El libro blanco de la sabiduría

Crítica

El libro blanco de la sabiduría
Melba Escobar reseña El libro blanco de la sabiduría de Ruiz de Amadís Mondadori, 2008 169 páginas
Por: Melba Escobar02/07/2010 00:00:00

En la primera página el lector se encuentra con un jeroglífico egipcio debajo del título. Al pasar a la siguiente, está esa foto de Einstein sacando la lengua que todos hemos visto alguna vez. Y el libro comienza al fin con la historia de un escritor fracasado, Ruiz de Amadís, que vive en París con su mujer y que tiene mucho tiempo libre. En la tercera página del libro se trazan dos líneas paralelas y al extremo un pez. Luego el pez bosteza y el dibujo cambia. De ahí leemos una conversación con una vecina que no es otra cosa que una niña genio, y una descripción del libro blanco de la sabiduría. Luego pasamos a una página en blanco, a un cómic, a una referencia al Amadís de Gaula, al Quijote, a Scherezada, o al Principito, entre muchas otras. Dibujos, líneas, páginas en blanco; casi un tercio del libro trata sobre la aventura que viven dos manchitas de tinta gemelas. Cuando dibujaron un banquete y se hartaron de comida hasta reventar, cuando se dedicaron a recorrer L´Encyclopédie, de Diderot, o a ver un programa sobre La vuelta al mundo en ochenta días en televisión. Las liniecillas gemelas se transforman en nubes, en gotas de agua, en letras o en lágrimas.

El libro blanco de la sabiduría, impregnado de referencias eruditas aquí y allá sin justificación aparente, con su lógica imprevisible, su ruptura de todos los formatos, nos ofrece un recorrido que si a veces puede resultar aburrido, quizá por demasiado arbitrario o impostado, es un experimento interesante. La ya clásica obra “esto no es una pipa” aparece también en una ilustración de este libro que grita: “Esto no es una novela”, y que nos obliga, gústenos o no, a mirarla por arriba y por abajo, de lado, de reojo y con una lupa para ver si encontramos las instrucciones. No las trae por ninguna parte. He ahí el logro de este experimento. No es posible determinar si es bueno o malo, simplemente es inclasificable. No responde a géneros ni formatos, ni a ninguna lógica conocida para entender la narrativa. Al final solo cabe preguntarnos dónde hemos estado las últimas 169 páginas. Vuelve uno a la imagen de Einstein sacando la lengua. Se tiene la impresión de que ha ganado el ingenio y, sobre todo, el desconcierto.

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