Enrique Vila-Matas: lo no familiar

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Enrique Vila-Matas, escritor español autor de 'El viaje vertical' Foto: Arcadia
Por: RevistaArcadia.com26/02/2014 00:00:00

En la memoria del adulto no hay ya nada de sus antiguos recuerdos infantiles, pues estos han sido en realidad sustituidos por transferencias y por sueños. Aún así contaré un recuerdo de infancia.

En 1951, los domingos por la tarde, las familias de veraneantes de Sant Andreu de Llavaneres, pueblo cercano a Barcelona, iban al cine. Fue en un domingo y en ese pueblo donde vi la primera película de mi vida, un western. No recuerdo ni título ni argumento, pero sí que no tenía yo más de cuatro años y en la pantalla se veía, al principio de la película, la vida cotidiana de una feliz familia de granjeros: una madre cariñosa, un padre honrado y un niño de mi edad.

De pronto, la normalidad quedó brutalmente alterada en el film por la aparición de unos extraños, unos indios cheyennes, que llevaban las caras pintadas y plumas en la cabeza y que se comunicaban entre ellos con palabras incomprensibles, agitándose de un modo inquietante, en claro signo de hostilidad contra la pobre y pacífica familia de bondadosos blancos.

Aquella primera impresión de extrañeza se me clavó en la mente el resto del día y también el resto de la noche –la pasé desvelado, llorando a ráfagas-, aunque a la mañana siguiente lo había todo misteriosamente olvidado para siempre. Pero el miedo a los extraños –a todos aquellos que hablaran un lenguaje distinto del familiar– debió de quedárseme para siempre en las entrañas. Porque aquel primer terror surgió sin duda del descubrimiento de lo disímil, de lo diferente.

Tardé una infinidad de años en enterarme de que no era tan extraña esa lengua en la que hablaban (a fin de cuentas, era el algonquino) y que el nombre de cheyenne provenía de sha hi’yena, tampoco algo tan raro, porque precisamente significaba “el pueblo de lengua extranjera”

De esto último me enteré en el bar del hotel Algonquin, un lugar muy divertido de Nueva York. Me lo dijo una mujer que, además, me explicó que el miedo ha favorecido más el conocimiento general del ser humano que el amor, pues el miedo –me dijo– quiere adivinar quién es el otro, qué es lo que puede, qué es lo que quiere.

–Y equivocarse en eso –añadió– solo puede reportarnos un peligro y una desventaja.

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