The Post

Editorial

Meryl Streep y Bruce Greenwood en un escena de 'The Post' (2017).
El poder y los medios de comunicación: una relación tormentosa.
Por: Revista Arcadia20/02/2018 08:05:00

En un momento clave de The Post –la película de Steven Spielberg sobre los papeles clasificados del Pentágono y su publicación en The New York Times y The Washington Post en 1971– se resumen bien las tensiones a las que desde entonces se han enfrentado los periodistas por la presión del poder político. “El periodismo se escribe para los gobernados, no para los gobernantes”, proclama el juez del Tribunal Supremo de Estados Unidos al dictar la sentencia que protegió la libertad de expresión de los dos diarios. A su vez, Katharine Graham (Meryl Streep), la dueña de The Washington Post, interpela a su amigo Robert McNamara (Bruce Greenwood) –secretario de Defensa entre 1961 y 1968, en quien habían recaído las principales decisiones tras la absurda intervención de Estados Unidos a Indochina–, y le recuerda que su marido, Philip Graham, director del periódico, había pronunciado esa frase que ya se convirtió en un lugar común: “El periodismo es el borrador de la historia”.

Más allá de las consideraciones estéticas y cinematográficas sobre la película, quizás en esas dos escenas se hace evidente buena parte del difícil equilibro que han debido guardar los periodistas en este siglo y medio de historia de la prensa como la conocemos hoy. El periodismo moderno nació a mediados del siglo XIX como una manera de democratizar la información, hasta entonces patrimonio de unos pocos. Con la puesta en marcha de los primeros diarios, se trató de defender el bien común sobre el particular, de vigilar a los poderosos, de fiscalizar a los políticos.

Todo podrá decirse en tiempos de mentiras –muchas de ellas construidas por los propios medios–, pero lo cierto es que sin una prensa seria, educada y de calidad la historia del siglo XX no sería la misma. Basta ver la película para darse cuenta de cómo la filtración y publicación de los papeles, que demostraban la inutilidad de la invasión a Vietnam de cuatro gobiernos, anticiparían la renuncia de Nixon, el Watergate y el fin de la guerra.

Este es solo un ejemplo del poder fiscalizador de la prensa, que hoy resulta remoto debido a las relaciones actuales entre el periodismo y el poder. Es bien sabido que cada vez más los medios dependen de dineros públicos, y esa práctica redunda en que muchas de sus decisiones están supeditadas a no perder tal o cual apoyo estatal. Esta situación, que aplica para todos los frentes y fuentes, se ha convertido también en uno de los principales factores de debilitamiento de los ya frágiles medios, en particular de los culturales.

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Quien quiera que se pregunte por el lugar de la cultura y las artes en una sociedad concederá y concluirá rápidamente que ambas están para cuestionar e incomodar el statu quo. Y eso, por supuesto, tiene y ha tenido consecuencias. Cuando el poder público siente que tiene dominio sobre los medios y sobre el medio cultural mismo, lo usa de diversas maneras. Sobran ejemplos: a una gestora cultural al frente de una institución crítica se le cortan los apoyos; a un grupo de escritores contrario al estado de las cosas se le niega participar en un premio o no se le invita a eventos internacionales de la diplomacia cultural; a un gremio de editores se le deja de comprar libros; a un medio de comunicación se le quita el apoyo, o una alta funcionaria alza el teléfono para pedir que no se nombre a alguien en un cargo por considerarlo enemigo del poder. Ante tal embate, los medios prefieren –no todos, por supuesto– esconder la cabeza y defender su supervivencia. Lo mismo ocurre con los gestores: hablar puede significar el ostracismo y la marginalidad.

La encrucijada a la que se enfrentan los pocos medios colombianos que no pertenecen a grupos económicos, cuya principal actividad no ha sido el mundo editorial e intelectual, es la misma a la que se enfrenta la propietaria de The Post ante su amigo McNamara: publicar la información le cuesta que el presidente Nixon prohíba que cualquier periodista de The Post pise la Casa Blanca, incluidos los fotógrafos. Eso mismo hemos escuchado en Colombia durante años, cuando funcionarios piden no tratar con ciertos medios, contraviniendo los verdaderos principios de la democracia y del servicio público, que precisamente debe pensar en el bien común y no en el propio. Cuando los funcionarios de cualquier gobierno entiendan que de la buena salud de una prensa libre y seria depende también la buena salud de un país, ese día quizás entenderán que gobernar también se trata de apoyar a quienes no están de acuerdo. No de intentar desaparecerlos.

Nota: Durante ocho años Publicaciones Semana ha sido mi casa: de 2005 a 2009, como editor de esta revista, y de 2014 a la fecha, como su director. Solo tengo gratitud por sus directivas actuales, y por las que ya no están, que apoyaron este medio cultural con una tenacidad admirable. Lo que es Arcadia hoy no ha dependido de una sola persona, sino de un colectivo de consejeros, colaboradores y fieles lectores que la seguirán apoyando. A todos ellos, mil gracias.

A partir del próximo número asumirá la dirección Camilo Jiménez Santofimio, un gran periodista y una mejor persona, a quien le deseo la mejor de las suertes.

Juan David Correa

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