Las siete plagas

Libros

'La casa del hambre' Dambudzo Marechera. Sajalín Foto: Arcadia
Andrés Felipe Solano reseña 'La casa de hambre' de Dambudzo Marechera
Por: Andrés Felipe Solano*22/04/2014 00:00:00
En el relato largo que le da título a este libro, el escritor africano nacido en Zimbaue (Rodesia hasta 1980) se enfrenta sin asco a las siete plagas que azotaron su existencia: pobreza, racismo, violencia, desintegración familiar, alcoholismo, misantropía y esquizofrenia. Lejos de hacer de esta cruenta experiencia vital un panfleto, Marechera arma en La casa del hambre un remolino de historias que se conectan con una libertad admirable. Cambios inesperados de tiempo y espacio en lugar de crear desconcierto ayudan a comprender el flujo de una vida a contrapelo, como lo puede ser la de cualquier africano negro que haya crecido bajo el yugo colonial blanco a finales del siglo XX. En La casa del hambre -Zimbaue significa casa de piedra en shona, uno de los idiomas oficiales del país- los personajes van y vienen por la vida del narrador con la fuerza de los fenómenos naturales. Así, aparecen compañeros del instituto, muchachos que terminan de informantes policiales o de guerrilleros independentistas. Azoman la cabeza prostitutas legendarias y sus clientes retorcidos, universitarias blancas en trances místicos, grupos de universitarios rebeldes que pasan las noches en bares con el piso de tierra oyendo rock psicodélico. El narrador se declara en guerra contra todos ellos y también contra padres, hermanos, amigos y amantes. Lo hace con una artillería verbal tan nueva y potente en sus figuras literarias como la de los genios de la novela negra, Raymond Chandler y Dashiel Hammet, a quienes Marechera leyó cuando estuvo exiliado en Londres a finales de los años setenta.

La casa del hambre es un relato donde el amor y el odio son lo mismo, manchas, brazos quebrados, espanto. Donde las obras de Shakespeare le sirven al narrador para evadirse y al mismo tiempo para aplastar moscas. Los demás textos incluidos en el libro son apenas esbozos, tiempo que el escritor le robó a su desdicha, pero basta de sobra con el primero para que Marechera sea leído conteniendo el aire, el ceño fruncido y la espalda tiesa.

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