Werner Herzog durante el rodaje de Fitzcarraldo (1982). Fotos: COLLECTION CHRISTOHEL © Werner Herzog Filmproduktion / ZDF / AFP Werner Herzog durante el rodaje de Fitzcarraldo (1982). Fotos: COLLECTION CHRISTOHEL © Werner Herzog Filmproduktion / ZDF / AFP

Una reivindicación de lo inútil

¿En qué consiste la belleza de las búsquedas inútiles? A creadores como Werner Herzog, Nuccio Ordine y Henry David Thoreau los une esa pregunta.

2019/03/29

Por Catalina Navas

El cine y la literatura están llenos de buscadores de nada: personajes fijados en metas excesivas que solo parecen tener valor para ellos; para los demás, lectores y espectadores, está la contemplación de aquello que bordea lo ridículo. Y sin embargo no podemos dejar de mirarlos. Es el encantamiento que produce observar las tareas inútiles con algo de morbo como si nosotros, inmersos en la rutina de la productividad, no fuéramos también presos de tareas farragosas y repetitivas.

¿En qué consiste la belleza de las búsquedas inútiles? En La utilidad de lo inútil (2013), Nucio Ordine recoge unos versos del Cyrano de Edmond Rostand sobre lo que no persigue un fin práctico: “¿Qué dices? ¿Que es inútil? / Ya lo daba por hecho. Pero nadie se bate por sacar provecho. / No, lo noble, lo hermoso, es batirse por nada.

En 1979 Wener Herzog llevó un barco de 340 toneladas a través de la selva amazónica peruana. Su propósito era ponerlo en la cima de una montaña empleando maquinaria usada que se descomponía constantemente por el barro y la humedad. El equipo de producción llevaba la estructura hasta la mitad de la montaña y entonces el cascarón del barco vacío —un barco en tierra es un barco vacío— se soltaba de los amarres y volvía al lugar de inicio. Todo esto ocurrió durante el rodaje de Fitzacarraldo (1982), donde Klaus Kinski interpreta a un europeo fijado en una meta extravagante: abrir una casa de ópera en medio de la selva. Durante el rodaje, Herzog llevó una bitácora que se convirtió en La conquista de lo inútil (2012), un texto fragmentario que es testimonio de la relación problemática del director con su meta incomprensible.

El 20 de junio de 1979 Herzog escribe en su diario: “Piso de los ejecutivos de la 20th Century Fox. Aquí se da por sentado que subiremos un barquito de plástico por una colina en algún estudio de cine, tal vez incluso a un jardín botánico que esté, por qué no, en San Diego, allí hay invernaderos con buenas plantas tropicales. He preguntado entonces cuáles son las malas plantas tropicales y he agregado que más bien será un verdadero barco de vapor sobre una montaña de verdad, pero no por una cuestión de realismo sino por la característica estilización de las grandes óperas”.

Herzog aclara de inmediato que el motivo de llevar el barco a la cima no es un afán utilitario, eso sería desvirtuar la hazaña; la razón detrás de la empresa enorme es puramente banal, un asunto de estilo. Años después de haber terminado Fitzcarraldo, Herzog vuelve a interesarse en la belleza de las conquistas inútiles.

Grizzly man (2005) es un documental sobre el material audiovisual producido por Timothy Treadwell durante los trece veranos que viajó al Parque Nacional Katmai en Alaska. Durante esos veranos, Treadwell vivió y documentó las costumbres de los osos Grizzly. Podríamos pensar en Treadwell como un Fitzcarraldo de este siglo, un desquiciado que se interna en la naturaleza indiferente atraído por una visión idílica y romantizada de los osos. Donde Treadwell ve la inocencia de un mundo que no ha sido contaminado por la civilización, el espectador ve peligro y voracidad. Cuando Treadwell les da nombres humanos a los osos, los mima como mascotas y desoye todas las normas de seguridad del parque natural, el espectador, fijado en la pantalla, no puede dejar de reparar en la amenaza que se cierne sobre Treadwell.

Cada fotograma del documental de Herzog habla no solo de la fuerza desmedida de los osos y su contraste con el comportamiento pueril de Treadwell; habla, sobre todo, del peso de la tarea inútil que Treadwell se ha impuesto a él mismo hasta convertirse, poco a poco, en un riesgo para su vida. Timothy Treadwell, obsesionado con filmar a los osos, va perdiendo todo sentido de la practicidad y abandona incluso lo que parece esencial a todo ser vivo: el instinto de supervivencia.

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 Los buscadores de lo inútil, Herzog el principal, suelen encontrar en la naturaleza un escenario propicio para sus conquistas. Quizá sea porque alejarse de la sociedad nos pone a la intemperie, de frente con nuestras capacidades y con la soledad que se hace definitiva en el silencio de la montaña o la selva; porque la naturaleza nos ofrece una oportunidad para probarnos. O quizá sea porque, en palabras de Jon Krakakuer —Hacia rutas salvajes (1995) fue su libro más famoso, convertido en la película dirigida por Sean Penn en 2007—, la naturaleza es el espacio ideal para que el romántico ejerza la melancolía y la exaltación, dos estados necesarios para el que se embarca en la búsqueda inútil.

Hacia rutas salvajes cuenta la historia de Christopher McCandless, un exaltado que emprende un viaje sin destino por Estados Unidos. McCandless abandona su carro en el desierto, dona sus ahorros a una ONG y quema el efectivo que le quedaba en su billetera. Y así, entregado al azar, emprende un viaje que tiene como único propósito alejarse de la civilización y de la compañía humana, asuntos que parece despreciar. Para McCandless, la naturaleza y la soledad ofrecen una oportunidad para probarse su propio valor. Desde el primer párrafo de su libro, Krakauer deja en claro lo que estaba en juego en esa prueba: “En abril de 1992, un joven de una adinerada familia de la Costa Este llegó a Alaska haciendo autostop y se adentró en los bosques situados al norte del monte McKinley. Cuatro meses más tarde, una partida de cazadores de alces encontró su cuerpo en estado de descomposición.

Las ordalías de Christopher McCandless y Timothy Treadwell son testimonio de cómo la búsqueda solitaria en la naturaleza está lejos de ser un juego sin consecuencias. Sin embargo, estas historias no son una lección moral para campistas ingenuos. Treadwell y McCandless son algo más que un par de entusiastas con poca preparación para sobrevivir al aire libre. Grizzly man y Hacia rutas salvajes no tratan de los peligros que enfrenta el aventurero en la naturaleza; tratan fundamentalmente de aquella pulsión que conduce a un ser humano asqueado de la cultura de la productividad a abandonar lo conocido y encontrar sentido en otras formas de entender lo útil. Grizzly man y Hacia rutas salvajes —aquí los títulos nos hacen un guiño— son la historia del distanciamiento de lo que entendemos como humano desde los ritmos acompasados de la productividad y le dan un sentido nuevo.

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Una particularidad más une a Herzog, Treadwell y McCandless: los tres eran diaristas consumados. Grizzly man y Hacia rutas salvajes se hicieron con base en los diarios de los protagonistas, y Conquista de lo inútil, más que una bitácora de rodaje, es un detallado diario personal. No era la primera vez que Herzog registraba minuciosamente una hazaña inútil: en 1974 el director se entera de que su amiga y mentora Lotte Eisner agoniza en Francia. Herzog decide entonces emprender una caminata invernal desde Munich hasta Paris equipado con un par de botas, una maleta y brújula. De este periplo, con que el director espera conjurar la muerte de su amiga, nos queda On Walking In Ice, un diario personal publicado tres años más tarde.

Henry David Thoreau, uno de los más prolíficos diaristas de la historia de la literatura y también él un buscador de lo inútil, anota en su diario de 1857: “¿No está el poeta llamado a escribir su propia biografía? ¿Hay acaso alguna otra forma de trabajo sino un diario bien llevado? No sólo queremos conocer los héroes imaginarios de su obra, sino saber cómo él, el verdadero héroe, vivió día a día”.

Thoreau también se impuso a sí mismo una tarea difícil de exilio en la naturaleza. En 1845 se internó en el bosque de Walden a vivir por sus propios medios durante dos años. Allí el poeta norteamericano vivió en una pequeña cabaña que había construido él mismo. Sus razones para abandonar la sociedad son similares a las que Treadwell y McCandless dejaron en sus diarios: una necesidad de volver a lo puro, a lo que no ha sido mancillado por el dinero y por lo utilitario. El 24 de septiembre de 1843 Thoreau escribió en su diario: “¿Quién puede ver estas ciudades y decir que hay algo de vida en ellas? […] En la sociedad y sus calles mi vida es inenarrablemente vacía. No hay ninguna cantidad de dinero o de prestigio social que puedan remediarlo”.

Poco tiempo después Thoreau se exilia en la naturaleza y emprende la búsqueda solitaria que tiene como resultado su obra más famosa: Walden, la vida en los bosques (1854).

Escribir un diario es ante todo una búsqueda inútil, quien lo escribe no necesita editores ni lectores y su único propósito de escritura es el propio placer. Desplazarse con un bolígrafo por la página de un diario es un viaje sin otro destino más que la revelación personal del que escribe. Como la naturaleza, el diario parece ser para el buscador de lo inútil un espejo, un lugar de afirmación de la propia estatura ante la vida. Hay algo parecido en el desplazamiento sin fin utilitario del que lleva un diario y del que se interna en soledad en la naturaleza; es, entre otras cosas, una reivindicación del propio placer y del propio gozo sobre las tareas utilitarias que impone la existencia en el mundo actual.

En Burden of Dreams (1982), el documental de Les Blank sobre el rodaje de Fitzcarraldo, Herzog afirma que su interés por las tareas inútiles se parece al tormento de Sísifo. Dice que le atraen los personajes que se imponen a sí mismos una pesada carga y la llevan a cabo con la disciplina con la que la mayoría de nosotros afrontamos la rutina diaria de lo aparentemente útil. Las historias de las tareas sin propósito nos ponen de frente con la noción de utilidad y nos hacen preguntarnos por la naturaleza tormentosa de nuestras vidas que han perdido contacto con la intemperie y transcurren en la rutina de la aparente productividad. Miramos fijamente a Treadwell y a McCandless porque ellos, en lo que muchos leen como una exhibición de irresponsabilidad pueril, nos confrontan con nuestra propia carga farragosa: una vida en la que el placer que ofrece la escritura solitaria o la caminata en la naturaleza ha sido relegado para favorecer la carga que impone llevar la piedra de la falsa productividad a la cima.

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