"El sentido literal del voto en blanco es expresar inconformidad con los candidatos de turno pero también contento con la democracia". Foto: Semana. "El sentido literal del voto en blanco es expresar inconformidad con los candidatos de turno pero también contento con la democracia". Foto: Semana.

El voto en blanco: mucho ruido y poca señal

OPINIÓN | ¿Qué explica que dentro de todos los mecanismos que tiene la ciudadanía para demostrar su inconformidad –incluyendo las manifestaciones, la abstención y la tutela– se acuda específicamente al voto en blanco para hacerlo?

2018/06/12

Por Tomás Orozco

Para entender el significado de una afirmación no es suficiente con conocer el sentido de sus palabras sino, también, el contexto. Cuando respondo “Pues ahí está el vaso” a la pregunta “¿Quiere más cerveza?” en una mesa en que todos sabemos que el vaso está ahí, se infiere del contexto que quiero que me sirvan cerveza. Si solo se tomara en cuenta el sentido literal de mi respuesta, mis amigos podrían pensar que estoy teniendo un derrame cerebral. Asimismo, el sentido literal del voto en blanco es expresar inconformidad con los candidatos de turno pero también contento con la democracia; de ahí que su consecuencia legal sea cambiar la camada de candidatos y no redefinir la forma de gobierno. Que se exprese este mensaje depende de condiciones contextuales que van más allá de que un número determinado de personas tache el lugar indicado del tarjetón. ¿Qué explica que dentro de todos los mecanismos que tiene la ciudadanía para demostrar su inconformidad –incluyendo las manifestaciones, la abstención y la tutela– se acuda específicamente al voto en blanco para hacerlo?  

En el juego electoral colombiano es útil hacer la distinción entre los discursos de culto al individuo –llamar al contrincante “castrochavista”– y los que se orientan por promesas electorales –no subir el impuesto predial–. Los primeros persuaden a los ya persuadidos y, al canalizar las emociones del electorado, no convencen: enardecen y se propagan por contagio. Los segundos, por el contrario, se asisten de premisas sobre las que hay consenso y pretenden persuadir a una audiencia con opiniones variadas. En Colombia, la inexistencia de sanciones eficaces a nuestros candidatos por incumplir sus promesas ha llevado a que prime el culto a las personalidades y, para colmo de males, los gobernantes, que lo saben, tienden a definir sus propuestas más en términos de lo que estas dicen sobre ellos que para empujar un proyecto de país.

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En este diálogo de sordos en el que los votantes cada vez le imputan más virtudes a su candidato y más defectos a los otros, el único continuo relevante es entre el carácter y la ausencia de él. Por ejemplo, aunque es cierto que los votos de derecha e izquierda amarran un mínimo de votos para los candidatos, respecto de esos votos ya “la suerte estaba echada”: esos votos se pueden perder pero no ganar. Los votos indecisos, en cambio, que verdaderamente están en juego y que, en culturas políticas sofisticadas, se seducen con agendas políticas puntuales padecen el peso completo de la “política de la personalidad”.

En una contienda entre caudillos de orillas opuestas como Petro y Duque, el voto de centro ocupó el lugar del voto en blanco, porque votar por una propuesta programática tan notoriamente carente de contenido como la de Fajardo hizo de ese voto una protesta contra el culto al carácter. El voto en blanco heredaría esa connotación. Sin embargo, nuestro modelo caudillista es un problema estructural y nuestra insatisfacción con él va más allá de estos candidatos particulares. Entonces, cabe preguntarse: ¿es siquiera inteligible un mensaje que, por contexto, encarna una crítica estructural a nuestra democracia mediante un medio que literalmente afirma su valor? Cuando se trata de mandar un mensaje, mandar uno confuso es peor que no mandar ninguno.

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Propongo entonces que en vez de desperdiciar su tiempo en un mensaje confuso recompensen la mayor virtud de Petro: que su discurso tiene por detrás una interpretación social más acertada. Llámenlo “lucha de clases” o como quieran, pero lo cierto es que en Colombia hay muy pocos ricos y muchos pobres. Y si usted es de los que cree que “el éxito se logra con esfuerzo” –porque eso dice la televisión– piense que esa creencia, en últimas, culpa al pobre por su pobreza y admira al rico por su riqueza. Bajo el velo de esas frases de cajón se oculta el papel del azar de cuna en el éxito y el fracaso de las personas, y se aplaca, precisamente por ello, la inconformidad que surgiría de una consideración ponderada de nuestra distribución de recursos y de la manera como la perpetúan instituciones “incuestionables” como el derecho absoluto a la propiedad privada. Esta lectura social, aunque no garantiza nada, rompe con la monotonía de nuestro estercolero.

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