¿Por qué a los candidatos a la presidencia no les importa la cultura?

Editorial

Gustavo Petro, crédito: Diana Rey Melo; Humberto de la Calle, crédito: Guillermo Torres; Sergio Fajardo, crédito: Diana Rey Melo; Germán Vargas Lleras, crédito: Diana Rey Melo; Iván Duque, crédito: Guillermo Torres.
De los cinco nombres que suenan para la Presidencia de la República, ninguno parece dispuesto a abrir la puerta para que la cultura entre por una sola vez de primera en las agendas gubernamentales, estatales y, también, de los medios de comunicación.
Por: Revista Arcadia21/03/2018 09:44:00

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En Colombia, el gobierno y el Estado han estado por tanto tiempo tan varados en lo relativo a la cultura –nunca hay presupuesto suficiente, nunca vemos la voluntad necesaria– que hoy pocos de quienes de verdad se interesan por que esta prospere esperan que los actuales candidatos a la Presidencia tengan una visión clara y diferenciada de lo que necesita el sector, o propuestas audaces y divergentes que rompan la inercia que lo domina. Ya pasaron las elecciones al Congreso, y no muchos se preguntaron si la cultura se asomó en los discursos de los 2739 políticos colombianos que aparecieron en los tarjetones el pasado domingo 11 de marzo. Según el portal La Silla Vacía, solo tres de ellos provenían de la “cultura o artes” y apenas cinco de la “academia”.

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En el caso de la Presidencia, cuya campaña ahora sí arrancó, ninguno de los postulados viene de la cultura. Esto no sorprende y tampoco debería ser un impedimento para que hablaran de ella, para que buscaran seriamente abordarla. Pero el problema, una vez más, es que no lo están haciendo y probablemente tampoco lo harán en demasía. Como siempre, algunos darán explicaciones arguyendo que en Colombia “en este momento hay cosas más importantes”. ¿Pero cuándo no las hubo? ¿Y de verdad siempre habrá cosas más importantes que la cultura? ¿No podría pensarse que la cultura forma parte de aquellos factores esenciales que esculpen a una sociedad, su mentalidad y su emocionalidad? ¿No deberíamos, siquiera en una oportunidad, abrir la puerta para que la cultura entre por una sola vez de primera en las agendas gubernamentales, estatales y, también, de los medios de comunicación? Preguntas de ilusos, está claro, que solo pocos escucharán.

Mientras tanto, como cada cuatro años, con la carrera a la Casa de Nariño también arranca ahora la carrera de lo políticamente correcto y de las generalidades en lo que tiene que ver con la cultura. Los candidatos, quizá vergonzantes de su desconocimiento, evaden conflictos –como si la cultura no diera para debatir– y terminan cantando todos la misma canción. Germán Vargas Lleras, que presentó su “propuesta cultural” junto a un acordeonero en Valledupar, anunció que uno de sus objetivos “es que este sector y las artes formen parte de la vida cotidiana de los colombianos”. Iván Duque, a quien se le reconoce mostrar interés por la denominada “economía naranja”, propone abrir centros de encuentro para jóvenes, expandir programas musicales, usar las redes sociales para “la diseminación de contenidos locales” y otros cinco puntos igualmente pálidos. Humberto de la Calle, por su parte, opina lo previsible: que la paz debe encontrar más espacio en el ministerio de Cultura. Y aunque Gustavo Petro y, en especial, Sergio Fajardo se distinguen por su anuncio programático de darles prioridad a la educación y a la cultura –el exalcalde de Medellín propone incluso una inversión de 10% de las regalías en tecnología y cultura–, ambos se quedan en lo general y al final no proponen nada verdaderamente interesante.

Al estar tan ausente la cultura en el debate presidencial –y en las preguntas que los periodistas a diario les hacemos a los candidatos–, la puerta para lograr un cambio, de nuevo, parece cerrarse: ¿Qué quieren decir nuestros líderes políticos cuando pronuncian la palabra “cultura”? ¿Por qué les cuesta tanto divergir, plantear políticas claras, detalladas y distintas, y así darle a la ciudadanía la oportunidad de elegir con base en la cultura? ¿Por qué no nos dicen concretamente hacia dónde quieren llevar al sector y a sus cientos de miles de representantes?

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Es difícil saber si aquí el problema es que la élite política se ha quedado sin ideas para la cultura o si lo que sucede, más bien, es que a sus integrantes no les preocupa tenerlas. “Eso no es lo que la gente quiere”, bien podrían estar soplando a los oídos de los candidatos los asesores, que suelen llegar a las campañas a buscar votos a como dé lugar, a enlodar al adversario y a poner a hervir los ánimos de la población. Pero no debería olvidarse que en tiempos de elecciones se trata no solamente de lo que los ciudadanos quieran, sino también de lo que los líderes tengan por decir y realmente quieran hacer. Al carecer de un plan, estos jamás podrán poner a la cultura como prioridad y siempre se quedarán cortos. El insuficiente balance del gobierno de Juan Manuel Santos en lo cultural –sin ignorar la importancia de su sólida y muy efectiva política pública para el cine, para la lectura y para el espectáculo– debería ser una alarma.

Ante todo esto, uno podría sentirse frustrado hasta 2022, señalando a los políticos y deseando vivir en un lugar en que estos entendieran el poder de la cultura para construir identidad y crear ideas. Pero es inútil. De la amargura y la inacción no surgirán las soluciones para el sector. Lo harán, más bien, si en el tiempo que se avecina ponemos el dedo en quienes de una u otra forma, individuos e instituciones, tenemos la posibilidad de velar por la cultura en Colombia y aportar a ella. Que la élite política decida abandonarla tiene una consecuencia para los ciudadanos que están al margen del poder político: los hace los dueños de la agenda cultural, no la de las promesas, sino la del día a día, la más real de todas.

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