"Los intelectuales conservadores que encabezaron esta ofensiva cultural crearon espacios propios para definir, promocionar y difundir los cánones lingüísticos y literarios, a partir de los cuales debía construirse la verdadera cultura nacional". "Los intelectuales conservadores que encabezaron esta ofensiva cultural crearon espacios propios para definir, promocionar y difundir los cánones lingüísticos y literarios, a partir de los cuales debía construirse la verdadera cultura nacional".

Un nuevo libro explica cómo los conservadores usaron el lenguaje para forjar la idiosincrasia nacional

ARCADIA comparte la introducción al estudio de Andrés Jiménez Ángel donde analiza cómo, entre 1867 y 1911, intelectuales conservadores usaron el estudio de la lengua para moldear el carácter del país con base en los valores cristianos y la exaltación de la hispanidad.

2019/04/22

Por Andrés Jiménez Ángel

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"Por lo demás, si nosotros, españoles americanos, queremos competir en letras con los españoles peninsulares, lo que importa es ganarles en ciencia, no en orgullo nacional. Despreciar sus institutos y sus libros, es necia altivez. Cuando sepamos tanto como ellos y lo hayamos demostrado al mundo, nuestras opiniones literarias serán consideradas, y tendremos derecho a regir a par de ellos el cetro de la lengua". Miguel Antonio Caro, Ortografía castellana

Introducción

El ascenso del Partido Liberal al poder en 1849 tras la victoria de José Hilario López sobre Rufino Cuervo Barreto, y la sucesión más o menos continua de gobiernos liberales hasta 1880 tuvieron como correlato la fuerte oposición de varios sectores del conservatismo, que veían en las reformas liberales una amenaza al orden social, político y cultural de la joven república colombiana. Con la agudización de las medidas tomadas desde 1863, durante el segundo gobierno de Tomás Cipriano de Mosquera, tendientes a socavar las prerrogativas de la Iglesia, secularizar la educación e introducir un modelo político basado en las libertades individuales, la economía de mercado y una organización territorial federal, la reacción conservadora también se radicalizó. Como oposición al proyecto nacional liberal, grupos conservadores —que se diferenciaban entre sí pero que unánimemente rechazaban los principios básicos de este programa de reformas— dirigieron sus esfuerzos a dar forma a un contraproyecto nacional, cuyo objetivo era mantener o restablecer, dependiendo del caso, los elementos centrales de lo que para ellos constituía el verdadero orden amenazado por el programa liberal. Este contraproyecto, al igual que su antagonista liberal, constituía un programa integral que comprendía las esferas política, cultural, social y religiosa en una propuesta de organización política centralista, con una estructura social jerarquizada, regida por valores cristianos y heredera del patrimonio cultural hispánico.

En la base de este último aspecto se encontraba aquello que, junto con la religión, debía representar el núcleo de la identidad nacional: la lengua. Más allá de los argumentos prácticos asociados a su importancia como herramienta de comunicación, la entronización de la lengua como eje de esa identidad, la preocupación por conservarla pura y uniforme, así como los esfuerzos por cultivarla y explotar sus “virtudes” constituyeron los pilares de su exaltación como una de las bases del proyecto cultural conservador. El prominente lugar asignado a la lengua se reflejaba en la estrecha correspondencia que este proyecto establecía entre las cualidades que definían la lengua pura y uniforme, y los principios y valores que lo inspiraban. Los discursos que fueron definiendo las líneas generales de este proyecto no se limitaban a subrayar la indiscutible importancia de la lengua como elemento constitutivo de la identidad nacional. Los atributos y las funciones de la lengua ideal (“pura” y “uniforme”) reafirmaban las jerarquías sociales, las tradiciones y los valores religiosos, y asimismo el rechazo de los cánones estéticos y los “desvíos morales” derivados de la adopción de modelos extranjeros ajenos al “genio” de la lengua y la literatura españolas. De esta manera, la lengua se convertía en una herramienta de lucha política y de control social, a través de la cual se buscaba contrarrestar los efectos de las reformas liberales, contener las amenazas a la “verdadera” civilización y volver a sentar las bases culturales del “genuino” orden social.

La convicción en el potencial de la lengua como mecanismo para construir una comunidad nacional dentro de los parámetros de esa idea de civilización impulsó la promoción y combinación de múltiples empresas editoriales, literarias, pedagógicas y culturales que permitirían garantizar el control sobre este importante recurso. A través de la articulación de sociabilidades culturales,periódicos, revistas, imprentas y textos escolares, entre otras herramientas,los intelectuales conservadores que encabezaron esta ofensiva cultural crearon espacios propios para definir, promocionar y difundir los cánones lingüísticos y literarios, a partir de los cuales debía construirse la verdadera cultura nacional. La fundación de la tertulia de El Mosaico y del periódico y la imprenta homónimos a finales de 1850, por parte de José María Vergara y Vergara, marcarían el punto de partida de una empresa cultural que se extendería de ahí en adelante, fortaleciéndose y consolidándose en las décadas siguientes del siglo XIX con la cada vez más prolífica y variada producción de los integrantes de la comunidad intelectual que daría vida a la Academia Colombiana (1871), a su Anuario (1874) y a la revista Repertorio Colombiano (1878). Paralelamente, la publicación de manuales escolares de gramática, ortografía, ortología o retórica, complementada con el desempeño de labores docentes y de dirección en escuelas, colegios y universidades públicas y privadas, así como la ocupación de cargos públicos en los niveles local y nacional de la dirección de instrucción pública, permitirían a estos intelectuales ubicarse en importantes posiciones en las estructuras del sistema educativo. A esto se sumaba la representación oficial, en Colombia, de la autoridad de la Real Academia Española (RAE), derivada del estatus de académico correspondiente del que gozaron las principales figuras de esta comunidad de intelectuales y reforzada con la fundación de la primera academia correspondiente de esa corporación española en suelo americano.

A estas herramientas, un puñado de intelectuales sumó una adicional. En 1867, Miguel Antonio Caro y Rufino José Cuervo publicaron la primera edición de su Gramática de la lengua latina para el uso de los que hablan castellano. Uno de los criterios que habían guiado la redacción de esta gramática latina, de acuerdo con su prólogo, consistió en su armonización “con el vuelo que ha tomado últimamente la ciencia filológica […]” (Caro y Cuervo I). Con estas palabras se hacía la primera alusión directa y explícita al estudio científico de la lengua asociado al paradigma histórico-comparativo que se había formulado, difundido y consolidado en Europa desde principios del siglo XIX y que había venido desplazando poco a poco a las demás formas de aproximarse a la lengua.

La referencia a la “ciencia filológica”, la “ciencia del lenguaje”, la “lingüística”, la “filología” o la “gramática comparada”, expresiones intercambiables en los textos de estos intelectuales, se haría cada vez más recurrente tanto en libros con vocación claramente pedagógica, como en la citada Gramática de la lengua latina o las Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano de R. J. Cuervo; también, en las monografías, los estudios lingüísticos y filológicos, los artículos polémicos, los diccionarios y las reseñas bibliográficas de R. J. Cuervo, Caro, Marco Fidel Suárez y, desde una posición política prácticamente opuesta, Ezequiel Uricoechea, un liberal convencido, que impulsó, como pocos, los estudios sobre la lengua. Más allá de simples alusiones al estudio científico de la lengua, el recurso a las herramientas teóricas y metodológicas de la ciencia del lenguaje se convirtió en parte esencial del instrumentario a partir del cual estos intelectuales produjeron su conocimiento sobre la lengua castellana, sobre las lenguas indígenas y sobre el latín, para desmarcarse así de la tradición gramatical descriptiva y normativa representada por la RAE, y perfilarse como los principales representantes del estudio científico de la lengua en Colombia y en el resto del mundo iberoamericano. Este posicionamiento se vio reflejado en la progresiva adopción de sus trabajos lingüísticos y filológicos como referentes autorizados del uso correcto de la lengua —el “bien hablar” y, por extensión, el “bien escribir”—, amparados por la supuesta superioridad del verdadero conocimiento de esta. El prestigio y reconocimiento alcanzados por estos individuos y sus investigaciones se hizo también evidente en su fructífera inserción en redes intelectuales transnacionales, cuyos nodos —figuras prominentes de la lingüística y la filología en Alemania, Francia, Suiza u Holanda— desempeñarían un papel central en la validación, desde los centros culturales europeos, del conocimiento producido por los letrados colombianos. A esto se sumó la consumación póstuma de esta gran empresa cultural y política a través de la entronización de Caro y Cuervo, los principales representantes de la ciencia del lenguaje, como héroes culturales nacionales que encarnaban la orientación de la cultura hegemónica promovida desde el Estado.

Este trabajo reconstruye y analiza el proceso de transferencia cultural de la ciencia del lenguaje en Colombia entre 1867 y 1911. Su objetivo es mostrar cómo el empoderamiento cultural de este grupo de intelectuales, que se irradiaría indirectamente a toda la comunidad intelectual comprometida con la conservación de la pureza y la uniformidad de la lengua, se derivó de la adopción de un objeto cultural extranjero, ajeno a la tradición cultural hispanoamericana, que les permitiría reclamar un lugar privilegiado en el control de uno de los principales instrumentos para la construcción de una cultura nacional. El éxito de la estrategia de legitimación y validación de las pretensiones de control sobre la lengua, así como la enorme influencia que tuvieron las figuras y los trabajos de estos intelectuales en la configuración de la cultura colombiana —incluso más allá del periodo analizado— obedecieron a la conjunción de múltiples factores, asociados principalmente con el perfil social y cultural de los portadores de la ciencia del lenguaje; con las particularidades del campo cultural colombiano en este mismo periodo; con el acertado uso de los medios existentes para poner en circulación ese objeto cultural llamado ciencia del lenguaje; con las transformaciones en el sistema educativo y el lugar estratégico que los intelectuales conservadores ocuparon en él; y con la compatibilidad entre la ciencia del lenguaje y el programa político y cultural conservador.

Ciencia, lengua y cultura nacional: La transferencia de la ciencia del lenguaje en Colombia, 1867-1911

Andrés Jiménez Ángel

Editorial Pontificia Universidad Javeriana

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