El 21 de noviembre comenzó el paro nacional, que se ha extendido por más de siete días. Estudiantes, trabajadores y otros sectores sociales protestan en contra del gobierno. Foto: Esteban Vega. El 21 de noviembre comenzó el paro nacional, que se ha extendido por más de siete días. Estudiantes, trabajadores y otros sectores sociales protestan en contra del gobierno. Foto: Esteban Vega.

"Las estrategias del Estado para estigmatizar la protesta social persisten con otros apellidos"

Hablamos con Roberto González Arana, historiador y director del Instituto de Estudios latinoamericanos y caribeños de la Universidad del Norte, para entender el actual paro nacional de cara a la historia de las protestas en Colombia. Para él, desde 1977 no se había dado en el país una jornada de tanta magnitud y acogida como la de estos días.

2019/11/27

Por RevistaArcadia.com

ARCADIA: El actual paro nacional ha sido motivado por una serie heterogénea y compleja de factores y luchas sociales. Para usted, ¿cuáles son los puntos fundamentales que han detonado la actual efervescencia popular en Colombia?

Roberto González Arana*: A mi juicio hay factores internos y externos que motivan las protestas actuales en Colombia. En lo interno, una percepción de que la democracia nuestra es cada vez más limitada y que los partidos políticos ya no nos representan. Asimismo, la sociedad civil está evidenciando el gran valor de ejercer la ciudadanía y los réditos de la protesta social de cara a un Estado que tiene crisis por no representar los intereses de la población. Regiones como la Costa Caribe o la zona Pacífica tienen los mayores índices de pobreza multidimensional; sin embargo, no han contado en las decisiones. El país también hay que pensarlo desde los territorios locales. En el ámbito externo, hay una oleada de indignación global que ya llegó a América Latina y que resulta inspiradora o de “efecto contagio” cuando se evidencian los resultados de movilizarse contra hechos de corrupción o fraude (caso de Bolivia) o contra el modelo neoliberal (caso de Chile). También se han dado protestas en Haití, Panamá, Perú, Argentina y Ecuador.

¿Cómo dialoga el actual paro con la larga historia de protestas sociales que ha marcado al país?

Desde comienzos del siglo XX los trabajadores y los campesinos colombianos protestaban o realizaban paros para reclamar mayores derechos, mejores condiciones laborales o un mayor derecho a la tierra. Esto quiere decir que hay un hilo de continuidad de la protesta como manifestación ciudadana en el reclamo de derechos o como reacción ante la vulneración de los mismos. Los trabajos del CINEP y de Mauricio Archila como “Idas y venidas vueltas y revueltas” (2003) o “Cuando la copa se rebosa” con Martha García (2019) dan cuenta de una larga tradición de paros y protestas usualmente invisibilizadas por parte del Estado. Asimismo, Medófilo Medina tiene un libro clásico sobre el tema titulado La protesta urbana en Colombia (1984). 

Por cierto, desde el paro nacional de 1977 no se había dado en Colombia una jornada de tanta magnitud y acogida como la que tuvo lugar este 21 de noviembre. Recordemos también que una de la característica de la sociedad es su dinamismo, que en ninguna época y contexto ha habido calma total en el mundo, y menos en la contemporaneidad.

¿Qué condiciones estructurales son las que motivan a los ciudadanos a salir a marchar?

En el caso colombiano resulta muy obvio que existen múltiples motivos para salir a marchar cuando observamos cómo, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE, 2018), a las familias de menos recursos en Colombia les tomaría 11 generaciones poder alcanzar el promedio de ingresos del país. Aunado a lo anterior, según cifras del Banco Mundial (2018), Colombia es el país con mayor desigualdad en Latinoamérica, el segundo más desigual de todo el hemisferio, solo superado por Haití. En el mundo, somos el decimoprimer país más desigual. 

Tampoco ayuda lo lento que va el proceso de implementación de los acuerdos de paz en algunos de sus componentes por cierto, con muy poca voluntad del gobierno y la particular presión del Centro Democrático—, el aumento desmedido de la violencia contra líderes sociales y las minorías étnicas y un modelo neoliberal que año tras año pide al ciudadano de a pie “mayores sacrificios” mientras múltiples casos de corrupción parecen quedar en la impunidad y tenemos múltiples exenciones a la inversión.

El nobel de Economía Amartya Sen denomina al modelo que seguimos como el de “sangre, sudor y lágrimas”, en donde se invoca al sacrificio para un mejor mañana que nunca nos llega. Hoy le podríamos llamar “el modelo Carrasquilla”, quien considera el salario mínimo en Colombia es muy alto y que la mejor receta es inundarnos de impuestos, para un mejor país a futuro. Me pregunto ¿cuando será posible ese porvenir? Recuerdo que, durante el gobierno de César Gaviria (1990-1994), el entonces Ministro de Hacienda Rudolf Hommes nos invitaba a ajustarnos el cinturón y desde ese momento ya han pasado 25 años. ¡Ya el cinturón no aguanta más!

En sus trabajos, usted ha intentado comprender cómo ha sido construido históricamente al sujeto que protesta, por ejemplo, con la persistencia a comienzos de siglo del Estado colombiano en “asociar la protesta social con influencias foráneas y relegar a un segundo plano la explotación y las precarias condiciones laborales y sociales”. ¿Cómo cree que persisten o han cambiado esas estrategias del Estado hoy?

Las estrategias del Estado para estigmatizar la protesta social persisten pero con otros apellidos. Los bolcheviques o los rojos de comienzos del siglo XX hoy son los “castrochavistas”, los “conspiradores del Foro de São Paulo” o hasta los supuestos rusos que venían al paro del 21 de noviembre. Persiste la estrategia del miedo o “que la gente vote verraca”.

Las estrategias hoy son mucho más sofisticadas que hace un siglo: además de la propaganda oficial en los grandes medios está la utilización de las redes sociales: la posverdad es real y permanentemente nos llena de información, de incertidumbres y de mentiras que se repiten de boca en boca y de pantalla en pantalla hasta que un grueso de adeptos asume y lucha por ellas hasta de manera violenta e incluso amenazando a los que consideran contrarios. Hoy los militantes de las redes sociales online pasan de espectadores a espectactores; es decir, algunos trascienden de las pantallas a la acción, a la movilización o a organizaciones en pos de causas loables y otras no tanto.

Lo paradójico de Colombia es que hemos crecido mucho, pero la brecha social no ha cedido ostensiblemente y estamos muy rezagados con relación a otros países de América Latina. El llamado discurso de securitización ha permeado la agenda del país, lo que ha exigido identificar “al enemigo” en el momento. Y si es en contra del establecimiento, imaginemos la cantidad que podemos identificar: prácticamente uno por cada grupo social.

En el paro convergen muchos sectores distintos: estudiantes, campesinos, sectores populares en las ciudades. ¿Cómo leer las demandas actuales de cara a la historia de los sectores populares, campesinos y estudiantiles en Colombia?

Este tema me llevaría una columna pues es bastante complejo para simplificarlo. Puedo adelantar que, a mi juicio, hoy regresan los movimientos cívicos que tuvieron mucha fuerza en la década de los años setenta y que luego con la elección de alcaldes y gobernadores por voto popular ampliaron nuestra democracia. Fíjate también que los líderes de estas marchas no son precisamente los partidos políticos sino los estudiantes, los sindicatos, los obreros, los profesores, los jóvenes y la ciudadanía en una confluencia de intereses. Hoy la información, sin juzgar su calidad, viaja muy rápido y llega de diversas formas a grandes conglomerados sociales, lo que implica una necesidad de pensantes críticos, que todavía estamos lejos de tener suficientes en nuestro país.

El paro nacional en Colombia ya completa más de siete días. Foto: Guillermo Torres.

¿Cuál ha sido históricamente el papel de los artistas en la protesta social? Actualmente se ve que desde las artes ha sido uno de los bastiones de protesta pacífica más fuertes.

Las artes permiten manifestarnos con lenguajes distintos a los que se asocian a la protesta de los años sesenta. Esto genera una exigencia para quien actúa y para quien observa, porque el arte requiere interpretación. Los artistas de la protesta de los años sesenta confiaban en la imagen del obrero para transmitir. Hoy los colectivos artísticos se llenan de flores, música, instalaciones y nos ponen a reflexionar un país real, pero que al ser evidente no “vemos”.

Mucho se ha concentrado en la cara urbana del paro, pero hay un sector rural que ha permanecido históricamente silenciado y desatendido. ¿Cómo pensar el paro en relación con la historia de marginación en la ruralidad?

Debemos tener en cuenta que ya Colombia hace décadas es un país con una mayoría de población urbana entre otros motivos por el olvido y el atraso del campo. Un país que se da el lujo de realizar un censo rural cada cuatro décadas evidencia precisamente que su prioridad no es justamente el campo.   

Según datos de Oxfam (2017) Colombia es el país de América Latina con mayor concentración en la tenencia de tierra, en un continente donde los niveles de concentración son de por sí muy altos. El 1 % de las fincas de mayor tamaño tienen en su poder el 81 % de la tierra colombiana. El 19 % de tierra restante se reparte entre el 99%  de las fincas. 

Otro aspecto que no ayuda es el modelo extractivista, que ha puesto presente el llamado desplazamiento por desarrollo. Numerosos campesinos, comunidades afrodescendientes y grupos indígenas han tenido que abandonar sus territorios “en aras del desarrollo”. El caso de la población de tabaco en la Guajira es bien emblemático. 

El caso del joven Dilan Cruz ha levantado la indignación del país de cara al papel del Esmad y los agentes del orden en Colombia. Pensando en la historia, ¿qué hacer o cómo pensar la responsabilidad del aparato represivo del Estado frente a la protesta social?

Es otra pregunta compleja. Me atrevería a decirte que las autoridades locales manejaron exitosamente el tema en algunas ciudades como Medellín o Barranquilla y erráticamente en otras como Bogotá. Uno no entiende cómo por ejemplo el sábado 23 de noviembre el Esmad persiguió por toda Bogotá a manifestaciones pacíficas, negando así un derecho constitucional. 

Creo también que el Estado sigue criminalizando la protesta social y pareciera que para autoridades como el Esmad los que protestan “no son buenos ciudadanos”. Recordemos que recién posesionado en su cartera, el ministro de defensa Guillermo Botero (en 2018) propuso regular la protesta social argumentando que esta solo tendría validez sin representaba “los intereses de las mayorías”. En este orden de ideas, por ejemplo, si las minorías étnicas protestan esto no sería validado por el Estado.

La principal responsabilidad del aparato de orden público del Estado es proteger a los ciudadanos en su totalidad. Por eso, una fuerza como el Esmad solo debe actuar en situaciones extremas, es decir, contra los vándalos, contra los que destruyen o atacan en igual intensidad de fuerza.

Uno de los focos de los medios y los políticos ha sido recalcar la “violencia” de esos vándalos. Muchos opinan que eso nunca es comparable a las violencias estructurales de los aparatos represivos del Estado. ¿Cómo lee usted esas asimetrías?

Son violencias distintas. Por supuesto la de los vándalos merece y debe ser penalizada por la ley y normalmente son hechos muy esporádicos. Otra cosa muy grave es cuando la violencia se origina desde el Estado quien es garante de las instituciones y la ley. 

Para solo hablar de historia reciente, en Colombia desde los tiempos del Estatuto de Seguridad hubo violaciones sistemáticas a los derechos humanos, desapariciones, organismos como el DAS utilizados para delinquir, “falsos positivos”, entre otros. Según el Centro Nacional de la Memoria Histórica en Colombia tenemos una cifra de 83.000 personas desaparecidas de manera forzosa. Ojala la Comisión de la Verdad nos permita esclarecer el origen de estos dolorosos hechos ya que hasta hoy sólo conocemos los protagonistas del 50% de estas desapariciones. 

Otro hecho que involucra al Estado fue el reciente bombardeo en Caquetá, donde murieron 8 niños. El Estado puede utilizar la violencia contra un grupo ilegal pero tiene límites marcados por la ley y el derecho internacional humanitario. En todos estos casos, el fin no justifica los medios.

Viendo los resultados de las protestas sociales del siglo pasado y percibiendo el estado actual de este paro, ¿qué lee que sucederá hacia el futuro? Viendo casos pasados, ¿se puede lograr que las demandas sociales se escuchen y se hagan efectivas?

Aunque soy historiador y estudio el pasado me atrevo a responder, bebiendo de experiencias previas. Con una voluntad real del Estado y de la sociedad para construir un país más incluyente socialmente estaríamos avanzando por un buen camino. Ello implicaría que actual gobierno se acuerde de los problemas de las regiones (no sólo los de las grandes capitales), que se conectase mejor para escuchar las demandas ciudadanas y  obrar en consecuencia más allá de los poco efectivos “consejos comunitarios”, que responden al libreto estatal y no necesariamente al de la gente.

También resulta importante el llamado a construir un diálogo nacional con todos los sectores y que en los cargos de gobierno también esté representado el verdadero país en su diversidad y no solo los amigos del gobierno.

En esto hay que recordar a Roitman (2005), quien propone que “la democracia es válida cuando política, social, económica y culturalmente da respuesta a las grandes demandas y soluciona los problemas”. No podemos seguir pretendiendo resolver los problemas históricos de país con una democracia a la colombiana, con tan altos índices de exclusión social y sorda ante las urgentes demandas de la sociedad.

*Ph.D en historia. Profesor titular Departamento de Historia y Ciencias Sociales, director del Instituto de Estudios latinoamericanos y caribeños de la Universidad del Norte.
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