; no: ni los anillos. Están aquí. Las imagenes de las cosas que hubieron podido suceder, pueden tambien desvanecerse; se disiparán; ya lo sé.

Sin embargo no acertaba a vestirse. Se ponia al revés las prendas, volviéndolas en todos sentidos, sin atinar; en su turbación rompía las calcetas y las dejaba caer, haciéndolas cómplices de toda suerte de extravagancias.

 —No sé lo que me hago, exclamó riendo y llorando a la vez, y representando con su apostura y sus calcetas el grupo del Laocoonte antiguo y sus serpientes. Noto en mí la ligereza de una pluma; que soy felicísimo como los ángeles, alegre como un estudiante y aturdido como un hombre ebrio. ¡Felices Pascuas a todo el mundo! ¡Bueno, dichoso año para todos! Hola, eh, eh, hola.

Y dando saltos se dirigió desde la alcoba hasta el salon, hasta que le faltó el aliento.

 —He ahí el perolillo con el cocimiento de avena, exclamó volviendo a los saltos delante de la chimenea. Hé ahí la ventana por donde ha entrado el espíritu de Marley. He ahí el rincon donde se ha sentado el espíritu de la Navidad actual. He ahí la ventana desde donde he visto las almas en pena. Todo está en su sitio: todo ha sucedido.... Já, já, já.

Y a la verdad que para un hombre tan desacostumbrado a ella, la risa tenía mucho de magnífica, de esplendorosa: era una risa productora de muchas y muchas generaciones de estrepitosas risas.

 —No sé a qué dia del mes estamos, continuó Scrooge. No sé cuánto tiempo he permanecido con los espíritus. No sé nada; estoy como un niño. Pero no me importa. Desearia serlo, sí; un niño. Eh, hola, upa, hola.

El alegre repiqueteo de las campanas de las iglesias le sorprendió en medio de sus arrebatos.

 —¡Oh! hermoso, hermoso.

Fue a la ventana, la abrió y miró hacia la atmósfera. Nada de niebla.

Un frio vivo y penetrante; uno de esos frios que alegran y entonan; uno de esos frios que hacen circular la sangre en las venas con desusada rapidez; un sol de oro; un cielo brillante. ¡Hermoso, hermoso!

 —¿En qué dia estamos? preguntó Scrooge a un jovencillo muy bien puesto, y qe se habia parado sin duda para contemplar a Scrooge.

 —¿Eh? preguntó el jovencillo admirado.

 —¿Que en qué dia estamos?

 —¿Hoy? Pues en el primero de Navidad.

 —¡El primer dia de Navidad! ¡Luego no falto a él! Los espíritus lo han hecho todo en una noche. Pueden hacer lo que se les antoje. ¡Quién lo duda! Eh, jóven.

 —¿Qué hay?

 —¿Sabes la tienda del comerciante de volatería que está en la esquina de la segunda calle?

 —Sí, por cierto.

 —He ahí un chico muy inteligente; un jóven notable. ¿Sabes si han vendido la hermosa pava que tenian ayer de muestra? No la pequeña, la grande.

 —¿La que es casi tan grande como yo?

 —Cuidado que es encantador ese jóven. Da gusto hablar con él. Sí, esa.

 —Todavía está.

 —Entonces ve a buscarla.

 —¡Qué chusco es el hombre!

 —No; hablo formalmente. Ve a comprarla, y dí que me la traigan: yo les daré las señas de la casa adonde han de llevarla. Ven con el mozo y te daré un chelin. Mira: si vienes antes de cnco minutos, te daré más.

Y el jovencillo salió como un rayo. No habría arquero que despidiese con tanta rapidez la saeta.

 —La enviaré a casa de Bob Cratehit, dijo Scrooge frotándose las manos y riendo. No sabrá quién la remite. Es dos veces más grande que Tiny. Estoy seguro que agradará la broma.

Escribió las señas con mano no muy firme, pero las escribió como le fue posible y bajó a abrir la puerta de la calle para recibir al mozo portador. Mientras se encontraba allí aguardando, fijó sus miradas en el aldabon.

 —Te querré siempre, dijo acariciándole con la mano. ¡Y yo que nunca reparaba! Ya lo creo. ¡Qué expresión de honradez en la fisonomía! ¡Ah, excelente aldabon! Pero ya tenemos aquí la pava. Hola, hola. ¿Qué tal estais? Felices Pascuas.

¿Era aquello una pava? no, no es posible que hubiera podido sostenerse jamás sobre las patas semejante ave; las hubiera tronchado en menos de dos minutos como si fueran barras de lacre.

 —Ahora caigo en la cuenta, dijo Scrooge. No podeis llevarla tan lejos sin tomar un simon.

La risa con que pronunció estas palabras, la risa con que acompañó el pago del ave la risa con la que dió el dinero para el coche, y la risa con que, además gratificó al jovencillo, no fue sobrepujada más que por la estrepitosa risa con que se sentó en su sillon sin fuerzas, sin aliento.

No pudo afeitarse con facilidad, porque su mano continuaba temblando, y esta operación exige gran cuidado, aunque no se ponga uno precisamente a bailar al ejecutarla. Sin embargo, aunque se hubiese cortado la punta de la nariz, con ponerse un pedazo de tafetan inglés, hubiera salido del paso sin perder por eso su buen humor.

Se vistió con todo lo mejor que tenía, y una vez hecho, salió a pasear por las calles. Estaban henchidas de gentes, como cuando las vió en compañía del espíritu de la Navidad actual. Iba andando con las manos atrás, y mirando a todos con aire de satisfecho. Denotaba su aspecto tan grande simpatía, que tres ó cuatro jóvenes alegres no pudieron menos de decirle: «Muy buenos dias caballero, Felices Pascuas.» Scrooge afirmaba despues que de todos los sones agradables que habia oido, éste le pareció sin género de duda el que más.

Al poco rato divisó al caballero de fisonomía distinguida, que habia estado a verle la noche anterior, a verle en su despacho, preguntándole: «¿Scrooge y Marley?» A su vista experimentó un dolor penetrante en el corazon, pensando en la mirada que iba a dirigirle aquel caballero cuando lo viera; mas pronto comprendió lo que debia hacer, y apresurando el paso para estrechar la mano de aquel caballero, le dijo:

 —Señor mio ¿cómo estais? Espero que habreis obtenido un magnífico resultado ayer. Es una tarea que os honra. Felices Pascuas.

 —¿Mr. Scrooge?

 —Sí señor, es mi nombre. Me temo que no suene muy agradablemente en vuestros oidos. Permitidme que me disculpe. ¿Tendríais la bondad...? (Entonces Scrooge le dijo unas palabras al oído.)

 —¡Dios mio! ¿Es posible? exclamó el caballero atónito. Sr. Scrooge ¿hablais formalmente?

 —No lo dudeis, ni un octavo menos. No hago más que pagar lo atrasado: os lo aseguro. ¿Quereis hacerme ese favor?

 —Señor, replicó el caballero apretándole la mano cordialmente: no sé como ensalzar tanta munifi...

 —Ni una palabra más, se lo suplico, interrumpió Scrooge. Venid a verme. ¿Quereis venir a verme?

 —Ciertamente, exclamó el caballero.

A no dudarlo era su intención, se conocia en su aspecto y en el tono de voz.

 —Gracias, dijo Scrooge, os estoy muy reconocido y os doy miles de gracias. Adios.

Entró en la iglesia, recorrió las calles, examinó las gentes que iban y venian presurosas, dió cariñosos golpecitos a los niños en la cabeza, preguntó a los mendigos acerca de sus necesidades; miró curiosamente a las cocinas de las casas y después a los balcones: todo cuanto veia le causaba placer. Nunca hubiera creido que un sencillo paseo, una cosa de nada, le reportara tanta dicha. Despues de medio dia se dirigió a casa de su sobrino.

Pasó y repasó varias veces por delante de la puerta antes de decidirse a entrar. Por fin se resolvió y llamó.

 —¿Está el señor en casa, hermosa jóven? preguntó Scrooge a la criada. Pues señor, es una real hembra.

 —Sí, señor.

 —¿Dónde se halla, prenda?

 —En el comedor, con la señora. Si quereis os conduciré.

 —Gracias: me conoce, repuso Scrooge acercándose a la puerta del comedor: voy a entrar.

Abrió el picaporte suavemente y asomó la cabeza por la puerta. La pareja estaba entonces inspeccionando la mesa (dispuesta para una gran comida), porque los jóvenes recien casados son muy quisquillosos acerca de la elegancia en el servicio; quieren cerciorarse de que todo va como corresponde.

 —Federico, dijo Scrooge.

¡Dios del cielo! ¡Qué temblor la entró a su sobrina! Scrooge habia olvidado, en aquel momento, cómo se hallaba pocas horas su sobrina sentada en un rincon y con los pies en un taburete, si no no hubiera entrado de aquel modo: no se hubiera atrevido.

 —¿Quién anda ahí? preguntó Federico.

 —Soy yo, tu tio Scrooge, vengo a comer: ¿Me permites que entre?

 —¡Que si se lo permitia! A poco más le descoyunta el brazo para hacerle entrar. A los cinco minutos ya estaba Scrooge como en su casa. El recibimiento del sobrino fue cordialísimo; la sobrina imitó el ejemplo, así como Topper cuando llegó, la regordetilla cuando entró y los restantes convidados cuando entraron. ¡Qué admirables compañía! ¡Qué admirables juegos! ¡Qué admirable unanimidad! ¡Qué ad...mi...ra...ble dicha!

Al dia siguiente Scrooge se fue temprano a su almacen; muy temprano. ¡Si pudiera llegar antes que Bob Cratchit y sorprenderle en falta de tardanza! Era lo que le tenía preocupado más agradablemente.

Y lo consiguió: sí, tuvo ese placer. El reloj dió las nueve y Bob no aparecia. Nueve y cuarto y tampoco. Bob llegó con dieciocho minutos y medio de retraso. Scrooge estaba sentado y tenía la puerta de su despacho de par en par, para ver a Bob cuando se deslizara hasta su cuchitril.

Antes de abrirlo Bob se habia quitado el sombrero, despues el tapaboca y en un abrir y cerrar de ojos se instaló en su banqueta y se puso a manejar la pluma como si quisiera reintegrarse del tiempo perdido.

 —Hola, refunfuñó Scrooge imitando lo mejor que pudo su tono habitual: ¿qué significa eso de venir tan tarde?

 —Lo siento mucho señor Scrooge. He venido algo tarde.

 —¿Tarde? Ya lo creo. Aproximaos si gustais.

 —No sucede más que una vez al año, señor Scrooge, dijo tímidamente Bob saliendo de su cuchitril. No me sucederá otra vez. Ayer me divertí un poco.

 —Muy bien, pero os declaro, amigo, que no puedo consentir que las cosas sigan así mucho tiempo. En su virtud, dijo, levantándose de la banqueta y dando un terrible empujon a Bob, que casi lo hizo caer; en su virtud os aumento el sueldo.

Bob tembló y puso mano a la regla de la bufete.

Al principio tuvo el propósito de sacudir a su principal, de cogerle por el cuello y de pedir socorro a los transeuntes para que le pusieran una camisa de fuerza.

 —Felices Pascuas, Bob, dijo Scrooge con aire muy formal y dándole golpecitos en la espalda, de modo que el favorecido ya no tuvo dudas. Felices Pascuas, Bob, mi honrado compañero; tanto más felices cuanto que nunca os las he deseado. Voy a aumentaros el sueldo y a proteger a vuestra laboriosa familia. Hoy, después de medio dia discutiremos acerca de nuestros negocios delante de un vaso de ponche. Encended las dos chimeneas, y antes de que empeceis vuestro trabajo id a comprar una espuerta nueva para el carbón.

Scrooge cumplió todo lo que había prometido, pero aun hizo más, mucho más que cumplirlo.

Para Tiny, que no murió, fue como un segundro padre.

Se hizo tan buen amigo, tan buen amo, tan buen hombre, como el que más podia serlo en la vieja City ó en otro cualquiera punto. Algunas personas se rieron de esta transformación, pero él no se cuidó de ello, porque sabia perfectamente que en este mundo no ha sucedido nada de bueno que al principio no haya causado la risa de ciertas gentes. Puesto que tal clase de personas han de ser ciegas necesariamente, vale más que su enfermedad se manifieste por las muecas que hacen a fuerza de reir, que no de otra manera menos agradable. El tambien se reía, y en esto paraba toda su venganza.

Con los espíritus no tuvo más trato, pero sí mucho con los hombres. Se cuidaba de sus amigos y de su familia, y durante el año no hacia más que disponerse para celebrar la Navidad, en lo que nadie le ganaba. Todo el mundo le hacia esta justicia.

Hagamos por que digan lo mismo de vosotros y de mí, de todos nosotros y exclamemos como Tiny.

¡Qué Dios nos bendiga!

-Fin-

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