La rebelión de las ruanas

Periodismo cultural - Revista Arcadia

Antonio Caballero y una foto del paro campesino publicada en el diario 'El Nuevo Siglo', el lunes 6 de junio. Foto: Jota Santa Cruz
El nudo del asunto del paro campesino está ahí: en que todos sus protagonistas, que de lejos parecen iguales con sus sombreros y sus ruanas, son distintos. Y además son muchos.
Por: Antonio Caballero28/06/2016 00:00:00

Ocho ruanas distintas: de color, de forma, de tejido, de tamaño. Cuatro de ellas –las tres de la izquierda y la segunda desde la derecha– son del corte campesino clásico: cuadradas y con una rajadura para la cabeza. Las demás son largas –maxirruanas– y tienen capucha. Unas tienen rayas y otras no, y por lo menos una tiene flecos. Los colores van desde el blanco hasta el gris oscuro, pasando por el pardo.

Los ocho enruanados, que son líderes del paro agrario –“el tal paro”, para usar la vieja frase desdeñosa del presidente de la república–, también llevan sombreros diferentes: dos cachuchas de visera, un sombrero alón oscuro, un jipa blanco que parece de verdad y tres que huelen a plástico: tal vez made in China, como sucede hoy hasta con los famosos sombreros vueltiaos de cañaflecha del Sinú, símbolos de la nacionalidad. Aunque este ejemplo de globalización no es ninguna novedad: existe la leyenda de que en tiempos de la Colonia las ruanas de los campesinos del altiplano cundiboyacense se hacían con tejidos de lana procedentes de la ciudad francesa de Ruan, y por eso se llaman ruanas. El campesino de la derecha se cubre con una curiosa boina negra pegada a la coronilla: parece un solideo con rabito, como de cura. Dos tienen bluyines (otra vez la globalización) y uno, el primero por la izquierda, pantalones de sudadera con franjas blancas, no sé bien de qué marca de ropa deportiva. Solo uno tiene botas pantaneras de caucho, y solo uno –otro– lleva un zurriago en la mano.

Se dirá que son nimiedades. Al contrario. El nudo del asunto del paro campesino está ahí: en que todos sus protagonistas, que de lejos parecen iguales con sus sombreros y sus ruanas, son distintos. Y además son muchos. La Mesa Única Agraria la forman 13 organizaciones. En esta foto todavía faltan los indígenas del Cauca (de dos grupos diferentes, el CRIC y el ONIC), convocantes de la Minga Nacional. Y los camioneros, que oportunistamente sumaron su propio paro al de los campesinos y los indígenas para pescar en el desorden. Tampoco las comunidades negras figuran aquí, aunque también ellas protestan en varias regiones. No participan esta vez en cambio las Dignidades Agropecuarias, que estuvieron en el centro del paro de hace dos años, y por eso faltan Boyacá y Cundinamarca entre los departamentos afectados, que son nueve. Y, aunque no tantas como entonces, son muchas decenas de miles las personas que han salido a las carreteras a protestar, enfrentándose en varias ocasiones con la policía con el resultado de varios muertos y decenas de heridos.

Del otro lado, del lado de las autoridades, también se ha movilizado mucha gente. Ministros –nada menos que cinco–, viceministros, altos consejeros, gobernadores, alcaldes y la policía. Y voceros del Congreso y de la Defensoría del Pueblo, intercesores de la Iglesia católica, observadores de las Naciones Unidas. Se han instalado varias mesas de discusión –departamentales, sectoriales, regionales, temáticas–, e incluso unas “pre-mesas”. Porque los motivos de la protesta son también muchos y muy variados: la propiedad de la tierra, el modelo de explotación agraria, los tratados de libre comercio, el uso del agua, la minería, la ganadería, la educación y la salud, las carreteras terciarias, el crédito, la asistencia técnica, la seguridad de los dirigentes del paro, amenazados ya por diversas bandas criminales.

Aunque finalmente se reducen a solo uno: el incumplimiento de las promesas del gobierno. El incumplimiento secular de todos los gobiernos, de sus propias promesas y de sus propias leyes, que son promulgadas pero no ejecutadas, siglo tras siglo: desde que los encomenderos del xvi respondieron a las Leyes Nuevas dictadas por el emperador Carlos V en 1542 con un encogimiento de hombros: “Se obedece, pero no se cumple”.

Además no hay plata.

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