Gabriela Alemán

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Gabriela Alemán Foto: Arcadia
Por: RevistaArcadia.com26/02/2014 00:00:00

En Mollina, al sur de España. Estaba ahí con un grupo de gente, toda menor a treinta años, que había publicado algo. En ese entonces escribía como podía trabajar en radio, entrenar o estudiar. No era algo que imaginara hacer por el resto de mi vida. Lo que en realidad hacía todo el tiempo era leer. Y había leído como 392 veces el Confabulario de Juan José Arreola. Ni en un sueño delirante pensaba conocerlo, ni siquiera imaginaba que alguien que hubiera escrito ese libro (y los demás) pudiera estar vivo. En mi imaginación estaba esculpido en mármol, dispuesto en algún templo pagano donde lo veneraban los habitantes de un archipiélago perdido. Solo que estaba vivo e iba a pasar una semana con nosotros. Cuando llegó con su capa negra y su sombrero de fieltro me pareció una aparición y no me atreví a hablar con él. Pero escuché todo lo que dijo y un día me tomó del brazo y paseamos por los desérticos caminos de los alrededores, me habló de Gorki, recitó textos en francés que había escuchado de los labios de Sarah Bernhardt en París y luego me metió en una limusina, me llevó al pueblo de Ronda e hizo que abrieran la Plaza de Toros; ahí se quitó la capa y me pidió que oficiara de su contrincante. Me clavó varias banderillas mientras yo trataba de embestirlo. Cuando se fue, dejé de ir a los paseos planeados y me encerré a escribir. Arreola hizo que el aire cambiara, que un leve temblor me invadiera cada vez que imaginaba cómo se podía contar algo y que el suelo ascendiera tres centímetros cuando me sentaba a escribir. Cuando me fui de Mollina tenía la mitad de los cuentos del primer libro que publiqué.

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