Visita al espíritu poético

Libros

'Ocho ensayos sobre William Blake' Kathleen Raine. Atalanta Foto: Arcadia
Sergio Zapata León reseña 'Ocho ensayos sobre William Blake' de Kathleen Raine.
Por: Sergio Zapata León*22/04/2014 00:00:00

El título original de este libro es Golgonooza, la ciudad de la imaginación que, en sentido literal, radica en el cerebro: golgos = cráneo. Golgonooza, creada por William Blake, el poeta, grabador e ilustrador londinense nacido a mediados de 1700, es la ciudad de Los, la entidad inmortal que representa el espíritu poético, antagónico a Urizen (“la Razón”, o “tu razón”).

De la inglesa Kathleen Raine se ha dicho que su lectura de Blake es de las más profundas que pueden hacerse. Según el traductor Caracciolo Trejo, Raine alcanzó “una comunicación con los textos de Blake en la que lo místico, lo visionario se organiza en un todo con lo conceptual”.

¿De dónde proviene, pues, tal grado de comunicación con una obra tan singular, tan atrayente e irresistible y al mismo tiempo tan densa, arcana e insondable? Por una parte, Raine también fue poeta y seguidora del platonismo; y por otra, dedicó más de cuarenta años a la lectura no solo de las obras, sino de las influencias del poeta londinense.

Los ocho ensayos de este volumen apuntan –algunos más, otros menos– hacia una misma dirección: el grito, la protesta, la denuncia exaltada y vociferante de Blake, quien intenta llamar la atención sobre la ruptura entre el hombre que solía coexistir con el mundo y la naturaleza, y el hombre que los percibe con la distancia de sus cinco sentidos y por medio del posterior desarrollo de la ciencia, que desemboca en el materialismo. Es tal vez por eso que ha sido escogido para su publicación por el conde de Siruela, quien desde su primera editorial y ahora valiéndose de Atalanta, configura su proyecto fronterizo y liminar: aquel en el que voces como la de Joseph Cambell y la de Alain Daniélou se permiten mantener en pie un principio hoy al parecer olvidado: los hombres somos ínfimos e infinitos y nos ahogamos en las miasmas ególatras de nuestra ceguera congénita.

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