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Piedad Bonnett

2014/02/26

Por RevistaArcadia.com

Muchas cosas incidieron en mi vocación de escritora: mis lecturas infantiles, sobre todo, que me llevaron a creer durante años que en algún lugar existían las hadas y los gnomos de los cuentos de Andersen y Perrault. Pero recuerdo mucho una experiencia muy sencilla que creo que me decidió a dedicarme al oficio. Tendría yo unos quince años cuando me encerré en la biblioteca de la casa de mis papás a leer Crimen y castigo. Yo estaba sola, llovía mucho ese día en Bogotá, y con el ruido de la lluvia afuera yo me hundí en la novela, literalmente transportada a otro siglo, otra ciudad, otra cultura, experimentando un placer inmenso mientras leía. En algún momento alcé los ojos del libro y los clavé en la calle, que veía a través de un ventanal, pero en la que no reparaba hacía mucho rato. Había dejado de llover, el pavimento estaba aún empapado, y una luz plateada, misteriosísima, lo invadía todo. Fue una pequeña epifanía: me dije que la de esa tarde era una forma muy honda de felicidad, y que quería pasar el resto de mi vida leyendo, y tratando de escribir relatos que causaran en otros tantas emociones como las que aquella tarde me había dado Dostoievski. Dos años después entré a estudiar Literatura. 

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