'El profeta y los titiriteros cruzan el Ártico' de Dioscórides Pérez, imagen oficial del XI Festival Internacional de Poesía de Pereira.

Cuatro poemas para una Luna de Locos

Compartimos piezas de cuatro invitadas al XI Festival Internacional de Poesía de Pereira, que se realizará del martes 29 de agosto al sábado 2 de septiembre.

2017/08/28

Por Revistaarcadia.com

La edición número XI del Festival de Poesía de Pereira, conocido como Luna de Locos, este año cuenta con la presencia de una variedad de poetas procedentes de siete países. Entre ellos están destacados autores colombianos como William Ospina, Elkin Restrepo, Juan Felipe Robledo y José Luis Díaz Granados, entre otros. Aunque lleva el nombre de la capital de Risaralda, se extiende a varios municipios del departamento y este año llega hasta Cartago, en el Valle del Cauca, y Calarcá, en el Quindio.

Compartimos los poemas de cuatro mujeres que asistirán al evento para anticipar una fiesta de la poesía.

Contigo

Raquel Lanseros (España, 1973)

Porque no vive el alma entre las cosas
sino en la acción audaz de descifrarlas,
yo amo la luz hermana que alienta mis sentidos.

Mil veces he deseado averiguar quién soy.

Después de tantos nombres,
de tanta travesía hacia mi propia brújula,
podría abrazar la arena durante varios siglos.
Ver pasar el silencio y seguir abrazándola.

No está en mí la verdad, cada segundo
es un fugaz intento de atrapar lo inasible.
La verdad no está en nadie, y aún más lejos
yace del rey que de cualquier mendigo.
Si alguien está pensando en perseguirla
no debe olvidar esto:
el fuego ha sido siempre presagio de declive
como la intensidad antesala de olvido.

Cuando mis ojos vuelvan al origen,
pido un último don.


Nada más os reclamo.

Poned en mi sepulcro las palabras.
Las que dije mil veces
y las que habría deseado decir al menos una.

Guardad en mi costado las palabras.
Las que usé para amar,
las que aprendí a lo largo del camino,
las primeras que oí de labios de mi madre.

Envolvedme entre ellas sin reparo,
no temáis por su peso.
Pero cuidad con mimo la palabra contigo.
Tratadla con respeto.
Colocadla

sobre mi corazón.

La verdad no está en nadie, pero acaso
las palabras pudieran engendrarla.

Quizá entonces aquel a quien dije contigo
y para quien contigo fue toda su costumbre,
se acostará a mi lado con ternura,
juntos en el vacío más sagrado,
cuando la eternidad toma nuestra medida,
cuando la eternidad se pronuncia contigo.

Mi primer bikini

Elena Medel (España, 1985)

Sólo yo sé cuándo sobrevivimos.

Lo sé porque mis dedos
se transforman en lápices de colores.
Lo sé porque con ellos
dibujo en las paredes de tu casa
mujeres con rostro de epitafio.
Porque, a la caricia de la punta,
comienza el derrame de los cimientos
formando arco iris en la noche.
Porque, al escribir testamentos
en el suelo, se remueven las vísceras
de azúcar, y trepan tus raíces.

Grabo versos de colores fríos
en tu piel, de arquitrabe a basa,
y les llueve y los diluye, y compruebo
que la lluvia suena como hacen al caer
las canicas brillantes y naranjas
que cambiaba en el patio del recreo,
poco antes de calzar mi primer bikini.

Hoy guardo las canicas, como un apagado
tesoro, en los huecos de otras espaldas.

Pinto también en la terraza de enfrente
un jardín de lápidas cálidas y hermosas.
Trazo como una medusa de bronce,
un paraíso de cadenas hendiendo en mantillo
el valle diminuto que proclama que es frágil
y sin embargo, dirás tú, sobrevive.

*

Sara Vanegas Coveña (Ecuador, 1950)

muerde el pez del insomnio el blando velo de la luna. esa luna que tocas con los dedos y
extrañas. quizá el mar tiembla también de frío. por todos sus cadáveres y sus canciones rotas.
tal vez tu amigo olvidó calzarse en el sueño y pisa serpientes heladas al fondo de su tristeza.
quizá tú enciendes una luz para conjurar tanta oscuridad y tanto frío … y me busques cerca del
mar

quizá llegues por el camino del insomnio a atarme esa luna a las manos. y a olvidarme

Conversación con un poema holandés en Berlín

Zoe Scoulding (Inglaterra, 1967)

No es posible decir un corazón vacío cuando
llueve y es noviembre. No llovía
cuando te calentabas las manos
con el café de la esquina
bajo los contrapuntos de tilo, las hojas de plátano

que arañaban la calle, pero ya era noviembre
se te escapaba de las manos. Te miraba
caminar por la calle mientras bebía Tokai
en la esquina del restaurante húngaro,
sorbiendo su oro fácil como las mentiras como ésta

que se me escapa de las manos porque llueve
y es noviembre, aunque cada palabra
es un engaño perseguido por el otoño. Un hombre
paleaba hojas en el viento. Te vi
caminando del estadio y la retórica

cantaba lindo en mis oídos como la lluvia, como si pudiera
tramar un escape del tiempo que rastrea
la luz de la tarde por las calles.
No llovía ese día aunque era
noviembre. Escuchaba la música y me olvidé
de la guerra, de cómo las ciudades se separan y las vidas se duplican,
la memoria sorda al oro que cubre dedos,
escuchando solo la música cuando canta siempre noviembre
siempre lluvia, siempre este corazón vacío, siempre.
Pero no llovía aunque era noviembre

y si esto parece como un fin no es el mío;
el vaso de oro del Palastder Republik
suena hasta su propia destrucción, suena hasta que se vacía
de matrimonios y de gobiernos, no dice nada
más allá del sonido de las hojas de lima esparcidas

en las calles. Y aunque estoy en otro país
(donde llueve y todavía es noviembre)
la colaboración resulta demasiado fácil: Me deslizo
en tus palabras y me cambian
con el timbre vacío de lluvia, lluvia, lluvia, lluvia, corazón.

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