Imposible de demoler: un recorrido por la historia arquitectónica de Medellín

Periodismo cultural - Revista Arcadia

La otrora Capital Industrial de Colombia, ahora convertida en ciudad de servicios, ha demolido sus fábricas emblemáticas. Foto: Gabriel Carvajal/Archivo fotográfico Biblioteca Pública Piloto de Medellín.
Desde el punto de vista arquitectónico y urbano, Medellín ha sido una ciudad en continua transformación. Eso ha promovido la inversión, el turismo, y también la construcción de una imagen de un lugar que se reinventa y progresa. Pero hay quienes miran el fenómeno con sospecha: ¿es ese un intento por borrar la historia, por tapar o cubrir los lados más oscuros de un pasado que aún hoy tiene efectos tangibles en el presente?
Por: Luis Fernando González* 22/08/2018 11:57:00

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“Es bueno inventarse una memoria reconfortante”.

Carlos Fuentes

El paisaje urbano de Medellín está hecho de retazos. Avasallante e imparable, el ideario de progreso ha dejado su huella, pero en términos de olvido, ruina o fragmento.

Las consecuencias de una práctica sistemática instaurada desde inicios del siglo XX se reflejan con contundencia, para empezar, en el centro de la ciudad, que por principio debería ser su “centro histórico”. Más allá de la invención como concepto y objeto de análisis e intervención, planteado por primera vez a finales del siglo XIX, todo centro es histórico en tanto es el punto de partida fundacional de una ciudad –oficial o espontáneo– y un escenario del devenir sinuoso y complejo de la sociedad. Eso se refleja en la materialidad. El resultado en la capital de Antioquia es un perfil diverso, múltiple, vibrante y, por tanto, en apariencia rico en alturas y formas, expresión clara de ese progreso acumulado. Salvo contadas excepciones, no existe sector, manzana o cuadra que sea un perfil homogéneo ni una agrupación arquitectónica coherente temporalmente. En general, cada fragmento urbano está formado por piezas arquitectónicas de distintos tiempos que no dialogan, solo están juntas, una al lado de la otra, por el azar de las reiteradas demoliciones y consecuentes reconstrucciones.

Basta observar el marco del Parque de Berrío, el centro simbólico por excelencia de Medellín y alguna vez de la “antioqueñidad”, donde las fachadas son una demostración de la diversidad de los tiempos; de la barroca y pétrea fachada lateral de la puerta del perdón de la iglesia de La Candelaria, a la neoclásica y blanca fachada frontal –hecha hace más de cien años, entre finales del siglo XVIII y del XIX–. Estas sobreviven, junto a edificios comerciales de dos pisos, de la década de los treinta y arquitecturas bancarias de las décadas de los cuarenta a los setenta, que varían de los ocho a los veinte pisos. Así sucede con el resto de fachadas del marco del parque: un muestrario de tiempos, materialidades y estéticas ocultas, opacadas o en fuerte competencia con la esperpéntica y gris estación del metro, último y altisonante rostro del progreso.

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Pero la visión positiva del progreso comienza a resquebrajarse, porque este batiburrillo no es una vibrante expresión de diversidad y riqueza cultural, sino del incontenible deseo especulativo inmobiliario que inauguró, precisamente en este parque, Ricardo Olano, paradigma del progreso, quien admiró a Nerón porque incendió a Roma para edificarla más amplia y bella, y le rendía culto al dictador venezolano Guzmán Blanco, pues este abrió calles a golpe de cañón y consideraba que, en materia de obras para el progreso, debía violarse la ley si esta se les oponía. El mismo Olano instauró el concepto de los “hombres estorbo” como sanción social para todos aquellos que se opusieran a ese movimiento desbocado hacia adelante, por lo cual debían ser expuestos a la “picota infamante” y al “escarnio de los ciudadanos”, como lo planteó, por allá en 1926, en una carta al presidente Eduardo Santos, que incluyó posteriormente en su libro Propaganda cívica.

Por eso mismo, Olano celebró como pocos los incendios en el Parque de Berrío, específicamente el de marzo de 1916, que acabó con toda la fachada norte, pues consideraba que fue de gran conveniencia para los dueños de las propiedades destruidas y para la ciudad: los primeros recibieron rentas apreciables y la segunda fue hermoseada con los magníficos edificios construidos; de ahí su convicción llevada a máxima: “Un edificio malo y feo no produce rentas, o produce muy poco. Es necesario construir edificios modernos y elegantes, así se gana más y se contribuye al bien común, mejorando la ciudad”. Haciendo caso a sus convicciones, construyó su propio edificio, el Olano, entre 1920 y 1922, para completar el conjunto historicista de la fachada norte del parque, orgullo europeísta de aquellos años.

Valorización y demolición

Los incendios, como pensaba Olano, fueron los mejores urbanizadores de la ciudad en las primeras décadas del siglo XX, pues se repitieron en el propio parque de Berrío en 1921 y 1922, lo que implicó nuevas construcciones y la consecuente modernización de la ciudad. A ellos se sumaron los ensanches de calles, para pasar de las estrellas y sinuosas heredades de la traza colonial a las amplias y rectas avenidas modernas, bajo los preceptos de la higiene y la circulación vehicular. Al vaivén de la ampliación de las calles, de doce a 36 metros en muchos casos, el propio parque se amplió o se encogió cual piel de zapa. En las calles aledañas, vías enteras vieron caer las fachadas con sus muros de tapia y aleros de teja de barro, demolidas ya no solo a nombre del progreso sino de la valorización.

No existe un libro más dramáticamente divertido que el Estatuto de valorización (1942), en que, como asesor jurídico del municipio de Medellín, el filósofo Fernando González compila, comenta y glosa las normas planteadas para cobrar ese impuesto, el Estatuto de Valorización, establecido en 1938 con el fin de ejecutar numerosas obras públicas en la ciudad. En medio del articulado propuesto, González se despreocupa del lenguaje jurídico y de la legalidad de las normas para dar rienda suelta a la ironía y la crítica, haciendo el papel de un caballo de Troya en la administración. Se pregunta, por ejemplo: “¿Por qué todas las obras emprendidas en Medellín por el sistema de Impuesto de Valorización terminan en o rodean el Parque de Berrío?”, para responder de manera socarrona y en su lenguaje que los pobres no tenían con qué pagar las obras, eran tímidos y ni siquiera sabían dónde quedaba la oficina de Valorización. Luego afirma que esas obras hermoseaban las ciudades y las valorizaban, pero detrás siempre había un rico escondido: si bien “toda la ciudad y todo ciudadano se beneficia, pero no toda la ciudad ni todo ciudadano gana. Ganan los dueños de los predios mejorados. Ganar es término de la economía capitalista”. Al fin y al cabo, dice el filósofo, se trataba de “enriquecer más a los ricos”.

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Esa valorización alrededor del Parque de Berrío demolió la ciudad de manera dramática. Desde 1938, cuando se comenzó a implementar, hasta 1974, cuando se terminó el anillo perimetral vial urbano que cercenó el centro y configuró un pequeño centro intravial sin continuidad orgánica y funcional con respecto al resto de la estructura urbana aledaña, la valorización implicó la demolición de no menos de dos mil viviendas para dar lugar a vías amplias y generosas con los vehículos automotores. Eso implicó recomponer las fachadas urbanas a lo largo de esos corredores viales, cuyas cicatrices en el paisaje urbano aún son evidencia de ese proceso.

De paso, la piqueta del progreso y la valorización se llevó por delante edificios significativos (Torre de Telégrafos, Banco Republicano, Convento del Carmen, iglesia San Juan de Dios, edificio Gonzalo Mejía), entre otros, o arquitecturas residenciales discretas y anónimas, pero de alto contenido sentimental, de gran significación o valor histórico. Sin embargo, tales consideraciones no estaban contempladas en el pensamiento y el lenguaje de aquella época gloriosa; tanto así que solo hasta 1978 se plantea el primer listado de bienes históricos representativos. Y eso que para entonces no se había construido la obra mastodóntica e impactante del viaducto del metro a lo largo del corredor de la carrera Bolívar (1984-1995).

El centro de Medellín es un construir y reconstruir permanente. La carrera Bolívar fue demolida y ensanchada entre 1965 y 1966, y sobre la misma se construyó el viaducto del metro veinte años después, sometiéndola a otra cirugía urbana, en la que hoy se hace, otra vez, una nueva intervención. De ahí que huellas tan significativas como los portales donde están los murales de la Historia del desarrollo económico e industrial del departamento de Antioquia, pintados por Pedro Nel Gómez en la esquina nororiental del Parque de Berrío –cruce de la carrera Bolívar con la calle Boyacá–, quedaran en los bajos de la estación del metro, en lo que fuera el hall del edificio del Banco Popular, demolido en 1989 para dar paso justamente al viaducto del metro. Ese edificio de seis pisos y arquitectura funcional fue construido luego de la demolición del Edificio Olano para el ensanche de 1965, que se construyó, a su vez, en uno de los edificios incendiados en 1916, una casa de dos pisos que fue sede de la antigua oficina de telégrafos. Es decir, en menos de setenta años hubo tres edificios en la misma esquina.

Implosionar el Mónaco

Tres edificios distintos y una desmemoria verdadera. Y ese principio, que parecería singular, es un fenómeno que se expande por toda la ciudad, lo que da cuenta de la fragilidad de la memoria en Medellín. La cosa empieza en el propio centro histórico, que ha sido empobrecido y vaciado de contenidos históricos de manera inexorable, pese a los evidentes aportes de ciertas arquitecturas contemporáneas. Pero ha sido más lo que se ha restado que lo que se ha sumado, en términos cualitativos. En medio de todo esto, hay unos pocos edificios declarados bienes culturales –como los antiguos palacios de gobierno municipal y departamental, la Casa Barrientos–, pero dispersos, descontextualizados, en permanente sospecha y motivo de ataques porque, de acuerdo con el discurso interesado de algunos, supuestamente afectan la propiedad privada e impiden el progreso de la ciudad, pese a ser pocos y de gran valor. De hecho, cada vez que hay una nueva obra pública, y como ocurrió a lo largo y a los alrededores de la calle Ayacucho, los cimientos de edificios y sectores históricos que aún quedan en pie literalmente tiemblan por efecto del tranvía (2013-2015), que completó la obra demoledora y de desmemoria. Esto, pese a la pretensión de redención con el rescate –aún sin cumplirse– del antiguo desarenadero del acueducto de finales del siglo XIX, para ser parte de la nueva plaza en la estación Pabellón del Agua, en donde supuestamente existirá un museo con los artefactos y huellas de la arqueología de rescate en el corredor de la obra.

Por otra parte, en la ciudad Peter Pan, aquella que quiere ser siempre joven y de la que hablara en otro texto, tampoco tiene cabida la memoria de la ciudad industrial de la que sus gobiernos se preciaran hace unas décadas. La otrora Capital Industrial de Colombia, ahora convertida en ciudad de servicios, ha demolido sus fábricas emblemáticas, ataca la “suciedad” de los sectores que aún permanecen y no ha conservado casi registro de ese patrimonio, salvo alguna chimenea de los viejos tejares o el consuelo de la conversión de los antiguos Talleres Robledo del Museo de Arte Moderno (aunque en este caso es más un anzuelo inmobiliario dentro de un plan parcial que un acto generoso con la cultura, así se presente). Tal cosa, en realidad, está más en el orden de lo que Iñaki Esteban llamó “el efecto Guggenheim” para referirse a la transformación de los llamados espacios basura mediante operaciones estéticas con edificios dedicados a la cultura. Lo demás se demolió y los terrenos fueron convertidos en rentables proyectos inmobiliarios.

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Si de manera puntual, fragmentada y descontextualizada permanece una materialidad patrimonial que da cuenta, en parte, de la memoria oficial, ¿qué se puede esperar de esa otra materialidad no patrimonial que es testimonio de historias non sanctas y relaciones peligrosas? ¿Qué se puede esperar de aquella memoria que se quiere olvidar muy rápido y, de manera paradójica, dinamitar, sepultar en los escombros para hacer renacer de allí una imagen nueva en medio de jardines y parques? ¿Cómo podría recordarse en el paisaje urbano los hechos más recientes, referidos a ese pasado no tan lejano –y no tan ajeno– de conflicto, ilegalidad y narcotráfico? No es suficiente concentrar ciertos episodios dramáticos y violentos en el Museo de la Memoria y borrar lo demás del paisaje de la ciudad. Se pretende, por ejemplo, implosionar edificios como el Mónaco, con el argumento de privilegiar a las víctimas sobre los victimarios, o de quitarles piezas al narcotour que recorre lugares considerados emblemáticos en la vida de Pablo Escobar, un fantasma que sigue asustando a la ciudad. Pero lo que hay allí es una materialidad vista como glorificación del mal y una demolición como catarsis, como limpieza, sin entender la posibilidad de convertirla en un lugar de memoria, para usar el concepto de Pierre Nora, y teniendo presente el ejemplo de tantas otras ciudades del mundo. Por qué no pensar, sin maniqueísmos moralistas, en la creación de espacios de discusión para exponer las verdaderas razones de ese mal; sus causas, sus consecuencias, su permanencia en el tiempo y sus efectos actuales. El resto es pretender que hermoseando los lugares se deja atrás ese pasado oscuro, cuando la realidad lo muestra presente en el territorio, con sus viejos y nuevos actores de reparto, que terminan manifestándose concretamente en la estética nar decó de músicas, modas, cuerpos y formas arquitectónicas, y en las prácticas cotidianas del ejercicio de la violencia y el poder; es decir, en una larga cotidianidad que lo ha naturalizado como parte intangible del paisaje urbano. Algo imposible de demoler.

* Profesor de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín. Autor de El centro de Medellín y otros ensayos inútiles, que se lanzará en la Fiesta del Libro y la Cultura.

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