James Rhodes y “sus amigos”

Crítica

Emilio Sanmiguel.
Emilio Sanmiguel le da una mirada musical a 'Instrumental, memorias de música, medicina y locura' del británico James Rhodes.
Por: Emilio Sanmiguel29/09/2016 00:00:00

Me sugieren darle una mirada musical a Instrumental, memorias de música, medicina y locura del británico James Rhodes. Digo que sí aunque Martín Franco ya lo hizo en una edición anterior. Lo hago porque es un best seller y lo devoro en una noche: oír música, hablar de ella y leer sobre ella, ya se sabe.

Los best sellers se parecen a las obras populares, que tienen éxito y los entendidos las desprecian: ni se le ocurra decir que le gusta Para Elisa, de Beethoven, ¡su reputación se va al diablo! Es tan popular que cualquiera la conoce. Me encanta, es un ejemplo sublime de suspenso musical.

Pero me desvié. Devoré el libro en medio de la más absoluta incredulidad. Luego de ver a Rhodes tocar tan satisfactoriamente la gran Sonata op. 109 de Beethoven, me pregunto cómo es posible que haya conseguido en tan poco tiempo lo que a otros les demanda una vida y, cómo puede resolver Estudios, de Chopin, con tal solvencia, si no hay conservatorio, ni importante ni discreto, en su hoja de vida porque ha invertido más tiempo en las drogas y en los siquiátricos que estudiando el piano.

La clave está en el libro. Y en la historia. Es el poder de la música, que va más allá de la realidad. No lo digo yo, lo afirman los grandes filósofos alemanes del siglo XIX. Rhodes ha bajado al infierno para ser rescatado por ella. Le ocurrió a Beethoven, que necesitó del infierno existencial del verano en Heiligenstadt para experimentar su redención materializada en la Sinfonía eroica, que emerge como un coloso sin antecedentes y lo que escribió luego, la Missa Solemnis, la Novena, y los últimos cuartetos y Sonatas, que viene de esa angustia de tintes suicidas del verano de 1803.

El caso Schubert es más elocuente. Hoy se sabe que era bipolar y eso se manifiesta en el lirismo sublime que sirve de antesala a páginas de una violencia tan vehemente que pone los pelos de punta. Prokófiev es otro de los citados en el libro por su individualidad. Le dicen el “cubista” de la música, y eso es verdad. El secreto está en su personalidad, tan arisca como angulosas sus melodías: “Qué gusto conocerlo”, le dijo un admirador, “Yo, en cambio, no siento absolutamente nada”, le respondió con la misma frialdad de sus “Sugestiones diabólicas”.

Schumann odiaba a los mediocres —los llamaba filiesteos— y lo enfurecía su éxito —lo mismo que hoy; por eso fundó la cofradía de La liga de David y escribió el Carnaval op. 9 para piano, en el que desfilan los músicos que admiraba, como Paganini, Chopin y Clara Wieck, de la mano de las creaturas de la Commedia dell’arte, que al final se confabulan en la Marcha de la liga de David contra los filiesteos y la música alcanza uno de los clímax más avasalladores de la historia del piano.

Con Mozart es más difícil porque revelar los vericuetos del alma no era lícito en su tiempo, y la muerte de su padre no se revela en la Pequeña serenata, que es tan inefablemente luminosa, aunque Don Giovanni es de ese mismo momento.

Uno de los pocos casos, anteriores a Beethoven, es el de Carlos Gesualdo de principios del s. XVII, porque urdió el asesinato, qué asesinato, la masacre de su mujer, María d’Avalos y Fabrizio Caraffa, su amante, y luego de perpetrar el espantoso crimen, volvió a componer Madrigales, pero no como los de antes, sino los más grandes y audaces de todo el Renacimiento. Se permitió las licencias musicales que nadie había osado hasta ese momento… era Príncipe de Venosa y poseía tantos títulos como la Duquesa de Alba: ¡así no es gracia!

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