Julio Paredes: razones para escribir

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Julio Paredes, escritor colombiano autor de 'La celda sumergida' Foto: Arcadia
Por: RevistaArcadia.com26/02/2014 00:00:00

En realidad no recuerdo por qué ni cómo decidí dedicarme a escribir ficción. Nunca he experimentado la sensación de un llamado, de una tarea inaplazable, de tener, como los escogidos, un destino dictado para guiar a lectores anónimos. Las iluminaciones y las epifanías poéticas han sido desconocidas para mí, tanto como la pretensión de un éxito sostenido y creciente en mi porvenir literario.

La verdad, hay algo en mi relación con la escritura que no he resuelto ni comprendido del todo; se trata de un contacto emocional que sigue manteniéndose en una especie de niebla donde me muevo casi siempre en la imprecisión. Así, no he avanzado –ni avanzo aún– en el “territorio narrativo” con la soltura redactora de un avezado profesional, alguien que controla sin temor, sin temblores en la mano, la retórica, las imágenes, las metáforas, pues las palabras y sus combinaciones siempre incontables poseen un misterio que no alcanzo a develar en su totalidad.

Así, no es una sorpresa que hasta hace relativamente poco, después de varios libros escritos y publicados, empezara a comprender por fin algunas claves elementales del oficio y que antes realizaba de manera un tanto involuntaria o, mejor, con la seguridad y la pretensión falsas de quien se ve amo incuestionable de sus dominios. Entender, por ejemplo, que el estilo, la voz propia, no tiene nada que ver con unas pretendidas cualidades innatas, ni mucho menos con la fuerza de la personalidad, sino con un cuidadoso ejercicio de improvisación a medida que se avanza de una frase a la otra, acompañado simultáneamente de una atención controlada, atenta a descubrir cómo se debe narrar eso que lo atropella a uno.

Y ahora pienso que una posible respuesta a “por qué” escribo venga de esta compresión en apariencia tardía, pues me ha ayudado a entender también que gran parte de la maravilla y del misterio de mi práctica diaria narrativa, constante día y noche, sucede fuera de la escritura concreta, la del consabido trazo sobre un papel en blanco, para sostenerse, más bien y como un sueño sin término, sobre una lenta y prolongada planeación mental que puede tomar días y días antes de llevarme a escribir la primera línea, o el segundo párrafo, o las frases finales de una historia.

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