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Psicodelia en tiempos de guaro, perico, tusi y sexo

Crónica sobre una larga jornada de arte contemporáneo, performance y charadas en la inauguración de la exposición ‘fallas del tiempo / Agua como vehículo de lo psicodélico’ en la galería SGR de San Felipe.

2017/12/21

Por JOSÉ FERNANDO ARAMBURO

El sábado pasado tuvo lugar en la galería SGR la inauguración de la exposición fallas del tiempo / Agua como vehículo de lo psicodélico. Llegué a eso de las cuatro de la tarde. Había un asado de fin de año en el local de al lado, una lavandería de barrio que celebraba alegremente al ritmo de los hispanos su fiesta empresarial. Olía muy bien, como a esa carne de res fría y seca que se come sin usar cubiertos en las fiestas populares. Muy seca pero muy rica.

Tus besos son como caramelos, me hacen subir al cielo, me hacen hablar con Dios…”.

Al entrar a la galería una casa pintada de negro en el barrio San Felipe me encontré de frente con la instalación de Paulo Licona: papeles de colores que colgaban del techo y que invadían con un sistema preciso la sala principal de la galería. Tiras elegantemente trabajadas con patrones de estilo batik y que simulaban una especie de jungla que había que atravesar como en un viaje místico ligero. Había otras obras en las paredes pero eran aplastadas por la pesadez de esta arquitectura pictórica. Había muy pocas personas en el lugar cuando llegué. Entre las personas que conozco estaban Juan Uribe, Francisco Mojica, Angélica y el maestro Velandia. La única celebridad era Jorge Alí Triana. Al principio no podía dar con el nombre que iba con esa cara, pero pronto alguien señaló con nombre y apellido su lugar, además de un par de datos biográficos debo admitir que tengo esa rara enfermedad que me impide recordar rostros, y después de un tiempo mis anécdotas son protagonizadas por malos retratos hablados en movimiento.

Hablé con el maestro Hernando Velandia sobre su nuevo taller cerca a la Tadeo mientras repartían las primeras aguas frutales que no pararían de fluir desde la cocina. Me contó que casi todos los talleres, que antes eran ocupados por artistas, eran ahora utilizados por un fotógrafo famoso que expandió su estudio hasta el punto donde el de Velandia era casi el último taller de arte de verdad, como una metáfora sobre la paulatina muerte del arte plástico o algo por el estilo. En el espacio donde usualmente funciona la sala de proyectos de la galería, sobresalía la pieza de Juan Uribe: un grupo de telas tratadas con linóleo de colores al estilo de esas camisetas psicodélicas de la revolución de colores y estúpida ingenuidad que fue el hipismo de final de los sesenta que pendían relajadamente sobre hilos que servían de tendederos del fin de la utopía. Las telas tenían frases como “telepatik love”, “I thought i was groovy” o “taking drugs to make art to take drugs to” además de una con una carita triste y una carita feliz contrapuestas.

Había también en esa sala un par de obras del artista argentino Luciano Denver que retratan lugares inexistentes pero macabramente familiares como producto de un ejercicio surrealista hecho por arquitectos en LSD, además de otras obras que me hicieron pensar en retratos hablados de retratos hablados de paisajes. Al salir de nuevo al patio de la galería, pude reconocer al curador William Contreras. Le pregunté qué pensaba de la exposición y me contestó con un lapidario “no creo que sea una exposición para pensar”. Decidí darle un segundo vistazo a la instalación de papeles de Licona, cuando por arte de magia o para ser más preciso de la programación establecida pero que desconocía en ese momento comenzó el performance sonoro del artista británico James Hammond: música interpretada con un teclado de esos que usaría Peter Gabriel, pero en este caso tocados para lograr una atmósfera ¡Bingo! aún más psicodélica. Había algunas personas disfrutando el performance (¿?), pero era claro que la instalación de Paulo Licona limitaba de tal manera el espacio, que era casi imposible quedarse a oír estos sonidos del futuro o de un país lejano donde el rock progresivo llegó para quedarse con alguna comodidad. Hammond escribe en el segundo párrafo del texto de la exposición lo siguiente: Mientras que oír y mirar son considerados procesos pasivos, escuchar y observar son procesos activos: estas piezas pretenden disparar activamente una relación profunda con los sentidos y una inmersión en sus minucias. Con el correr del río rindiendo el potencial para develar percepciones del tiempo preordenadas, la exhibición toma esas nociones y busca articularlas a través del espectro de lo material e inmaterial, lo visual y lo auditivo, desde la superficie, hasta lo que yace en la profundidad”. Debo decir que me ha costado mucho trabajo entender qué trataba de decir Hammond, me pregunto si es hora de incursionar en el yagé a ver si logro empaparme de estas dimensiones limpias en tiempos del guaro, perico tusi y sexo.

Al volver al patio donde varias personas conectaban con apremio los tornamesas y mixers para los discjockeys que más tarde tocarían me encontré con una amiga curadora que vive en México y con quien hablé de diversos temas mientras sonaba a lo lejos una canción de Mecano en Catalán. Recuerdo nuestra conversación sobre esa nueva tendencia de rehacer obras de los setenta. “Está bien buscar las obras oscuras del pasado y hacer ese ejercicio gringo de rehacerlas pero casi siempre las obras escogidas son pfffffffffffffffffffffffffff…”, dijo la amiga al respecto o al menos eso recuerdo. Nos reímos mucho, eso sí es seguro.

El arte psicodélico tiene una rica historia que se remonta a los esfuerzos de los automatistas –y en algunos casos de surrealistas como André Breton por desarrollar un arte que hablara del mundo interior del individuo, evitando a toda costa el uso de la razón para ello y sí en cambio el de drogas alucinógenas que facilitaran la inmersión del artista en las movidas aguas del mundo interior. En el caso de la exposición de SGR, se puede decir que más que una colección de obras reunidas como producto de una investigación centrada en piezas creadas bajo los efectos del ácido lisérgico o la ayahuasca, se trataba de obras que acompañaron con justeza la animada fiesta de fin de año de la galería que se prolongó hasta pasada la medianoche. La fiesta cogió vuelo al ritmo de latin jazz y solos de saxofón ecualizados a la perfección. Las aguas frutales seguían fluyendo como el agüita pa‘ mi gente lo hacía en las fiestas de Jorge Barón. El patio estaba atestado ahora por personas con chalecos acolchados y camisas perfectamente planchadas. Fue en ese punto cuando sentí que mi viaje en este vehículo había llegado a su fin y salí de ahí cuando los primeros vasos rotos y pasos de baile descompuestos se asomaron en la pista. Probablemente tenía razón Contreras cuando me dijo que no era una exposición para pensar. De pronto ni siquiera es un tiempo apropiado para pensar y seguramente sí lo sea para cantar “Tus besos son como caramelos, me hacen subir al cielo, me hacen hablar con Dios”.

¡Feliz Navidad!

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