Ray Donovan: Matar al padre

Crítica

Ray Donovan: Matar al padre
El gran conflicto dramático de esta serie es la tensión entre el protagonista Ray y su padre. Allí el conflicto y la negación a envejecer son las temáticas principales. Jorge Carrión, columnista de Arcadia, hace una reflexión sobre la tercera entrega de la producción.
Por: Jorge Carrión20/11/2015 00:00:00
Eres adicto al conflicto, le dicen a Ray Donovan en algún momento de la tercera y hasta el momento última temporada. No hay mejor definición del protagonista de esta serie noir, que hereda el oscuro mundo de películas como Mystic River y Sleepers y lo traslada a una supuestamente luminosa ciudad de Los Ángeles, con un star system cinematográfico, deportivo, massmediático y musical que no cesa de meterse en los problemas que Donovan tiene que solucionar. Porque a eso se dedica: a servir sin servidumbres a los ricos para saciar su insaciable rencor de pobre. Para ello, no duda en poner en crisis cualquier figura de autoridad, desde la mínima (el cliente) hasta la máxima (altos cargos del fbi), pasando por todas las intermedias (sus jefes, los profesores de sus hijos, la policía, los capos mafiosos o los directores de los colegios de sus hijos).

Los abusos sexuales que su hermano Bunchy y él mismo sufrieron en la parroquia de su infancia son la médula ósea de la serie, que ahora brinda la oportunidad tanto de introducir un personaje ambiguamente redentor, esa luchadora mexicana con quien precipitadamente se casa Bunchy, como otro torturado y carismático: el padre Romero, que regenta una residencia de ancianos donde la Iglesia oculta a sus miembros pederastas. Pero es sobre todo la tensión entre el protagonista y su padre el gran conflicto dramático de Ray Donovan, al que se supeditan todos los demás (la extorsión, la tortura, la traición o el asesinato). Al fin y al cabo, la paterna es por antonomasia la figura de autoridad. Ray mata una y otra vez a su padre. Pero este, ave fénix, resucita y resucita, cada vez cargado con más pólvora y más viagra.

Son muchas las series con personajes secundarios magnéticos (después de la excelente primera temporada de Better Call Saul, por ejemplo, somos legión quienes esperamos un spin off de The Good Wife sobre Eli Gold, ese animal político); pero, extrañamente, el de Ray Donovan es un anciano. El drama de Mickey Donovan es shakespeariano: se niega, con todo el cuerpo y con toda el alma, a envejecer. Esa negación recurre a todas las opciones: la cocaína, las prostitutas, el crimen, la manipulación de una familia que le sigue concediendo segundas y terceras oportunidades. Todo es en vano, pero él no cesa de intentar agarrarse a esa vida que se le desmorona.

Mickey es encarnado por Jon Voight, protagonista en 1969 de Midnight Cowboy y relegado desde hace tiempo al papel secundario de padre de Angelina Jolie. Su resurrección se sitúa en la estela de la de otros grandes personajes teleseriales y ancianos de esta tercera edad de oro, como la madre y el tío de Tony Soprano, Sarah Fisher (Six Feet Under) o la madre de Peter Florrick (en la mencionada The Good Wife). En esta temporada de Ray Donovan, Mickey se las ve con otra abuela terrible, Mrs. Minassian, interpretada por la septuagenaria Grace Zabriskie. Unos pocos minutos le bastan a la líder de la mafia armenia para eclipsar la mediocre interpretación de Katie Holmes y para medirse con el mismísimo Ian McShane (por siempre inmortal como villano heroico de Deadwood).  

El tango de la muerte que bailan Mickey y Mrs. Minassian demuestra que las series sí son país para viejos. Mientras que las películas de Hollywood relegan a los actores y actrices de mayor edad a papeles anecdóticos, la televisión les brinda la oportunidad de encarnar pesos pesados. Que en ella acostumbren a aparecer las tres generaciones (abuelos, hijos, nietos), más allá de la voluntad de empatizar con distintas audiencias y sus respectivos mercados, asegura una representación de los ciclos vitales. Con sus decenas de horas y sus decenas de personajes ese es el fin último de la experiencia narrativa que nos ofrecen: parecerse a la vida como ninguna otra.

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