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Adolfo Caicedo
Por: Adolfo Caicedo. Universidad de Los Andes18/10/2013 00:00:00
La llegada de Woland, el diablo, al Moscú de los años treinta en pleno estalinismo, constituye una presencia perturbadora. El intruso pone en evidencia la estolidez de la burocracia por exigir el documento oficial como único signo legitimador, destaca los efectos nocivos de la falta de imaginación y, ante todo, acude a la sátira para examinar la pobreza del lenguaje uniforme y los abusos del poder. En la obra, el mundo homogéneo se anarquiza y pone de relieve el panorama de la persecución a la disidencia y los efectos de la censura en la vida cotidiana. Al nombrar al diablo se lanza un conjuro que invoca la historia y la fantasía, la risa y la cultura erudita, el papel del intelectual y del burócrata, de la voluntad amorosa y los mundos posibles; en fin, su vigencia se torna evidente en tiempos de incertidumbre cuando aún es posible lanzar un ¡al diablo!

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